Partidos: muchas palabras, pocos hechos

January 18, 2018

Diario de un reportero

 

Si se mira bien, los partidos políticos de México son relativamente jóvenes (aunque hay jóvenes viejos), y tienen en común que nacieron como consecuencia de la lucha, muchas veces propiamente dicha, de grupos con ideas opuestas de cómo tendrían que manejarse los asuntos públicos.

 

A principios de la década de los setenta en el siglo XIX aparecieron el Partido Radical de Tabasco, que apoyaba la reelección de Benito Juárez, y el Partido Republicano Progresista, que apoyaba la candidatura de Sebastián Lerdo de Tejada. Durante los gobiernos de Porfirio Díaz se crearon la Unión Liberal y el Círculo Nacional Porfirista, por dar algunos ejemplos.

 

El siglo XX comenzó con un Partido Liberal (que un año después se convirtió en el Partido Liberal Constitucionalista), cuyo propósito era frenar los avances del clero y hacer valer las leyes de Reforma. Quería educación liberal, honradez en quienes ocupaban cargos públicos, y se oponía al despotismo y la arbitrariedad.

 

Siguieron varios partidos, docenas de organizaciones políticas que buscaban cambiar al país, que esperaban atraer a las masas con propuestas que iban de un extremo ideológico a otro, y mensajes sobre libertades y derechos variopintos.

 

Terminaron perdiendo ante los caudillos que crearon el sistema perfecto con un partido casi perfecto: el Partido Nacional Revolucionario, que después se llamó Partido de la Revolución Mexicana y terminó convertido en el Partido Revolucionario Institucional y gobernó al país durante la mayor parte del siglo.

 

Ya habrá quien me enmiende y me llame la atención por esta apresurada historia. Pero la intención de este apunte no es hacer una historia de los partidos políticos de México sino echar un vistazo a lo que los partidos políticos han hecho por los mexicanos.

 

Mi conclusión es que los partidos y quienes los representaron y representan han hablado mucho y han hecho poco: uno de los vicios del discurso político mexicano es que la gente – sobre todo la gente en el poder – termina creyendo que lo que dice se vuelve cierto tan pronto como se pronuncian las palabras.

 

Pero no es así. México no es un paraíso. Hace dos años había cincuenta y tres millones cuatrocientos dieciochos mil ciento cincuenta y un mexicanos pobres, y nueve millones trescientos setenta y cinco mil quinientos ochenta y un mexicanos viviendo – si es que eso es vida – en la pobreza extrema. Es más de la mitad de los mexicanos, según cifras oficiales.

 

Para darse una idea, sesenta y dos de cada cien veracruzanos vivían en condiciones de pobreza, y dieciséis de de cada cien padecían pobreza extrema hace dos años. No creo que la situación haya cambiado mucho.

 

Hay quienes citan los indicadores macroeconómicos para mostrar que la cosa va en la dirección correcta. Se equivocan. Hay hambre, hay carencias, hay miedo, hay molestia, hay tristeza frente a la opulencia de quienes piensan que están sacando adelante al país, frente al despilfarro y la desvergüenza de quienes saquean el erario sin temor.

 

Una vez, hace tiempo, aproveché mi cercanía con amigos y conocidos de un partido ya extinto y les pregunté por qué no hacían algo para organizar cooperativas con productores de básicos que ofrecieran a precios razonables sus frutos y sus artículos directamente a quienes más lo necesitaban, o para establecer huertos colectivos en las colonias más empobrecidas del estado, o para coordinar de corte y confección, de panadería, de otras cosas, para que la gente aprendiera a valerse por sí misma... Me dijeron que no era el momento. Lo que urgía era que tomaran conciencia política.

 

Era un partido de izquierda. Los otros – sobre todo los que han sobrevivido y los que nacieron después de la década de los ochenta, de izquierda y de derecha y de atinado centro – están igual. Les interesa más ganar el poder que trabajar para que la gente viva mejor, pero los tiempos no están para filigranas ideológicas.

 

Cualquier intento de organizar programas asistenciales se limita, sobre todo, a hacer cosas aisladas cuando se acercan las elecciones. Reparten despensas y camisetas y gorras y láminas, y si la cosa va bien ofrecen servicios médicos y otras vainas que desaparecen después del primer domingo de julio.

 

Los programas asistenciales del gobierno – el Gran Dador – se limitan a repartir dinero que muchas veces ni siquiera llega a quienes tendrían que recibirlo, o se usan para cometer fraudes electorales de los que ninguna autoridad se entera aunque todos sepan dónde, cuándo y cómo.

 

Mientras los partidos sigan pensando igual (solos o en coaliciones contra natura), no vamos a ninguna parte. A ninguna parte. Carajo.

 

 

 

 

 

 

 

Please reload