Entre lo real y lo imaginado

El mundo es concreto y el hombre es parte de los seres que lo habitan. Desde el momento que un individuo está conformado de materia, que se puede medir y pesar, sabemos que es concreto, es decir, un objeto dentro de un entorno compuesto por múltiples cuerpos.

Pero de entre los órganos de su cuerpo, el cerebro destaca por ser el más complejo, de él dependen los sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto), pero también el equilibrio se controla en tal órgano, así como el movimiento motor y ahí se centraliza la producción hormonal. En él, mediante procesos químicos y eléctricos se producen pensamientos, ideas, emociones. A todo esto se le ha considerado abstracto. Quizá algún día se demuestre que también eso es material y medible.

Así pues, decía, las emociones, intangibles, producidas en la mente de los sujetos, son subjetivas. En el cerebro se concentran todas nuestras ideas sobre el miedo, la audacia y el amor -entre cualquier otra que ustedes quieran mencionar-. Este sentimiento ha sido objeto de diversas definiciones en la poesía, como en este poema de Lope de Vega:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor süave,

olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Seguramente ustedes ya saben que un soneto se compone de catorce versos endecasílabos, repartidos en cuatro estrofas, dos cuartetos y dos tercetos; estas estrofas reciben esos nombres porque cumples con características (además de la cantidad de sílabas, tienen rima consonante y abrazada). También Francisco de Quevedo dio su descripción del amor, y también en un soneto, helo aquí:

Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero paroxismo;

enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.

¿Mirad cuál amistad tendrá con nada

el que en todo es contrario de sí mismo!

Como podemos notar, estos autores definen al amor de forma contradictoria. Este tema se remonta, como casi todos los de actualidad, a los griegos.

Por una parte, la concepción platónica del amor está expuesta en El banquete, y en algunos otros diálogos. Para Platón el amor auténtico se orienta a la Belleza; y considera más valiosa la belleza del alma que la del cuerpo. Por otra parte, Aristóteles da una escueta descripción del amor en su Retórica; dice que amar es «querer el bien para otro en cuanto otro». De tal enunciado destacan tres elementos: a) querer, b) el bien y c) para otro.

La naturaleza del amor ha sido fuente de inspiración no sólo para poetas sino para los escritores en general. Una de las autoras más prolíficas fue Corín Tellado. Aunque sus novelas cortas, rosas y de bolsillo son calificadas normalmente de románticas, en realidad son dramas amorosos en los que siempre termina bien la protagonista, aunque la autora sostenía que el desamor era el rasgo de sus historias. Fue estudiada por Guillermo Cabrera Infante y calificó a la autora de “inocente pornógrafa” pues describía la pasión sin escenas sexuales.

Grandes novelas también giran alrededor de este tema: Madame Bovary, escrita por el francés Gustav Flaubert (se publicó por entregas en una revista parisina, entre 1856 y 1857); otra, también realista y que empezó su publicación como folletín en una revista rusa (1875-1877), es Anna Karenina, de León Tolsoti, cuya escena final es extraordinaria. Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, es la historia de un amor prohibido entre los hermanastros Catherine y Heathcliff, que se desarrolla en los páramos de Yorkshire.

Entre las mexicanas figuran Como agua para chocolate, de Laura Esquivel. Y en el teatro encontramos obras que le gustan mucho al público; seguramente piensan ustedes en Romeo y Julieta, de Shakespeare.

Equiparables a las novelas rosas, hay películas muy vistas que también pueden ser englobadas en ese género narrativo occidental que la Rae define como “una variedad del relato novelesco, cultivado en época moderna, con personajes y ambientes muy convencionales, en el cual se narran las vicisitudes de dos enamorados, cuyo amor triunfa frente a la adversidad”. Titanic y Pretty Woman son excelente ejemplo de ello. Esta última se ajusta a la perfección a lo que Christopher Booker llama Rags to Riches, la trama en la que la pobre protagonista accede a una mejor vida y cautiva a un hombre, que será su pareja, dejando de pertenecer a un bajo nivel social.

Aquí pararemos. Esta es una recomendación para aquellos que gustan de las historias de amor.