Puebla: ¡Arráncame la vida!

 

 

Señales diversas marcan la elección poblana este 2018. En primer lugar, las cuentas nada más no encajan; nos encontramos con una profunda distorsión entre las encuestas para la presidencia de la república y las que se remiten a la gubernatura en Puebla. Las preferencias por AMLO en nuestra entidad coinciden con la amplia ventaja de MORENA respecto de sus más cercanos competidores; empero, si se observan las preferencias por Luis Miguel Barbosa, existe la apariencia de una desventaja frente a la esposa de Rafael Moreno Valle, candidata oficial de una coalición variopinta.

En segundo lugar, resulta difícil entender el perverso juego que el morenovallismo dispuso en sus facciones al interior del estado. En Puebla y sus municipios se observa una competencia extrema en las mismas camarillas morenovallistas obligadas a conseguir el mayor número posible de votos para Martha Ericka Alonso; pero también, obligados a despedazarse -entre sí- para obtener la presidencia municipal. Experiencias semejantes viven algunos candidatos a diputados locales y federales.

Puebla es un ejemplo vivo del lugar que puede alcanzar el fracaso de la política. El transfuguismo que comenzó en la época de Manuel Bartlett Díaz y generó la emigración de muchos cuadros priistas hacia otros institutos políticos, ha degenerado en una partidocracia y desinstitucionalización de la participación y la de administración pública. Las alianzas pragmáticas polipartidistas generaron un principado apocalíptico. Estas migraciones partidistas eran interpretadas, por algunos optimistas, como el proceso hacia un bipartidismo; sin embargo, el pesimismo señalaba que dicho travestismo político indicaba el camino hacia la proliferación de liderazgos tal cual se vivían en el país durante los primeros años del régimen de la revolución mexicana.

El Partido Oficial hubo de “reunir” aproximadamente tres mil, entre las más de diez mil, fracciones políticas que se disputaban construir un nuevo régimen. Con el tiempo, el Partido de Estado inauguró un pacto político de circulación de élites. Al finalizar el periodo hegemónico de la Familia Revolucionaria, México se encontró sin partidos, ni clase política, ni Estado. Sin embargo, la transición a la democracia fue un paso fino para que gobernaran priistas de todos los partidos políticos.

El problema no es el PRI como instituto político, la enfermedad es un peculiar estilo de liderazgo político en la cultura política mexicana: el caciquismo. El Cacique es el verdadero dinosaurio de la transición política en México. Puede considerarse un estilo generoso del patrimonialismo; empero, constituye una rémora que no permite la construcción de instituciones políticas y, mucho menos, la llegada de la democracia liberal.

Puebla permitió la arquitectura de uno de los cacicazgos más longevos y vergonzosos de la historia de México: el avilacamachismo. El carácter conservador de la entidad no permitió que el espíritu revolucionario, social y liberal se asentara en sus territorios. El “5 de mayo” sólo es un mitologema sin ninguna consecuencia, es más significativa la contribución a fundar “El Yunque”, punto de referencia de la ultraderecha iberoamericana. Conservadurismo y cacicazgo son los carriles por donde la historia local se ha conducido y se manifiesta.

Un poeta del crimen me ha señalado siempre que los escritores son más auténticos y exitosos en explicar la política poblana que muchos científicos sociales. Tiene toda la razón. Basta una buena novela –de las varias que hay- a modo de aleph, para ver el pasado, el presente y el futuro de nuestra sociedad. El Pacto de Honor y Justicia no se ha movido un ápice desde la época de Maximino, los suscriptores permanecen encumbrados y cohesionados. Ahí están los mismos personajes, desempeñando el rol que les corresponde: Pistoleros disfrazados de Empresarios y Banqueros, Cuatreros que juegan a políticos, Extranjeros Mafiosos, Obispos que sólo siguen el evangelio del Poder, un pueblo que no encuentra el modo de defenderse y la bastardía como derecho de sangre. 

Puebla siempre ha vivido a la sombra del Avilacamachismo, parece poco probable que esto se modifique. La estructura caciquil sobrevivió gracias a la alternancia, así lo entendieron quienes leyeron las novelas; los politólogos se confundieron y su error profundizó el atraso e injusticia en Puebla. La sociedad poblana sí que está en el pasado, los indicadores sociales y económicos, la corrupción boyante, la inseguridad y el miedo así lo dejan ver. Ni Maximino logró un contexto tan favorable a la Satrapía.

El avilacamachismo impidió que las grandes transformaciones sociales de la revolución mexicana llegaran a Puebla, el neoavilacamachismo está haciendo todo lo posible para aislar a la entidad. Ojalá que el próximo presidente de la república actúe como Adolfo Ruiz Cortines e imponga orden; aunque venga del centro. Habrá que leer novelas para agudizar el análisis político y dejar de creer las fantasías de la ultraderecha: Martha Ericka no es Catalina y mucho menos Carmen Serdán, es el Díaz Ordaz de Maximino Ávila Camacho, una caricatura fea de una oligarquía que va a transformarla en un monstruo, tal como ocurrió con el oriundo de Chalchicomula.

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