La Guerra por el Fin del Mundo

Nos encontramos frente a un declive de la potencia más grande de los últimos siglos. Norteamérica devino en una nación producto de la modernidad pero que no ha podido confrontarse con las modernidades alternativas. El sello de Estados Unidos fue la vanguardia occidentalizadora. Sin embargo, antes y después de la guerra fría, lo que ha quedado plasmado es que hay diferentes tipos de modernidades y que ha sido más que desgastante pretender que todos sean como Amerikkka quiere.

Estados Unidos persiguió la modernidad universalizadora y, aun cuando esto parecía alcanzarse en un corto tiempo, la cercanía de la globalización ha terminado por remarcar las diferencias y particularidades. No sólo somos diferentes, cada quien ha tomado de la modernidad lo que quiere y se ha disfrazado de moderno según sus circunstancias.

Estados Unidos, como todo imperio, siempre ha actuado bajo la guía de las teorías conspirativas y, en ello, sus maestros han sido la Iglesia católica y los nazis. De hecho, durante los últimos dos mil años, el catolicismo debe su existencia a mantener el mito de la conspiración judía, que después transformó en judeo masónica comunista y ahora en judío illuminati latino reptiliano hacker socialista homosexual lesbiano negro anunaki, que tantos adeptos le ha generado. Los más grandes creyentes fueron los norteamericanos y, gracias a ello, lograron cohesionar los impuestos de sus ciudadanos, el capital de sus financieron y se volvieron el eje de la economía mundial.

Ahora la teoría de la conspiración refiere, haciendo una sumatoria de todas las perspectivas cristianas, que si no se reconstruye el mundo occidental, patriarcal, cristiano, occidental, blanco y capitalista, el mundo va a terminarse. Por supuesto, los que representan las modernidades alternativas, las civilizaciones no blancas y diferentes del cristianismo, quieren que el mundo termine, que ese mundo eurocentrico acabe. El conflicto que se aproxima tiene que ver con un nuevo arreglo geopolítico donde Estados Unidos reclama la hegemonía económica que antaño le permitió transformarse en el gran policía mundial.

Las conspiraciones permiten estructurar tejidos sociales y configuraciones dinámicas estables. Fernando M. González, por ejemplo, al describir el ambiente de la Universidad en Jalisco en la hacia la primera mitad del siglo XX, explica el manejo y la manipulación que hizo el nacionalismo católico de la conspiración judeo masónica comunista para apoderarse de todo, a pesar de unas cuantas víctimas mortales. A la distancia puede parecer cómico (todos sabían quienes eran los Tecos y el discurso loquito sólo servía para agremiar más invitados en las cosas de fraternidades); no obstante las tragedias singulares guardan sentimientos que para nada permiten sonreír. Gracias a esa Guerra Sucia y Campaña Negra, Jalisco y Guadalajara en particular, constituyen un orden social pétreo, que sólo la hegemonía de los grupos hispanófilos del nacionalismo católico determina cuándo y cómo cambiar. Igual sucede en Puebla, Michoacán, Guanajuato y casi en todo México, y casi en toda América Latina.

Durante los quinientos años de la Conquista, el mito de la conspiración judía permitió que la Santa Sede acumulara un legado de poder gigantesco y que, posteriormente, fuera uno de los socios más importantes del Nazismo y de Norteamérica.

Ahora, el mundo globalizado fuera de control, desbocado, con una modernidad satánica, parece ser la conspiración que Donald Trump pretende emplear para mantenerse en el poder. Convertir a los Estados Unidos en el IV Reich, el totalitarismo que siempre fue, decirle al pueblo que si son semisoberanos y que si se le explota, pero que serán los esclavos más felices del mundo. Lo peor es ser esclavo y no norteamericano. No es lo mismo ser pobre en Estados Unidos que fuera del país, ser negro es la condición mínima para destruirlos. Las diferencias en la clase política norteamericana es entre los credos calvinistas, puritanos y protestantes apoyados por la iglesia católica fundamentalista frente al evangelismo pentecostal y la teología de la liberación. Trump se apegó a la derecha y con ello se lleva a México entre las patas. AMLO se ha llenado de Yunques, Tecos, Guajolotes, Ratones, Conejos y todas esas zoologías del nacionalismo católico y cristiano evangélico. ¿Puede hacerse otra cosa?

Donald Trump no es el primer presidente en creer fervientemente en los testimonios de la conspiración. Hay que recordar la forma en que el jesuita Edmund Walsh influyó en la clase política y económica de Norteamérica para impulsar la guerra fría. El Anticomunismo fue, y es, una de las más grandes teorías de la conspiración para mover las almas conservadoras.

Hoy, como a principios del siglo XX, los mismos autores generan el escenario caótico y conspirativo para imponer un nuevo orden mundial y acabar con otro. Difícilmente cambiarán los actores del poder, lo que va a cambiar es si la sociedad acepta el cambio tecnológico, social y económico que se aproxima o seremos lanzados al conflicto inútil para que después de la destrucción los sobrevivientes se distribuyan lo que haya quedado en pie, la fecha fatal es el 2028 según los nacionalistas católicos que se imaginan, literalmente, una madre de Dios feminazi.

Trump, la Iglesia católica, el mundo occidental, tienen medo a perder la hegemonía universal que parecían haber alcanzado. Como habían afirmado George Kepel, Samuel Huntington y John Gray, las otras modernidades existen y van a reafirmarse aunque sea extraño, desagradable y apocalíptico.

No es halagador para la cultura occidental perder el control, o al menos, tener que compartirlo con otras civilizaciones. La misma iglesia católica guarda una guerra civil al respecto, frente al ecumenismo y autentificación del cristianismos con las otras religiones.

La utopía del pensamiento complejo, multicultural, incierto, primitivo y humano, puede ser real si las personan se atreven a usar el sentido común. ¡¿Cuánta necesidad tenemos de un ecumenismo religioso que valide una sociedad laica?! El problema no son los dioses, sino sus seguidores.

El papel de las conspiraciones ha sido negativo en la política. El pensamiento crítico no es una herramienta suficiente para descubrirlas y controlarlas. Gabriel Zaid, cuando no estaba comprometido con estas cínicas conspiraciones, hacía llamados al sentido común, a la condición humana y de coexistencia mínima. Los poderosos seguirán formulando teorías de la conspiración para mantener su posición, desde el cacique más pequeño hasta el líder de la nación u organización más poderosa. Los políticos son los más grandes hijos de puta.

Quizá es positivo el fin del mundo, el fin de la economía, la religión, la familia y las culturas. Solos frente al abismo, como señalaban Fromm, Arendt, Reich y Nietzche, descubriremos el valor de la libertad, la vida y la condición humana o, como decía Dostoyevski, comenzaremos a creer en Dios.

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