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Aniceto

Puros cuentos

Pericles

Aniceto Aniceto dijo un rezo náhuatl antes de abrir su botica temprano en la mañana, no sin antes haberse comido un pan de maíz con una especie de té hervido con hierbas raras. Rito étnico que le abría las puertas de los dioses que representaban las cuatro fuerzas fundamentales. El amor, la venganza, la salud y el dinero. Al abrir las puertas terrenales, se dejaba ver salir el humo y los aromas cocinados en un incendiario de piedra colocado al fondo de la botica y que la llenaba de una fragancia intrigante. Afuera, en el aparador, un burdo letrero decía: “SE ENDEREZA TODO” “Abierto de 8 a 12” “(pago en efectivo, no devoluciones)” “Aniceto V.” En el apretado aparador, apenas se podía observar las otras atracciones comerciales que iban desde cortaúñas hasta brassieres de copa. Pasando por unas añejas prótesis para piernas y brazos colocadas en las esquinas. Lo aromático del recinto, colado con el olor de las pócimas enfrascadas en los estantes, servían para varias cosas. No solo espantaban a los malos espíritus sino también a los perros malos. Esa mañana, la cola era larga y nutrida y llegaba casi hasta la tortillería a la vuelta de la esquina. Cosa que atraía otros niveles para los comensales ,como venta de fritangas y aguas de colores. En la cola había de todo, desde hombres de traje, hasta divorciadas y mujeres con despechos retorcidos. Aniceto el boticario, también ya habiéndolo oído todo y lo que no, le inventaba una nueva fórmula molida en su molcajete de piedra volcánica. Siendo el primer cliente del día, Don Blas Miraflor, que no solo estaba pasado de dinero sino también en años. “Ayúdeme Aniceto, quiero estar fuerte y vigoroso, usted me entiende” suplicando. “Es que tengo una sobrina, bueno usted ya sabe” casi como confesándose. Aniceto, ya con el entendimiento del problema de la vejez y sus amores dice: “¿Edad?” Don Blas como queriendo adivinar y con mucha pausa dice “uffffffffffff cómooooo” “No, la de su sobrina!” lo corta Aniceto. “Catorce” se le sale a Don Blas. Aniceto responde: “Ya veo” y como reflexionando termina: “Déjeme ver” Y en lo que Aniceto se agacha detrás del mostrador para abrir una pequeña caja de madera con llave, Don Blas voltea hacia atrás y a los lados para ver si no lo oyó alguien. Una vez que se incorpora, Aniceto pone en el mostrador de vidrio sucio, un pequeño frasco de vidrio limpio, con un líquido de color rojizo medio transparente y encontrando a Don Blas ya como sudando de los nervios. “Esto no solo lo va hacer más joven sino también más activo” dice Aniceto en forma prudente. “Se va a tomar medio frasquito el Lunes y la otra mitad el otro Lunes “ Don Blas con la prisa nerviosa dice: “Si, si claro” mientras sacaba su billetera y dejando billetes grandes sin contar en el mostrador. En lo que sale, Don Blas casi se tropieza con Carlos, el siguiente cliente que había estado esperando impaciente en la entrada. En forma abrupta dice: “Quiero que se muera mi suegra” Aniceto, sin preguntar motivo y con una mueca de sonrisa trabada dice: “¿Que sea rápido o lento?” Carlos se queda pensando y responde: “Hijole, no mejor lento, después de todo es la mamá de mi esposa” “Correcto, entonces tráigame un refresco embotellado abierto y sin tomar” ordena. Para cuando regresa, Aniceto sostiene en sus manos una rana verdosa y dice: “por favor ponga el refresco en el mostrador “ mientras sacaba un pequeño embudo acartonado de la bolsa de su pantalón negro. Acto seguido, Aniceto sostiene a la rana arriba del refresco y le pellizca la panza. Por lo que la rana, echa un chisguete de orina que se vierte dentro del refresco de naranja. Y remata: “con dos tragos tiene”. Carlos saca puras monedas y un billete arrugado y dice: “es todo lo que tengo”, a lo que Aniceto compadecido, solo sonríe. El siguiente cliente es Chacho y como siempre ambicioso dice: “Don Aniceto, quiero hablar inglés” y sigue:“pero hay un problema Don Aniceto, y es que