Guerra Fría y subordinación de la clase política mexicana

 

El escenario internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial determinó la posición geopolítica de México como aliado de los Estados Unidos de Norteamérica, para ello jugó un papel fundamental el clerofascismo. Entre 1926 y 1942 se genera un acoso contra el Estado Mexicano por parte de la Santa Sede y los elementos del nacionalismo católico que inquietaron la política exterior estadounidense.

Posterior a los ataques de Pearl Harbor, Norteamérica obliga al gobierno mexicano para admitir al sinarquismo en la gobernabilidad del país. Esta situación debe remarcarse al estudiar la estructura y conformación de las élites nacionales. Peter Smith describe los laberintos del poder político en México, pero olvidó estudiar el drenaje del catolicismo de catacumbas.

Durante la Guerra Fría nuestro país se constituyó como un sistema de derechas. Una derecha civil y otra religiosa, fueron los carriles donde se estructuró el sistema político mexicano. Al igual que otras experiencias en América Latina y el mundo, las armazones sociales se consignaron a personajes que orientaran una modernidad conservadora sin riesgo para el equilibrio de la contención nuclear.

Represión y hostigamiento han sido las medidas contra quienes pretenden construir un nacionalismo auténtico o se inconforman con el modelo occidental liberal. El binomio CIA (Agencia Central de Inteligencia)-Nacionalismo Católico ha sido el núcleo del PRI, PRIAN y PRIANRD en las últimas fechas.

Connotados políticos, empresarios, sacerdotes y personajes diversos, estuvieron al servicio del pentagonismo para “salvar al mundo de la conspiración judeo masónica comunista”. Justificar los crímenes de lesa humanidad, trastornar los hechos, ocultar la evidencia e impulsar el despojo de los pobres, constituyen las tareas de los apóstoles y evangelizadores del occidentalismo. La derecha latinoamericana no defiende los valores de la democracia liberal, se subordina a la economía de guerra estadounidense y difícilmente cambiará en el corto plazo.

1968 debe ser el recordatorio del costo que implica construir una nación libre frente a los intereses de las superpotencias. El autoritarismo y guerra sucia que continuaron a dicha época, son la muestra del riesgo que implica la ausencia de una verdadera ciudadanía en la sociedad mexicana. 1968 es el memorándum de que el control norteamericano y vaticano de nuestro país es más profundo que las vergonzantes clausulas neoliberales.  Ahora que se ha sustituido el comunismo por el narcotráfico como nuevo enemigo de Estados Unidos, es altamente probable que esta clase política esté dispuesta a convertir México en un escenario de las novelas de Tom Clancy.

La Guerra Fría implicó el inicio de las matanzas juveniles y desaparición de los movimientos sociales en México. Representantes del Nacionalismo Católico como Gustavo Díaz Ordaz, Fernando Gutiérrez Barrios, Luis Echeverría Álvarez y las generaciones tecnocráticas que les continuaron, han sacrificado miles de personas en nuestro país para constituirse como parte de la oligarquía subordinada a Norteamérica. No obstante, han sido los peores gerentes del imperialismo estadounidense: México expulsa millones de emigrantes y drogas, Estados Unidos es cada vez más pobre y adicto. El clerofascismo parece ser el actor invicto de la postguerra.

La construcción de un nuevo régimen en nuestro país coincide con el debilitamiento real de Norteamérica. Algo grave debe ocurrir en el país de las barras y las estrellas si en la prospectiva de George Friedmann y Samuel Huntington, la cuestión mexicana es un riesgo civilizatorio sin parangón ni entendimiento. Las sociedades de ambos países deben comprender que el costo de un control como el que se puso en práctica durante la época de la Guerra Fría, es oneroso para todos. El pentagonismo ya no es una opción para Norteamérica, Estados Unidos es un imperio que debe comenzar a federalizarse.  México debe valorar la independencia circunstancial que el destino le proporciona en el actual contexto, es imprescindible la secularización de todas las estructuras sociales y la conciencia plena del daño que el nacionalismo católico –la derecha- ha causado –y pretende seguir causando- en la evolución del país.

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