Un parlamento bronco e incapaz ante una ciclogénesis política explosiva.

No recuerdo a quien oí estos días que había que impedir que los niños vieran los informativos de televisión, y me pareció una idea cargada de cordura. Puede afectar gravemente a su crecimiento ciudadano. Venía la cosa a cuento del lamentable espectáculo que hemos tenido que sufrir esta semana en la Carrera de San jerónimo. El Parlamento español es el lugar -como todos los parlamentos democráticos del mundo- en el que los representantes políticos hablan, razonan, discuten tanto como sea necesario para que, finalmente, lleguen a acuerdos que convertirán en ley. Es la sede del poder legislativo, y deberían hacer poca broma con eso.

Contrariamente a lo que debería ser su papel, cada vez más, la Cámara de los Diputados del Reino de España es un territorio bronco y desagradable, en el que parece que una buena parte de los parlamentarios asisten como si fueran youtuber's profesionales, que no tienen más interés que generar vídeos cortos y atractivos para el consumo de los fans que los siguen, y para que éstos los difundan mediante las diversas plataformas audiovisuales. De hecho, Raquel Martos hablaba al diario Infolibre de "hemicirco de luxe", para referirse al hemiciclo parlamentario y a un conocido programa de la Telebasura.

Es obvio que no se trata de comportamientos individuales ajenos a ninguna otra voluntad que la de los protagonistas. En ningún caso. Son actuaciones, puestas en escena, performances, que obedecen a una voluntad decidida de embarrar el escenario político pasando por la descalificación y la deslegitimación de los adversarios. Es lo que llaman estrategia de la crispación.

Los cronistas parlamentarios están de acuerdo en dos ideas en este sentido: esta dinámica de funcionamiento se ha exacerbado, de la mano del Partido Popular y de Ciudadanos, desde que triunfó la moción de censura contra Rajoy. Ambos comenzaron hablando de gobierno Frankenstein para referirse al de Pedro Sánchez y ahora ya lo califican directamente de golpista. La segunda idea de consenso es que el diputado de ERC Gabriel Rufián es el máximo exponente de este tipo de actuaciones parlamentarias, siempre cargadas de insolencia y carentes no ya de las mínimas formas de respeto político sino de simple educación.

Es cierto que Rufián no es la excepción de la buena praxis parlamentaria, que también otros ilustres y no tan ilustres diputados y diputadas hacen todo lo que pueden para que el microclima de la Cámara sea cuanto más tórrido e insalubre, mejor. Recordemos nombres como los de Rafael Hernando y Beatriz Escudero en el PP, Rafael Mayoral en Podemos, Rafael Simancas en el PSOE, Toni Cantó y Juan Carlos Girauta en Ciudadanos. Eso por no hablar, claro, de Pablo Casado y Albert Rivera; los que han protagonizado últimamente intervenciones cargadas de insultos, acusaciones no fundamentadas e injurias hacia la casi totalidad de los partidos políticos de la Cámara. La última semana se ha sumado un hombre del que había que esperar otras pautas, dada su edad y, sobre todo, su experiencia: Josep Borrell.

Tras una intervención de las suyas, dura y desagradable, Rufián calificó a Borrell ser el "ministro de Exteriores más indigno de la democracia". El titular de la cartera respondió al diputado acusándolo de verter sobre el Congreso una mezcla de "serrín y estiércol". A raíz de ahí, la bancada socialista, la del PP y la de Ciudadanos cargó con gritos e insultos contra Rufián, quien respondió con gestos de desconsideración hacia los que le increpaban, negándose a sentarse ante la petición insistente de la presidenta de la Cámara. Después de los pertinentes avisos, Ana Pastor expulsó el joven diputado republicano.

El resto del grupo parlamentario de ERC abandonó también el hemiciclo, solidarizados con su compañero. Cuando pasaban por delante de Josep Borrell, de pie en el banco azul del gobierno, el ministro entendió que el diputado Jordi Salvador le escupió, por lo que le intentó detener a gritos. Un espectáculo bien lamentable e indicador del punto de degradación del clima político en el que vivimos.

Revisadas las imágenes una y otra vez por todas las televisiones, no se aprecia si, efectivamente, Salvador escupió a Borrell. Tampoco los diputados cercanos al ministro pudieron afirmar que la ofensa se había producido. Con todo, el mal ya estaba hecho. Lo más probable -repasada la secuencia- es que Salvador hiciera un gesto de desprecio explícito a Borrell y que éste, sobreexcitado tras la descalificación y el insulto de Rufián, reaccionara de forma desmedida. En realidad, al final, no importa tanto la anécdota sino la categoría; es decir, no tanto el no confirmado escupitajo como la tensión política y partidaria que se respiraba en la Cámara.

Días atrás Joan Tarda, también de ERC y un hombre que está muy por encima de la capacidad y la aptitud de la mayoría de los diputados del congreso, había anunciado desde la tribuna que cada vez que alguien llamara golpistas a los de su grupo, ellos les responderían diciéndole fascista. Tardà fue especialmente duro con Albert Rivera, al que le adjudicó la calificación de manera expresa, dejando claro que no la extendía ni a la totalidad del grupo parlamentario de Ciudadanos ni, mucho menos, a sus votantes. La presidenta del Congreso, Ana Pastor, con una decisión que causó sorpresa afirmó, inicialmente, que cuando se utilicen estas descalificaciones -golpista y fascista- no figurarán en el libro de sesiones. Luego, con un tweet, aclaró que se hará una anotación en el margen del diario de la Cámara, en la que se dirá que la palabra ha sido eliminada, así como que su uso mereció el reproche de la Presidencia.

Lo ocurrido esta semana en la Carrera de San Jerónimo no es un rayo en la noche oscura. Está pasando también a los plenos municipales y en los parlamentos autonómicos. Está pasando incluso en las intervenciones ante los medios de comunicación, en las tertulias y las entrevistas a los representantes políticos. El PP y Ciudadanos, y todos aquellos que de manera explícita o no declarada defienden sus intereses, están decididos a exacerbar la tensión y el enfrentamiento político y partidario. Que estemos a pocos días de las elecciones en Andalucía no hace sino añadir presión a la caldera.

La cita andaluza pasará, pero sin solución de continuidad se abrirán las negociaciones para formar el nuevo gobierno de Sevilla, se habrá visto el resultado de la distribución del voto conservador entre PP, C's y los ultras de VOX, y entraremos en la recta que conducirá a las elecciones locales, autonómicas y europeas de finales de mayo. Eso si no hay alguna sorpresa y tenemos elecciones adelantadas en Valencia o en Cataluña, que todo podría ser.

Mientras tanto, la decidida voluntad de la derecha hispana, que ha hecho del nacionalismo españolista y de la deslegitimación de los adversarios sus únicos argumentos políticos, nos augura que la ciclogénesis explosiva va a mantenerse anclada durante los próximos meses sobre la Península Ibérica. No cabe esperar más que la ciudadanía, al menos su segmento más mayoritario, tanto los conservadores como los progresistas, tengan la cordura, la madurez y la calma que no muestran sus señorías. Unos bastante menos que otros, que todo hay que decirlo.