no traigo dinero” Aniceto viendo por donde iba la situación dice: “está bien te voy a dar algo para que no digas” A Chacho se le iluminó la cara de lo gratis de la reacción, mientras Aniceto saca un pomo azul del estante y dice: “una cucharada del polvo en agua todos los días, hasta que empieces hablar inglés”. Retirándose el Chacho, entra el último cliente porque ya casi eran las 12. Era el padre Nachito vestido de civil y con una bufanda que le cubría media cara para no ser reconocido. “Dígame padre” dice Aniceto. “Mire Aniceto” y al mismo tiempo poniendo una barra de oro envuelta con un pañuelo morado sobre el mostrador. “Cómo le puedo decir “ inseguro de si mismo. “No se preocupe padre Nachito, que de aquí no sale nada” le asegura Aniceto. El cura como que la piensa y luego voltea para todos lados como lo hizo Don Blas y dice: “Es que quiero vivir para siempre” casi titubeando. Después de una pequeña pausa, Aniceto dice “se me hace que eso va estar muy difícil si no es que imposible padre Nachito” “¿Pero porqué?” el cura incrédulo. “Porque así como se puede ir para delante, se puede ir para atrás y regresar de donde vino” En forma impetuosa el sacerdote dice: “No importa” con tono de resignación. Aniceto en silencio, se retira a la trastienda boticaria y regresa con un cáliz de jade lleno de un líquido grisáceo emanando un vapor frío como de hielo seco. “Este si se lo tiene que tomar aquí padre Nachito” ordena el boticario. Pero intrigado, Aniceto no puede contener su curiosidad y dice: “¿Le puedo preguntar algo padre?” Nachito: “claro” como de prisa. “¿Qué acaso su dios permite estas libertades?” Nacho, que para entonces ya había traspasado todos los límites dogmáticos dice: “nunca!” medio protestando. Aniceto, sin comentario complementario dice: “adelante” El ex cura de facto, obedientemente se toma el contenido gris humeante de un solo trago y rápidamente se retira como si hubiera hecho un pacto con el diablo. Como ya eran las doce, Aniceto cierra su recinto y saca un petate que cuidadosamente coloca en el piso de tierra frente al mostrador, prácticamente en el centro de la botica. Después, coloca ofrendas en cada esquina del cuadrilátero sagrado que apuntaban a los cuatro puntos cardinales y como pidiendo permiso, de nuevo se pone a rezar y se sienta en la parte central con una cazuela de pozole negro. No daba bien a bien el primer trago del cocido, cuando empiezan a tocar la puerta en forma alarmante. “Aniceto por favor ayúdeme” suplicando. Era Doña Pomposa Miraflor buscando a su esposo. “Vaya para con la sobrina” dice Aniceto todavía con la boca llena y queriendo cortar la pAniceto Aniceto dijo un rezo náhuatl antes de abrir su botica temprano en la mañana, no sin antes haberse comido un pan de maíz con una especie de té hervido con hierbas raras. Rito étnico que le abría las puertas de los dioses que representaban las cuatro fuerzas fundamentales. El amor, la venganza, la salud y el dinero. Al abrir las puertas terrenales, se dejaba ver salir el humo y los aromas cocinados en un incendiario de piedra colocado al fondo de la botica y que la llenaba de una fragancia intrigante. Afuera, en el aparador, un burdo letrero decía: “SE ENDEREZA TODO” “Abierto de 8 a 12” “(pago en efectivo, no devoluciones)” “Aniceto V.” En el apretado aparador, apenas se podía observar las otras atracciones comerciales que iban desde cortaúñas hasta brassieres de copa. Pasando por unas añejas prótesis para piernas y brazos colocadas en las esquinas. Lo aromático del recinto, colado con el olor de las pócimas enfrascadas en los estantes, servían para varias cosas. No solo espantaban a los malos espíritus sino también a los perros malos. Esa mañana, la cola era larga y nutrida y llegaba casi hasta la tortillería a la vuelta de la esquina. Cosa que atraía otros niveles para los comensales ,como venta de fritangas y aguas de colores. En la cola había de todo, desde hombres de traje, hasta divorciadas y mujeres con despechos retorcidos. Aniceto el