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Alentar el desacuerdo

Diario de un reportero



Miguel Molina


Pasé tres semanas en México. Leí la prensa – cosa que de todos modos hago donde quiera que esté –, aunque evité los noticieros de radio y de televisión, y hablé con amigos y con desconocidos sobre lo que vive el país, y pude ver de primera mano cómo va el asunto. Más o menos.


En las doce horas del vuelo de regreso pensé en la cuarta transformación. Traté de imaginar un país en el que todos estuvieran de acuerdo con el cambio que propone Andrés Manuel López Obrador, una nación sin desacuerdos, sin críticas y sin discordias. Cuando pasó la azafata le pedí otra copa de vino.


Recordé la advertencia de Ben Ansell, profesor de Instituciones Democráticas Comparadas en la Universidad de Oxford: Las democracias necesitan alentar el desacuerdo para evitar que la mayoría se convierta en una tiranía, dijo el profesor en una conferencia de la serie Reith de la BBC a finales del año pasado.


Una democracia que se basa solamente en la mayoría – explicó Ansell – es inestable y termina por atropellar las libertades en su búsqueda de la aprobación popular si no se imponen límites a lo que el gobierno puede hacer. Eso es lo que distingue a una democracia de una tiranía. Y por ahí. A fin de cuentas, la democracia es un animal frágil.


Pasó la azafata y le pedí otra copa de vino. Pensé qué pasaría si la cuarta transformación cumple sus objetivos – que son más bien los objetivos presidenciales, porque ningún militante de Morena podría esclarecer a ciencia cierta qué pretende su movimiento –, y me dí cuenta de que no sabía ni sé explicar a dónde va todo esto.


Sabemos que hay que acabar con la corrupción con algo más que declaraciones, pero no hay un plan para hacerlo. Sabemos que hay que combatir la violencia con algo más que abrazos, pero no hay un plan para hacerlo.


Sabemos que hay que acabar con la pobreza, que hay que garantizar la salud, que hay que mejorar la educación, que hay que hacer otras mil cosas para que México sea mejor, pero no sabemos exactamente cómo, porque no hay un acuerdo nacional.


Pero eso es lo que no hay. La democracia – recuerda Ansell – consiste en resolver los desacuerdos. Y siempre habrá desacuerdos.


Vas bien, Fidel

Busco sin encontrar el momento preciso del jueves de enero de hace sesenta y cinco años cuando Fidel Castro le preguntó a Camilo Cienfuegos en medio de un discurso: ¿Voy bien, Camilo? Y Camilo le respondió: Vas bien, Fidel.


Hay quienes opinan que esa pregunta y esa respuesta son producto de la leyenda y nada tienen que ver con lo que realmente pasó ese día. De todos modos, el episodio – cierto o falso – ilustra la importancia y la necesidad de una

voz que le diga al poder cómo van las cosas, aunque no vayan bien. Sobre todo si no van bien.


Desde el balcón

Uno llega con la garganta atormentada por un resfriado tenaz, tosiendo sin cesar, fatigado por el viaje, desvelado y confundido por la diferencia de horarios, pero a salvo ya de las preguntas del viaje, y sale al balcón con un vaso de malta a ver cómo termina el día. Hace frío.


Neruda diría que La tierra vive ahora/ tranquilizando su interrogatorio,/ extendida la piel de su silencio./ Yo vuelvo a ser ahora/ el taciturno que llegó de lejos.

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