Trump y Rajoy coinciden en su esfuerzo por devaluar las instituciones.

Puede parecer una perogrullada, pero no lo es. Las instituciones vertebrales de un Estado no pueden sufrir tensiones de ruptura de forma indefinida, y menos todavía si esa posible fractura se produce por la acción o por la inacción de las más altas magistraturas de ese mismo Estado. Es por eso qué, como necesidad preventiva de preservar la confiabilidad y la credibilidad de esas instituciones centrales, dos personajes tan antitéticos en sus formas como Donald Trump y Mariano Rajoy debieran de ser obligados a someterse a su control.

El norteamericano es un millonario extravagante y caprichoso, que además de parecer claramente un perturbado –y lo dice la más reconocida organización de psiquiatras de los Estados Unidos-, además de ser tan peligroso como un chimpancé con una ametralladora, además de ser un ultraderechista que abomina de elementos constitutivos de un sistema democrático [como la libertad de prensa, por ejemplo]; además, es un hombre que sustenta la inaceptable idea que las instituciones dorsales de su país han de amoldarse a su poder personal, de forma que éste no ha de tener cortapisa alguna. Trump es, como persona, un prepotente maleducado, un arrogante misógino y racista que nunca debió llegar al Despacho Oval de la Casa Blanca, probablemente la habitación en la que se concentra más poder de decisión en todo el planeta. Es un lenguaraz con incontinencia verbal, que se alimenta de simplezas y habladurías, y que no vacila en mentir, en engañar y en amenazar cuando simplemente cree que le conviene. Consiguió ganar unas elecciones, pero no en votos; solo el anacrónico sistema electoral estadounidense le permitió acceder a dónde nunca imaginaron sus enemigos. Ahora, desde la Casa Blanca, Trump es una fiera cada vez más aislada, un animal acorralado, que empieza a dar síntomas de ser capaz de decantarse por morir matando. El cuadragésimo presidente de los Estados Unidos se ha convertido en un problema no solo para su país sino para todo el mundo, literalmente.

El gallego Rajoy no se parece en nada en las formas al neoyorkino, en nada. O en casi nada, pero ese casi es muy importante. Es un hombre más bien parco, escaso en casi todo, que ha convertido en proverbial una característica personal que debiera ser un déficit insalvable en un político y que él, de manera extraordinaria, la ha convertido en la fuente de sus más grandes hazañas: Rajoy es el político que mejor cultiva el dudoso arte de no hacer nada cuando sopla viento en contra. Lo que en Trump es exceso, verborrea e intemperancia, en Rajoy es simpleza, reiteración de banalidades y cobardía. Dicen que resulta ocurrente en el trato próximo, pero debe ser opinión de amigo, que confunde la socarronería con la simpatía; y como parlamentario solo le alaban quienes simplemente festejan su colmillo retorcido de viejo político malaje. Rajoy es más joven, pero parece tan viejo como Trump, y como el gringo obtuvo el cargo sin ganarlo en votos. Las primas electorales del sistema a su partido lo convirtieron en presidente al gozar de la minoría mayoritaria, pero se afana en compensar su debilidad parlamentaria con todas y cada una de las malas artes políticas que conoce, y son muchas. Haciendo con frecuencia justo lo contrario de lo que predica, consigue salir con bien de situaciones azarosas gracias a una desvergüenza y un pasteleo que sorprende hasta dejar sin habla a la mayor parte de las personas.

Donde Rajoy y Trump coinciden es en su desprecio hacia las instituciones, y en su convicción de que éstas están única y exclusivamente al servicio de sus intereses. Tan convencidos se muestran ambos que no vacilan en intentar manipular el poder judicial, en amordazar al poder legislativo, en denigrar incluso a las instancias de vigilancia y control encargadas del orden y la seguridad, ya sean el FBI o la Guardia Civil.

Ese abuso, esa desmesura en bastardear las instituciones tendrá efectos perversos sobre la calidad democrática de ambos países. De hecho, ya se están produciendo. La devaluación de determinadas instituciones como el poder judicial o el propio Parlamento son bombas de relojería antidemocrática.

Trump es concebido y presentado por su equipo como un gran empresario que hace lo que más conviene a su industria, y lo hace porqué como propietario decide a su criterio qué es lo que más interesa a ésta. En la medida que se le reconoce como un súper millonario, un exitoso hombre de negocios que ha conseguido amasar una enorme fortuna, se proyecta la idea de que hará lo mismo con el país que ha caído en sus manos. Pero no pueden ser así las cosas en la gestión de la cosa pública en un sistema democrático.

Rajoy es concebido y presentado por su equipo como un hombre que sabe lo que hay que hacer por el bien de España y de los españoles, incluso en contra del criterio de la mayoría de estos últimos. El presidente también es capaz de mentir, de engañar, de ocultar, de disimular, de negarse a informar a propósito de cualquier asunto, por importante que sea, que no considere conveniente para él y los suyos. Ahogado en el océano de corrupción en el que vive su partido, devalúa las instituciones al hacer todo lo posible por utilizarlas en beneficio de sus intereses y en contra de los de sus adversarios. La policía es buena, si es patriótica; es decir, si actúa con criterios de salvaguarda de los intereses de su gobierno y de su partido, aunque sea de forma ilícita. Si esa misma policía investiga y descubre que el Partido Popular es un lodazal; si confirma –como él mismo ha dicho-, por ejemplo, que el PP de Madrid es la cueva de Alí Babá, entonces esa policía es una pieza más de una conspiración universal contra él y contra su partido. Además, cuando esa misma policía acredita que el PP ha financiado de manera ilegal la práctica totalidad de las elecciones locales, regionales y estatales Rajoy se pone de perfil, mira hacia el techo y silba una tonadilla casi inaudible. Es su inaceptable forma de concebir el papel de un dirigente político que tiene en sus manos decisiones que afectan la vida de millones de personas.

La lucha interna institucional que se está produciendo en los Estados Unidos entre partidarios y detractores del sistema democrático norteamericano cada vez tiene peor balance para Trump, pero puede pasar cualquier cosa. En España, por el contrario, parece que las instituciones están entre adormecidas y sojuzgadas. Los partidos políticos de oposición son incapaces de ofrecer un frente común ante las tropelías de Rajoy, su gobierno y su partido. No fueron capaces de organizarse tras las dos últimas elecciones legislativas para desalojar al PP del Gobierno y forzar así una limpieza a fondo del sistema. Ahora, Podemos ha presentado una moción de censura que está condenada al fracaso como tal, pero hay que reconocer que es la única señal que una buena parte de la ciudadanía ha recibido de que no se puede seguir aguantando lo inaguantable sin, por lo menos, forzar un debate parlamentario importante, de fondo.

Solo las instituciones democráticas pueden vigorizar la calidad del sistema político en el que vivimos. En Estados Unidos y en España. Países ambos dirigidos por unos mandatarios que, precisamente, actúan en un sentido contrario: su empeño es rebajar, minimizar el peso institucional en beneficio de sus intereses. Con dos perfiles tan distintos, con dos personalidades tan opuestas, como tienen Rajoy y Trump, curiosamente coinciden en su decidida vocación de controlar a su antojo instituciones dorsales del sistema. Si éstas sucumben lo lamentaremos amargamente.