La moción de censura, entre el activismo banal y la política efectiva.

June 9, 2017

Tengo una particular fijación con aquella especie de sentencia de Eric Hobsbawm que he padecido desde que tengo uso de razón política: para los ubicados en la izquierda política es muy fácil confundir el activismo militante con la transformación social efectiva. Estar plenamente convencidos de que nos asiste la razón, de que nuestra posición es éticamente indiscutible, no nos garantiza en absoluto que alcancemos nuestros objetivos. En el fragor de la lucha política, además, es muy fácil caer en aquello de la hiperactividad y creer que con ella alcanzaremos el éxito por definición.

 

Algo de eso he recordado al leer recientemente a Carlos Elordi quien, refiriéndose a la moción de censura contra Rajoy, insistía en esa línea al escribir que la vía que Iglesias y Podemos han adoptado es la del activismo por encima de todo. Agitprop sin más contenido que esa intención de transmitir a todos los que quieren ver fuera del Gobierno al PP que ellos, los de Podemos, están trabajando para conseguirlo. No puedo olvidar que esa ha sido, desde siempre, la tentación en la que ha caído con frecuencia la izquierda: radical en sus formas, pero muy poco operativa si por tal entendemos alcanzar resultados tangibles.

 

¿Hay motivos para esa moción de censura? Por supuesto, sin duda alguna. Lo que Rajoy y su gobierno están haciendo, desde la política económica a la laboral, desde la política exterior a la medioambiental, pasando por la manipulación de las instituciones, la adulteración de los procesos electorales y la corrupción extendida como una metástasis partidaria, todo eso y más amerita que se presente una censura formal en el Parlamento contra el presidente más lamentable de nuestra historia reciente.

 

Somos muchos los que, inducidos por el mayúsculo cabreo, aplaudimos la idea de la moción. El PSOE no estaba para nada y se esperaba que la señora Díaz tomara las riendas para reforzar, todavía más, ese compadreo que ella y sus barones mantenían con el PP. Por eso, que Podemos levantara la voz fue recibido como un respiro, como un grito de rabia qué, si bien era magro consuelo, por lo menos demostraba que algo de vida quedaba en la Carrera de San Jerónimo.

 

No obstante, el sorprendente e inequívoco resultado de las primarias socialistas, con la victoria de Pedro Sánchez, dio que pensar a algunos. Por ejemplo a Compromís. La coalición valencianista propuso a Podemos aparcar la moción para poderla negociar con la nueva dirección socialista, y demandó a ésta que diera alguna señal de acabar con el compadreo con Rajoy y los suyos. Era lo más razonable, y hubiera abierto una puerta no solo a la política con mayúsculas, sino también a la ilusión del electorado de izquierdas. Pero ni los unos ni los otros dieron su brazo a torcer.

 

Ahora, sin embargo, el nuevo portavoz socialista, José Luis Ábalos, ha hecho unas declaraciones interesantes. Ha afirmado que es necesario converger con Podemos, acercarse, buscar objetivos compartidos dejando las estrategias partidistas al margen. Así pues, si éste es el nuevo discurso socialista habría que esperar dos cosas: una, que sin abandonar una distancia crítica, los socialistas tendrían que dejar de demonizarlos y de considerarlos el enemigo a batir; dos, que los de Iglesias habrían de arrimar el hombro a la idea y no poner palos en las ruedas de la nueva dirección de Ferraz. 

 

Si no perdemos de vista que Rajoy y el PP son un cáncer político que amenaza con devaluar el sistema democrático a sus cotas más preocupantes, que no vacilan en violentar todo lo existente en materia institucional, que son capaces de dejar pudrirse los problemas más graves, que no se abstienen de abusar de la patente de corso con la que han navegado desde hace muchos años, si no se olvida eso y se coincide que es imprescindible echarlos para poder enderezar el rumbo del país, entonces habrá que convenir que la colaboración entre Podemos y sus amigos y aliados regionales con el nuevo PSOE que debe salir de su próximo congreso es cosa irrenunciable. Quizá los líderes de todas esas formaciones pudieran pasarse unos días, aprovechando el verano, por Portugal y averiguar qué demonios están haciendo allí sus homólogos lusitanos.

 

Las diversas formaciones políticas que se reclaman de izquierdas debieran de saber supeditar su legítima táctica particular a la inaplazable decisión estratégica de colaborar lealmente. Si no se hace, tendremos más de lo mismo, de aquello que nos advertía Hobsbawm: mucho ruido y pocas nueces o, mejor dicho, mucho activismo y poca transformación social.

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