Vietato ai bambini

Respeto debe ser la consigna. La tolerancia no puede faltar. Comprender siempre es fundamental. A nadie podemos pedir resignación. La sumisión corroe la dignidad. La obediencia por sí misma tan sólo conduce al tedio y a la negligencia. Como que poco a poco vamos confundiendo la gimnasia con la magnesia y de acuerdo a como nos va en la feria, acomodamos el discurso para llegar siempre al acomodamiento de nuestros pensamientos en las circunstancias que más nos placen y que evitan cualquier responsabilidad para con los demás.

Hay momentos en la historia de la humanidad que fácilmente se pueden equiparar con la leyenda de la torre de Babel. Aunque en apariencia se esté hablando el misma idioma, cada quien pretende dar un significado distinto a los conceptos. Y no se trata de que por la venida del espíritu santo todo mundo se exprese en lenguas diferentes, sino que nos gusta hacernos pendejos y le damos el sentido que más nos conviene a las palabras que alcanzamos a vomitar. Cuando en el siglo dieciocho se comenzó a hablar de los derechos y las libertades, eso del libre albedrío se tradujo como que “aleluya, aleluya, que cada quién agarre la suya” y pobre de aquél que deje algo, porque gandayas siempre habrá y no quedará títere con cabeza.

Hará cosa de dos o tres semanas, el 19 de enero, para mayor exactitud, el diario La Reppublica, de la capital italiana, daba cuenta que en el restaurante La Fraschetta del Pesce se declararon non gratti los niños menores de cinco años, así como también comenzaron a prohibir el ingreso de carreolas y portabebés. ¡Oh, gran escándalo al mero estilo romano! Este comedero de Casalbertone se ha convertido en punto de discusión sobre los derechos de los consumidores, pero también sobre las novedosas costumbres de educar a los hijos sin ningún respeto por los demás.

Y es que el dueño del lugar, que se hace llamar Il Comandante, afirma que la decisión la tomó orillado por la continua evidencia de que los padres no saben educar a sus santas criaturas. Declaró que ya estaba hasta el cepillo de recibir quejas de otros comensales que pretendían comer en santa paz y los continuos berrinches lo imposibilitaban. Comenzó a perder clientes que iban sin compañías menudas, por lo que decidió no prohibir la entrada a los bodoques, pero sí advertir que no son bien recibidos.

Lo que prohibió sin inhibición alguna fue que las personas entraran al lugar conduciendo carreolas y portabebés, modelos esperpénticos del abuso, sobre todo en lugares donde el espacio es reducido. A la entrada del lugar colocó el siguiente letrero, traducido de manera literal al español: “A causa de los incidentes desagradables debido a la falta de educación, en este lugar no es bienvenida la presencia de niños menores de 5 años, así como no se permite el ingreso de carreolas y/o sillas portadoras por razones de espacio. Seguros de su comprensión, agradecemos de antemano la gentileza de la clientela”.

Estar en medio de chamacos berrinchudos o pretender sortear el paso entre vehículos mastodónticos se ha vuelto muy incómodo. En cualquier parte se espera que se tolere el escándalo y el estorbo. ¿Debemos resignarnos a que los demás excedan los decibeles tolerables para nuestro aparato auditivo y nos obliguen a andar por la vida dando rodeos o saltando esos obstáculos a la libre circulación? Más de un lector de esto dirá que ando más mamón que de costumbre, pero me ha tocado ver ancianos que casi se vuelven locos por el ruidajo de enanos irrespetuosos y padres

pendejos que los dejan hacer lo que sea. Lo mismo, señoras cargando la reuma, la flebitis o las várices a punto de reventar, que tienen que caminar el doble de lo necesario o simplemente evitar la circulación por donde necesitaban porque estaba atravesada una maldita carreola.

Pagan justos por pecadores, ya que en el mundo debe haber una proporción, aunque ínfima, de infantes que saben comportarse con respeto ante los demás –conocidos y sin conocer–. Por supuesto, hay gente que no está de acuerdo y simplemente deja de ir a comer a ese lugar. ¡Bien! Si no me gusta, no voy. Si no estoy de acuerdo, ni me paro por ahí. ¿Para qué protestar?

“Pero si son solamente niños”, salta por ahí algún defensor de los derechos de los vulnerables y de los eternos sojuzgados. Lo cierto es que para evitar daños irreversibles en los patrones psicológicos de los críos, se dan casos en que los encargados de la educación aplican el principio del laisser-faire et laisser-paser con el criterio propio de un molusco con microcefalia. Con el paso de los años se tienen las consecuencias, devastadoras y totalmente contrarias a la utopía del estado de derecho y del respeto ajeno que significa la paz, como dijo Beno.

El derecho a ser uno mismo no significa pasar por encima de los derechos de los demás. Tampoco incluye la impunidad con la que el mundo actúa destrozando las pocas o muchas condiciones de tranquilidad que todo ser humano requiere. Es cuando confundimos tolerancia, respeto, obediencia, sumisión, atención y amabilidad con el derecho de joder la vida a los demás… y a uno mismo, ¿por qué no?

Si es mi decisión educar a los hijos como ejemplo del desmadre y adentro de mi desmadre hacen lo que se les viene en gana, ¿cuál será su comportamiento con respecto al resto de la sociedad? ¿Qué respeto podrán tener por los demás y por el mundo donde viven? ¿Cómo puedo exigir que se respeten mis derechos cuando estoy acostumbrado a tratar a los demás como cualquier cosa?

Volteo alrededor y confirmo que Il Comandante ha sido valiente. Pretende que al menos dentro de su espacio sean respetados los derechos de todos. Los bodoques podrán irse a tragar a los restaurantes de cadena con área de juegos y, si quieren, seguirán consumiendo chatarra, al cabo para eso están hechos esos lugares: ahí se puede hacer lo que a todos se les pega la gana. Si llevo allí a comer a mis hijos, se muestra el respeto que tengo por ellos y por los demás, así como el cuidado que tengo de mi persona. En fin.

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