La vida de Brian y el cisma de Podemos.

Podemos ya es como la izquierda de siempre, para desgracia de la parroquia progresista. El joven partido ha cumplido cinco años y parece que son cincuenta. La organización que surgió de la Complutense, con gente formada, atrevida y segura de sí misma al frente; la que encarnó el espíritu enfadado y rebelde del 15M; la que iba a asaltar los cielos después de acabar políticamente con la Casta; esa, se parece como un huevo a otro huevo a sus mayores; a la izquierda de toda la vida, ya sea la de impronta socialdemócrata o la de viejas raíces bolcheviques.

Esa izquierda de siempre ha combinado históricamente virtudes y defectos. Entre las primeras la valentía, la abnegación, la inmensa capacidad de trabajo y el generoso esfuerzo para transformar un país como España, tan complejo y tan atenazado y amenazado siempre por los poderes fácticos más duros y correosos de nuestra Europa. Una España que la derecha autóctona siempre ha considerado de su propiedad, que históricamente ha contado con los militares para poner orden en la calle, y con la Iglesia Católica para poner orden dentro de las casas, hasta en la cama. Esa izquierda hispana luchó contra la dictadura más sanguinaria de Occidente, la más larga y cruel, y consiguió imponer la democracia que los herederos del franquismo regatearon hasta el final, aunque ahora blasonen de angélicos consensos y tiernos espíritus constitucionales. Hablo de una izquierda, pues, heroica en su historial de lucha por la libertad y la democracia.

Pero también padece una serie de defectos crónicos que han menguado su eficacia, que han diezmado sus filas y que han debilitado su fuerza. Siempre ha sido cainita, cuando no caníbal. La historia de los enfrentamientos internos es kilométrica: entre los partidos, entre las organizaciones sociales y, también, dentro de los partidos y dentro de las organizaciones. La batalla a muerte con los correligionarios, los más próximos y los no tanto, es una enfermedad crónica de la izquierda hispana. Escindirse, fragmentarse, dividirse, romperse son prácticas tradicionales en ella. Un repaso revelador lo ha escrito Enric Juliana, en una columna de La Vanguardia, bajo el título de Directos al desastre, en la que afirma: “Después de perder Andalucía, la izquierda se dirige al desastre en Madrid”.

Siempre ha sabido esa izquierda lo que no quiere, lo que rechaza, contra lo que lucha, pero con altísima frecuencia ha sido incapaz de definir con claridad lo que sí quiere. Cuando, pese a todo, lo ha conseguido, cuando ha sido capaz de definir un objetivo estratégico, entonces la pelea, la división, incluso los enfrentamientos personalistas, se han producido por la táctica, por el cómo alcanzar esa meta.

Con demasiada frecuencia las izquierdas hispanas, hablo de todas ellas, también las que operan en ámbitos de la periferia, han tendido al alarde gestual, a agitar las banderas más allá de la capacidad real para la transformación social. Son incontables los ejemplos, incluso algunos de absoluta y rabiosa actualidad, en los que las fuerzas políticas de la izquierda confunden el ser y el deber ser. Como las cosas debieran ser de tal forma, han de ser de tal forma. Se ha practicado mucho, y se sigue practicando lo que Rafael del Águila llamó el Pensamiento Impecable; es decir, aquél que exige soluciones perfectas a los problemas más complejos, y lo hace desde la absurda creencia de que la decisión adecuada y la políticamente posible son la misma cosa.

Además, esa izquierda de nuestros pecados ha sabido arreglárselas para dar muchos, muchos disgustos a su parroquia. Generando expectativas infundadas, confundiendo la razón moral con la razón política, malbaratando activos, ofreciendo espectáculos lamentables y, además, facilitándole las cosas a la derecha reaccionaria y egoísta que siempre quiere, ha querido y querrá el huevo para comérselo ella sola.

Hablando de espectáculo lamentable, a la par que triste y doloroso, ¿qué decir de la sorprendente decisión de Íñigo Errejón y Manuela Carmena a cuatro meses de las elecciones, y con la que está cayendo? ¿Qué decir de la visceral respuesta de Pablo Iglesias y Pablo Echenique?

