El dos de julio

Diario de un reportero

Un día de principios de los noventa le pregunté a Cuauhtémoc Cárdenas si era verdad que muchos le dijeron que estaban dispuestos a tomar las armas para defender su triunfo en las elecciones presidenciales de 1988. El ingeniero, cauto de por sí, no negó ni confirmó mi pregunta.

Pero en esos años – todavía fresca la afrenta del fraude que le dio la Presidencia a Carlos Salinas de Gortari – pude hablar con personas que tuvieron acceso a la información, y con personas que estaban decididas a todo para impedir que les robaran las elecciones. Varios confirmaron que el país estuvo a punto de arder y que pese a todo pudo más la prudencia de Cárdenas y de quienes lo apoyaban.

El caso es que México estaba caliente hace treinta años. La familia priista se había dividido y nadie creía mucho en el gobierno. Se había ensuciado el agua de beber, como dice la metáfora perfecta de los venezolanos. Y ahora estamos como entonces, pero peor.

Nadie podría pensar que el lunes dos de julio (ni el martes tres ni el miércoles cuatro ni el jueves cinco ni ninguno de los días siguientes) van a cambiar las cosas. Podrá haber un nuevo gobierno, pero el viejo encono seguirá gritando sus agravios ciertos y falsos en todos los tonos mayores y menores.

Aunque hace treinta años no había Internet, esa herramienta magnífica que le dio voz a quienes nunca la había tenido, pero a la vez permitió que el mundo se convirtiera de nuevo en una torre de Babel donde cualquiera puede decir lo que sea, mentir o incitar al odio o al delito o difamar y calumniar sin la obligación de responder por lo que dice.

Eso es lo que uno ha visto en la política reciente de México (y de otras partes, pero ahora estamos hablando de México), y eso es lo que ha contribuido a dividir al país como nunca antes. La descalificación, la ofensa, la amenaza, el insulto, la mentira, se han convertido en cosa nuestra de cada día. El país está dividido.

La violencia ha manchado el proceso (cuando escribía estas líneas ya había cuarenta y ocho candidatos asesinados desde septiembre). La intolerancia está muy arraigada. La falsedad está en todas partes (cuarenta por ciento de lo que dijeron los candidatos presidenciales no tiene que ver con la verdad, y lo más probable es que la proporción sea iguel o mayor entre los candidatos a gobernador). Ese ánimo no va a desaparecer después de las elecciones.

Es difícil creer que los mexicanos van a cambiar. El tigre está suelto desde hace rato, y nadie lo va a meter en ninguna jaula el lunes dos de julio. El riesgo de que el animal enfurezca y termine destrozando a propios y extraños es grande, como es grande la tarea de apelar a la calma y reclamar a las instituciones – que han sido inútiles en muchos casos – lo que le corresponde a cada uno.

El dos de julio México será otro país aunque siga siendo el mismo. Gane quien gane. Las autoridades electorales no han podido o no han sabido o no han querido asumir la responsabilidad de su encargo ante la compra de votos, los repartos ilegales de despensas y tarjetas y otras transgresiones (el más reciente ejemplo fue que dieron tres horas de plazo a delincuentes electorales para que suspendieran sus actividades, en vez de proceder conforme a la ley).

Los partidos quedaron rebasados por los grupos que los integran. Ninguno de los candidatos ha condenado públicamente las actividades ilegales de sus partidarios, y uno de ellos (sí: López Obrador) llegó al punto de advertir que habrá violencia si hay fraude. Muchos mexicanos han contribuido a las campañas de falsedades y de intolerancia sin pensar que todo eso va a terminar por ensuciarnos a todos.

A fin de cuentas tenía razón Carlos Castillo Peraza, quien fue presidente de Acción Nacional en la primera mitad de los noventa y advirtió varias veces que todos llevamos un pequeño priista dentro. Ese priista y ese tigre van a quedar sueltos a partir del lunes.

Nosotros votamos por uno y alimentamos al otro. Y no podemos comerlo con nuestro pan, porque también está contaminado. Necesitamos un gobierno que cierre heridas, que repare agravios, que una a la nación para que nos vaya bien a todos. Quién sabe si el lunes o el martes o el miércoles haya un gobierno así. No hay mucho lugar para el optimismo...