Mi primo Ramiro

A mi primo Ramiro le decíamos, cuando pequeños, “el Meco”. Era tan feo el pobre, que tenía que aguantar todas las burlas de amigos, vecinos y hasta los méndigos de sus parientes. Además, para acabarla, el Meco formaba parte de esa rama de la familia más fregada. Mi tío José Dolores había empezado a pistear desde muy chavalillo y fue tanto el vuelo que le dio a la hilacha, que hizo de su vida un verdadero desastre y mis doce primos y primas, hijos de Chelolo (así le decíamos), sufrieron lo indecible para “salir adelante” en esta vida.

El Meco fue el peor estudiante en su época. Tenía pésimas calificaciones y su conducta era merecedora de todos los castigos habidos y por haber. A mi pobre tía Angelina, alias la Esponja (porque siempre absorbía todos los golpes que le propinaba el Chelolo, nunca se le notaban), se le subía el azúcar cada vez que el Meco salía de la casa, pues seguramente se metería en algún problema. A los siete años cayó en el reformatorio, a los doce ya se le consideraba fósil en el centro de rehabilitación juvenil, a los 18 pudo obtener su certificado de primaria por un billete que soltó porque necesitaba el papelito para la chamba de guarura y no sé cómo le hizo para que a los 26 regresara de los Estados Unidos con el título de administrador cuando supuestamente había ido a fregar trastos a una lonchería de Michigan.

Tras meteóricas experiencias carcelarias, el Meco se ha incrustado en los varios círculos de poder de este país. Tan hábil ha sido, que en los últimos 15 años ha transitado por el PRI, el PRD, el PT y el PVEM, pero desde el 2008 se clavó en el PAN. Cosa extraña, me parece que está en varias nóminas de comités directivos locales, estatales y nacionales de algunos de estos partidos, además de haberse gastado varios miles coordinando campañas y hasta alguna vez como candidato a algo.

Mi primo el Meco ha podido llevarse a algunos de sus compas que lo han seguido fielmente en su largo periplo político y será uno de los que partan el queso a partir del año próximo. Yo creo que no alcanzará ni una secretaría de Estado, ni subsecretaría, es más, ni dirección general, pero algo le va a tocar, dice él. Tan seguro está, que ya se embarcó con un crédito para comprar otra casa en Malinalco y acaba de adquirir un auto 2017.

Ni la Esponja, ni el Chelolo, ni toda la familia, ni este país ya tan dado al carajo se merecen casos como el del Meco. ¿Será posible que esto termine alguna vez? Hace algunos meses, el Meco me escribió desde Las Vegas y yo casi no lo podía creer. En primer lugar por lo alejado que estamos desde que se fue a Michigan; en segundo lugar, porque le menté su madre, mi muy respetable y tonta tía La Esponja, cuando supe que le había comprado un rancho a Padrés; en tercer lugar, porque me daba vergüenza que alguien se diera cuenta de mi parentesco con tan detestable ser y, por último, quizás más importante, porque el muy cretino apenas y tiene la capacidad de articular media docena de letras sobre un pedazo de papel. Por eso llegará alto.

¿Cómo le hizo para mandarme ese mensaje? Es muy probable que se haya valido de alguien más o menos alfabetizado para poder escribir la nota. Yo todavía no alcanzo a comprender las habilidades del Meco para que siga siendo considerado dentro de las estructuras del poder. En alguna ocasión debió ser requerida una mínima habilidad para redactar una nota, un memo, un informe, un méndigo discurso. A veces pienso que es un verdadero retrasado mental. Por eso llegará alto.

La lectura, igual, no se le da ni por asomo. Jamás ve una película con subtítulos porque no pasa de la segunda palabra y prefiere los doblajes para televisión en los que Tom Cruise tiene la misma voz que la Zeta Jones. Ve a Loret de Mola; las revistas que hojea, son las que están llenas de imágenes porque las palabras le aburren.

Es obvio suponer que mi primo el Meco, hijo de la Esponja y el Chelolo, tiene una imaginación escasa para resolver los problemas que la vida le presenta a diario. Las relaciones con sus cuatro esposas siempre han terminado en divorcio después de sendas golpizas (de él hacia ellas) y encarcelamientos por maltratos. Más allá de la violencia no puede ni sabe responder. Está seguro que la sociedad machista es la que debe predominar otros cuarenta y tres siglos y que las mujeres no sirven más que para criar bodoques, arreglar la casa y preparar la comida, destinadas, además, a cuidar la vejez del marido. ¿Qué problemas podría resolver un ínfimo ser como mi primo el Meco?

Para acabarla de chingar, el Meco se siente soñado. Además de tener el delirio de persecución (por las mujeres), al llegar a los puestos que ha logrado obtener en el asqueroso mundo de la política asquerosa, ve al resto de los mortales por arriba del hombro. Si para desgracia de usted o mía, en alguna oportunidad tuviéramos que buscarlo porque es la única persona con la “capacidad legal” para ponerle el ganchillo de visto bueno para concluir nuestro asunto, seguramente se nos borrará la partidura por tanto tiempo de antesala que habremos de soportar antes de que se digne a tomar el acuerdo pertinente.

Ojalá ningún lector de las cotidianas ni sus connacionales tenga la penosa necesidad de tener que tratar asunto alguno con el Meco.