En el PP todo es falso, menos alguna cosa.

No son pocos los que se lamentan ahora dentro del PP por haber puesto en marcha las primarias para elegir a quien ha de sustituir a Mariano Rajoy. Con lo fácil que hubiera sido seguir la tradición, utilizar la designación directa, y ahora resulta que la ocurrencia de jugar a la democracia interna se ha convertido en un lío monumental.

Por una parte, eso de primarias es cosa de modernos, cuando no directamente de rojos recalcitrantes, que no saben lo que es un jefe político de verdad; por otra, eso de pedirle a la militancia que elija entre Pedro y Pablo, o entre Juana y su hermana, es cargar de responsabilidad a gente que no está preparada. Además, es que eso de la democracia interna es un cuento chino que provoca alergia en las filas del partido que quiere volver a ser hegemónico –mandar vaya, mandar- no solo en la derecha, sino en el escenario político español.

Una buena parte de los afiliados no entiende cabalmente porqué Rajoy no ha hecho como en su momento hizo Aznar con él, ungirlo; y antes Fraga con el propio Aznar. Viven ahora un auténtico problema que, siguiendo la tradición del dedazo, se hubiera podido evitar. Si en el PP la línea de mando está clara, si la gente de orden acepta la jerarquía sin chistar, si se entiende que los que mandan, mandan, para qué todo este jaleo de elegir a un candidato y, además, a unos compromisarios que serán los que finalmente decidirán. ¿Y si luego ambas elecciones no coinciden?

Que el PP es un partido potente está claro, como lo está que no es un partido como los demás. Más que militantes, que los tiene, cuenta con simples inscritos y con amigos políticos interesados; gente que, sintonizando más o menos con los valores conservadores de la formación, espera obtener réditos tangibles de esa relación.

Ahora, cuando se ha conocido el censo de los participantes en la elección se ha descubierto un pastel muy grande, mucho. Decían, pregonaban, se jactaban los dirigentes de que el PP era el mayor partido de Europa por número de afiliados: más de 860 mil. Ahora, a la hora de la verdad, se ha descubierto que apenas el 7 por ciento de esos inscritos [66 mil] está al corriente de las cuotas que son preceptivas para alcanzar la condición de afiliado.

No es difícil imaginar lo que hubieran dicho los del PP si este apabullante desfase entre el mito de la gloriosa militancia publicitada y la realidad de la raquítica afiliación real hubiera ocurrido en otro partido. Pero ellos tienen otra vara de medir para sí mismos, así que, bueno, consienten a regañadientes, vale, habrá que hacer alguna depuración en el censo. En fin, vienen a decir, se trata de un problemilla menor.

Pero no, no es un problema menor. Es, como diría Rajoy, un problema mayor. Y lo es porque se ha mentido reiteradamente a la opinión pública y porque con esos datos de afiliación se puede haber falseado hasta la náusea el capítulo de ingresos por cuotas. Además, ¿cómo es que al tesorero y a la secretaría general de un partido no le preocupa que, durante años, paguen las cuotas menos del 10 por ciento de los teóricos afiliados?

Por si eso fuera poco, ahora tenemos cifras oficiales del propio PP respecto a la distribución de esa militancia real por provincias. Mientras que en La Rioja el PP cuenta con 65 militantes por cada 10 mil habitantes, son 49 en Melilla, 47 en Soria, 42 en Lugo o 41 en Cuenca; en Áraba son 7, 4 en Lleida, 3 en Navarra, Tarragona y Bizkaia, 2 en Barcelona, y 1 en Girona y en Guipuzkoa. Madrid y Valencia, tienen 15, y Sevilla 18, por citar otras provincias importantes. Es bien interesante este mapa político. Efectivamente, además de otras consideraciones, nos permite ver que el PP es completa y absolutamente irrelevante en Cataluña y en el País Vasco y Navarra. ¿Nadie, puertas adentro, se hace preguntas sobre esta realidad?

Lo más preocupante, con todo, para la realidad política española, no es que el PP haya mentido sobre su caudal de afiliación, ni que base su fuerza en la España interior, ni siquiera que el liderazgo de esa organización partidaria -que todavía es mayoritaria en la derecha hispana- vaya a ser decidido por menos de 70 mil personas. Lo grave, lo realmente grave es el discurso de los aspirantes, enfrascados en una batalla cada vez más caníbal según pasan los días, que no va más allá de los tópicos zarzueleros: viva España cañí, somos los mejores, y ganar para poder mandar es lo único importante.

Dejando de lado al que se presenta como Joserra, jaleado con gracia por Wyoming y los suyos en El Intermedio, la cosa parece estar entre las dos señoras, Cospedal y Sáez de Santamaría, y el Estudiante Casado. García Margallo, que al lado de los anteriores parece sir Winston Churchill, tiene un discurso demasiado complejo para el que funciona entre las filas del partido.

Pablo Casado, que se presenta como el paladín de la renovación generacional, es simplemente un carcamal de 40 años, además de alguien al que -visto su currículum académico- pocos le comprarían un coche de segunda mano. El viejo cuarentón, del que se recuerda aquella intervención indigna sobre los desaparecidos en las fosas de las cunetas de España, acaba de declarar que está en contra de la propuesta de ley aprobada en el Congreso a favor de la eutanasia [pensará que hay que morir rabiando de dolor] y, además, ha añadido que el aborto no es un derecho. Toma renovación generacional.

Las señoras, abogadas del Estado ambas, han destacado por su impericia y su insolvencia política. A Cospedal, la del finiquito en diferido, no se le conocen mayores hazañas que las que perpetró contra todo lo público durante el tiempo que fue presidenta de la Castilla meridional. Eso y una petulancia estomagante que le impide reconocer error alguno en la formación de la que ha sido secretaria general. Sáez de Santamaría, mujer de mejor talante y trato menos áspero que su íntima enemiga, acumuló un poder desorbitado en el Gobierno de Rajoy que le granjeó odios africanos entre parte de la dirigencia pepera, y defraudó a propios y extraños al fracasar en la reconducción de la crisis catalana.

Estos son los perfiles de aquellos entre los cuales deben elegir los afiliados al corriente de las cuotas. Si en alguna cosa coinciden los tres es en la indulgencia plena hacia sí mismos y en la dureza contra los otros partidos, contra el PSOE y Podemos, y contra los nacionalistas vascos y catalanes. De la corrupción sistémica del PP, nada de nada. Además de eso, cuando ellos acercaban presos de ETA a Euskadi y hablaban del MLNV, era por patriotismo puro; cuando pactaban con Pujol o con Artur Mas lo que hiciera falta, era por el supremo bien de España. Ahora, rabian, insultan y maldicen a diestro y siniestro; se envuelven en la bandera de Marta Sánchez y deambulan entre la amenaza y la descalificación a sus contrarios y el anuncio del apocalipsis si ellos no vuelven pronto al gobierno.

Como diría el clásico, en el PP todo es falso menos alguna cosa.