A la alcaldesa de Madrid quisieron atarla corto desde Podemos y se rebeló, pero la dirección de Pablo Iglesias no se atrevió a desafiarla. Con Errejón la respuesta ha sido muy diferente. Tanto que le han pedido que abandone el acta de diputado, y le han anunciado que tendrá que competir contra la candidatura que presentará Podemos a la Comunidad de Madrid. Una guerra abierta que puede abocar a parte de su parroquia electoral a la melancolía y a quedarse en casa el día de las elecciones.

Madrid es mucho Madrid, y más allá de la capital del Reino de España es un estandarte político que la derecha quiere recuperar al precio que sea. Puede, porque a la fuerza ahorcan, aceptar que neocomunistas de diverso pelaje o asquerosos separatistas, juntos o separados, gobiernen Barcelona; lleva esa derecha años y años sin poder disputar el Ayuntamiento de la Ciudad Condal, pero Madrid, otra vez en manos de los comunistas disfrazados de amable abuelita, eso sí que no. Por ahí no quieren volver a pasar. Es por ello que deben de estar descorchando botellas de cava [o de champagne, para no hacerle caja a los indepes] y frotándose las manos ante la noticia de apertura de prensa escrita, radio y televisión. Sirva como ejemplo La Vanguardia: “Desolación en la dirección de Podemos, que espera que Errejón devuelva su acta. Dirigentes del partido se prodigan por los medios para expresar su “sorpresa”, “tristeza” y “vergüenza” por la decisión del ex número dos del partido”.

Que Íñigo Errejón es una de las mejores cabezas políticas de España es cosa que no se discute, como tampoco hay dudas respecto a la libertad vigilada a la que ha estado sometido por la dirección de Podemos. Es cosa sabida, igualmente, que ya desde los tiempos en los que se descubrió una operación que cuestionaba el liderazgo de Iglesias -que le costó el puesto a Sergio Pascual, quien era el Secretario de Organización-, los pablistas pidieron sin éxito su cabeza al gran líder. También es conocido que, tras el Vistalegre II en el que fue derrotado por Iglesias, éste hizo una purga de errejonistas, pero al líder de la facción perdedora no lo sacrificó, sino que le retiró la portavocía en el Congreso y lo relegó a trabajar en la regional de Madrid.

Íñigo despierta filias y fobias internas en Podemos. Incluso antiguos partidarios le afean, habitualmente en privado, que en diversas ocasiones no haya ejercido de líder en la defensa de los suyos, de los que se la habían jugado apoyándolo y se encontraron solos frente a la respuesta dura del pablismo.

Con todo y con eso, Errejón está convencido, y no está solo, que si de alguna forma se puede hacer frente al avance de las tres columnas de la derecha hacia los gobiernos locales y regionales que se decidirán en el próximo mes de mayo es sumando. Sumando activos y abriendo las propuestas partidarias hasta hacerlas atractivas a la mayor cantidad posible de ciudadanos progresistas. En ese sentido, el tándem Carmena/Errejón es una excelente propuesta estratégica. Pero han fallado las formas, los tiempos y, quizá, alguna cosa más.

Así pues, precisamente ahora, cuando peor está el panorama político, cuando se avecina la madre de todas las batallas electorales, las izquierdas han vuelto a pegarse un tiro en el pie.

La derrota de Susana Díaz puede quedar en poca cosa si prosigue en su empecinamiento de mantenerse al frente de la organización socialista andaluza y desde Ferraz hacen lo necesario para descabalgarla. Lo de los socialistas extremeños votando junto a la derecha la aplicación del 155 en Cataluña, siega la hierba bajo los pies de Miquel Iceta y el PSC. Pero lo de Podemos, el cisma de Podemos, el tsunami de Podemos, ese puede ser lo que certifique la victoria de las derechas más españolistas y extremas en el próximo mes de mayo.

¿Se acuerda el amable lector de La vida de Brian, de los Monty Python? Pues de eso va la película que se ha estrenado estos días. Nada nuevo bajo el sol, pero que triste.