Anticomunismo, la añeja rabia hispanoamericana

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) ya no existe; empero, en Iberoamérica la cultura política parece que no se ha enterado. Cuando los gobiernos y políticos latinoamericanos se empeñan en hacerse nacionalistas, bien pronto que surgen las descalificaciones donde el paroxismo anticomunista brota radicalmente. Dicha sinrazón ha sido el factor que, a lo largo del siglo XX, ha impedido la consolidación del Estado y la República; el subdesarrollo resulta la consecuencia obvia. Para acabar con la eterna pobreza latinoamericana, en términos de Rhina Roux, basta con devolverle sus atuendos al Príncipe.

El anticomunismo se acompañó de insoportables intervenciones militares estadounidenses. La capacidad geopolítica del imperio norteamericano ha sido radical en los momentos coyunturales del nacionalismo latino. Pero los tiempos han cambiado, la democratización y el mercado modificaron el juego internacional; Estados Unidos acabará por lastimarse si decide convocar las redes anticomunistas de su estrategia.

Robert Pastor califica al ciclo conflictivo de las relaciones hispanoestadounidenses como “remolino”. Ninguno aprende ni trata de comprender al otro. Lo concreto es que el intervencionismo yanqui sólo resulta pobreza, corrupción, emigración, narcotráfico y todos los males de lo que ahora se denomina “Estado Fallido”. Estas enfermedades se han contagiado y extendido en la Unión Americana, son estratosféricos los avances de dichas patologías al interior del capital social norteamericano. Samuel Huntington y George Friedman lo han advertido hace décadas, Estados Unidos debe dejar de atender a los ayatolas del odio y fundamentalistas religiosos tal y como lo hicieron al desprenderse de Edmund Walsh si no quieren fallar como ha sucedido recientemente con la más extensa de sus parálisis gubernamentales.

El régimen populista de Venezuela está agotado, es verdad; sin embargo, peor es una intervención militar y ridícula una petición inmediata de elecciones. Maduro debe ser auxiliado a culminar su gobierno o realizar elecciones generales en un tiempo sensato, justo y en modo competitivo. Pretender una solución como la de Guatemala en 1954 es olvidar cuánto ha cambiado el mundo. Los anticomunistas se quedaron en 1905. El mundo puede observar escrupulosamente las siguientes

elecciones y el gobierno bolivariano debe abandonar el poder si el pueblo ya no lo sostiene.

Hoy existe Rusia, viejo imperio con un poder geopolítico y militar semejante al estadounidense pero con mayor capacidad de adaptación a los tiempos de la globalización. La sociedad estadounidense conoce el poder ruso en carne propia, son los instrumentos modernos –formales e informales- los que permitieron la recuperación y desarrollo del estado central más significativo de la civilización eslavo báltica. La crisis de 1962 podría repetirse; pero, esta vez, se quedarían las ojivas nucleares y algo más. Venezuela no está sola.

Robert Pastor acierta al señalar que los principios teleológicos de la política exterior norteamericana deben cambiar respecto a América Latina. La Unión Americana debe extenderse a lo largo del continente y la región puede compartir desarrollo, democracia y seguridad en forma corresponsable y confederada. El anticomunismo local debe ser rechazado no sólo por anacrónico sino por peligroso y abusivo. La esquizofrenia latinoamericana siempre resulta en beneficio de una oligarquía parasitaria y medieval. Aún cuando la Iglesia Católica ha dejado de ser anticomunista y el propio Mario Bergoglio se colocó en una posición semejante a la del gobierno mexicano, los radicales constantineanos anhelan la llegada de los marines por todos lados y a todos los países del hemisferio. Su gran capacidad tecnocrática sólo alcanza a producir mentalidades como la de Luis Pazos.

El anti-anticomunismo puede ser un referente de nuestra época. El comunismo ha muerto y es tiempo que el anticomunismo –y sus hermanos: nazismo, judeofobia, clericalismo, fascismo, etc.- también lo haga ¿De qué otro modo se renovarán la ideas y la política en nuestras repúblicas?