Última llamada

En el pasado la sucesión presidencial se inclinaba según las condiciones del país. En épocas de turbulencia social se ponía a un político (López Mateos, Echeverría), en épocas de prioridad económica se ponía a un tecnócrata (López Portillo). Los neoliberales rompieron con esto.

Se aseguraron de no soltar el poder y reforzaron a la policía para atender la turbulencia social, mientras cambiaban reglas fundamentales para privatizar lo que podían y convertirse en socios de los beneficiarios.

La potencial caída del TLC cambia de raíz este esquema. Sin poder esgrimir al modelo neo liberal, se requiere de un presidente que pueda pensar al país en otros términos: Refuerzo del mercado interno, recuperación del poder de compra, reforzamiento de las regiones abandonando la construcción de grandes ciudades.

En este nuevo modelo los temas como energía y agua adquieren una importancia fundamental, porque no se puede reforzar a la economía con salarios bajos, altos costos de electricidad y de gasolina.

Se debe pensar en una nueva infraestructura y en un transporte público que desincentive el uso de automóvil protegiendo al ambiente.

Nada de esto puede hacerse con una estructura fiscal que hace que recaiga el peso del pago de impuestos en los asalariados mientras los grandes encuentran el camino para no pagar y logran que se les devuelvan impuestos.

La lógica dice que se requiere de un político nacionalista sin antecedentes de corrupción o abuso del poder. Esto descalifica casi a toda la caballada.

Lo cierto es que las nuevas condiciones abren una oportunidad de oro para repensar y reconstruir al país. Las fuerzas en contra están en el poder y no están dispuestas a soltarlo, ¿estará la sociedad harta hasta el grado de poner un alto definitivo y conquistar su futuro?