La consulta popular

Diario de un reportero

El pueblo se equivoca, sobre todo cuando elige. Y como se equivoca – tarde o temprano – tiene la oportunidad de volver a elegir. Ese incesante proceso de renovación nos protege de nosotros mismos y permite rectificar, aunque no siempre, como lo muestran casos viejos y recientes de gobernantes que se resisten a entregar el poder que no es suyo ni de nadie porque es de todos.

A su vez, el elegido (por mayoría de votos y no por mandamiento superior ni por orden divina) tiene ante sí la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a todos, aunque las acciones de gobierno tampoco están a salvo de errores y defectos porque la política es cosa de intereses públicos y personales y no una ciencia exacta.

El dilema de quien manda es qué hacer. Brexit – la separación de Gran Bretaña de la Unión Europea – es un ejemplo de la dificultad que representa cumplir con la voluntad popular sin afectar a todos: un referendo no vinculante (convocado para apaciguar a las filas más conservadoras del Partido Conservador), viciado por la mentira y los manejos financieros dudosos, se convirtió de pronto en una orden perentoria que llevó al gobierno a un callejón sin salida, y pone en riesgo la vida profesional e intelectual de al menos dos generaciones.

El caso británico puede parecer (y es) extremo, pero ilustra lo que pasa cuando se usan instrumentos como la consulta pública, que son vainas muy delicadas y más frágiles que nunca gracias al griterío de las redes sociales, donde las ocurrencias se imponen a las opiniones informadas.

Así llegamos a las consultas populares que podrían jugar un papel importante en la estrategia política del gobierno que viene. Hasta donde tengo entendido, se piensan someter a la opinión pública iniciativas que van de la revocación de mandato y el plan de paz nacional hasta la construcción del nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México, y quién sabe qué otras cosas más.

El plebiscito, porque así se llama desde hace siglos la consulta popular, consiste en someter a consideración de los ciudadanos planes de acción o proyectos de obras para saber si se hace algo o no se hace. Pero los romanos, que crearon nuestras instituciones y nos enseñaron tanto, no pensaron que un día habría redes sociales.

Uno se imagina qué va a pasar cuando se proponga formalmente un plan para la paz nacional. En las redes sociales habrá fuego y odio, insulto y grito, mentira y anonimato. Las formas tradicionales – el foro, la mesa redonda – seguirán limitadas a los de siempre: académicos, oenegés, políticos bien o mal intencionados, y algún espíritu que se anime a llamar las cosas por su nombre. El cambio no es solamente cosa de votos.

La otra opción es crecer como país para dialogar. Eso requiere un esfuerzo inédito en la vida de nuestro país, marcada por enfrentamientos y tensiones. Tendremos que aprender a escuchar para aprender a discutir para encontrar consenso donde no lo había. No es fácil. No estamos acostumbrados a eso.

Ni hay sistema perfecto. En Suiza, la Unión Democrática del Centro, de idoleogía conservadora, sometió a votación hace algunos años una propuesta de ley que limitaba la migración masiva al país. Como los Conservadores británicos, los de la UDC no estaban preparados para ganar. Pero ganaron y no sabían ni supieron qué hacer.

Europa respondió sin titubeos, suspendiendo programas de becas y de investigación científica, y anunció que tomaría otras medidas para responder a la propuesta anti-inmigración. El gobierno suizo no sabía qué hacer. Después de algún tiempo, la Unión Europea y Suiza firmaron un acuerdo que diluye el lenguaje de los Populares, y el asunto se diluyó en las aguas profundas de la política.

La cosa es que la consulta popular, o plebiscito, o como le quieran decir, es algo serio que puede tener consecuencias imprevistas y costos políticos elevados para quienes quieren hacer las cosas de otro modo. El cambio lleva tiempo. Después de todo, los mexicanos llevamos un pequeño priista dentro.

Sin pensar lo que dice Don Arturo García García, quien es director de Tránsito del Estado de Veracruz, se sentó frente a las cámaras de TeleClic.tv y dijo lo que pensaba sin pensar lo que decía. Que la culpa de que haya agentes de Tránsito corruptos no es de los agentes que reciben dinero sino de la gente que les da o les ofrece.

Tiene razón: el que ofrece dinero para evitar una multa comete un delito. Pero tanto peca quien le paga a la vaca como la vaca. Por favor. Eso se acaba si se sanciona como se debe a quien ofrece dinero y a quien lo recibe para hacer algo ilícito o para dejar de hacer algo lícito relacionado con sus funciones. Está en el artículo 322 del Código Penal. Insisto: es delito.