boticario, también ya habiéndolo oído todo y lo que no, le inventaba una nueva fórmula molida en su molcajete de piedra volcánica. Siendo el primer cliente del día, Don Blas Miraflor, que no solo estaba pasado de dinero sino también en años. “Ayúdeme Aniceto, quiero estar fuerte y vigoroso, usted me entiende” suplicando. “Es que tengo una sobrina, bueno usted ya sabe” casi como confesándose. Aniceto, ya con el entendimiento del problema de la vejez y sus amores dice: “¿Edad?” Don Blas como queriendo adivinar y con mucha pausa dice “uffffffffffff cómooooo” “No, la de su sobrina!” lo corta Aniceto. “Catorce” se le sale a Don Blas. Aniceto responde: “Ya veo” y como reflexionando termina: “Déjeme ver” Y en lo que Aniceto se agacha detrás del mostrador para abrir una pequeña caja de madera con llave, Don Blas voltea hacia atrás y a los lados para ver si no lo oyó alguien. Una vez que se incorpora, Aniceto pone en el mostrador de vidrio sucio, un pequeño frasco de vidrio limpio, con un líquido de color rojizo medio transparente y encontrando a Don Blas ya como sudando de los nervios. “Esto no solo lo va hacer más joven sino también más activo” dice Aniceto en forma prudente. “Se va a tomar medio frasquito el Lunes y la otra mitad el otro Lunes “ Don Blas con la prisa nerviosa dice: “Si, si claro” mientras sacaba su billetera y dejando billetes grandes sin contar en el mostrador. En lo que sale, Don Blas casi se tropieza con Carlos, el siguiente cliente que había estado esperando impaciente en la entrada. En forma abrupta dice: “Quiero que se muera mi suegra” Aniceto, sin preguntar motivo y con una mueca de sonrisa trabada dice: “¿Que sea rápido o lento?” Carlos se queda pensando y responde: “Hijole, no mejor lento, después de todo es la mamá de mi esposa” “Correcto, entonces tráigame un refresco embotellado abierto y sin tomar” ordena. Para cuando regresa, Aniceto sostiene en sus manos una rana verdosa y dice: “por favor ponga el refresco en el mostrador “ mientras sacaba un pequeño embudo acartonado de la bolsa de su pantalón negro. Acto seguido, Aniceto sostiene a la rana arriba del refresco y le pellizca la panza. Por lo que la rana, echa un chisguete de orina que se vierte dentro del refresco de naranja. Y remata: “con dos tragos tiene”. Carlos saca puras monedas y un billete arrugado y dice: “es todo lo que tengo”, a lo que Aniceto compadecido, solo sonríe. El siguiente cliente es Chacho y como siempre ambicioso dice: “Don Aniceto, quiero hablar inglés” y sigue:“pero hay un problema Don Aniceto, y es que no traigo dinero” Aniceto viendo por donde iba la situación dice: “está bien te voy a dar algo para que no digas” A Chacho se le iluminó la cara de lo gratis de la reacción, mientras Aniceto saca un pomo azul del estante y dice: “una cucharada del polvo en agua todos los días, hasta que empieces hablar inglés”. Retirándose el Chacho, entra el último cliente porque ya casi eran las 12. Era el padre Nachito vestido de civil y con una bufanda que le cubría media cara para no ser reconocido. “Dígame padre” dice Aniceto. “Mire Aniceto” y al mismo tiempo poniendo una barra de oro envuelta con un pañuelo morado sobre el mostrador. “Cómo le puedo decir “ inseguro de si mismo. “No se preocupe padre Nachito, que de aquí no sale nada” le asegura Aniceto. El cura como que la piensa y luego voltea para todos lados como lo hizo Don Blas y dice: “Es que quiero vivir para siempre” casi titubeando. Después de una pequeña pausa, Aniceto dice “se me hace que eso va estar muy difícil si no es que imposible padre Nachito” “¿Pero porqué?” el cura incrédulo. “Porque así como se puede ir para delante, se puede ir para atrás y regresar de donde vino” En forma impetuosa el sacerdote dice: “No importa” con tono de resignación. Aniceto en silencio, se retira a la trastienda boticaria y regresa con un cáliz de jade lleno de un líquido grisáceo emanando un vapor frío como de hielo seco. “Este si se lo tiene que tomar aquí padre Nachito” ordena el boticario. Pero intrigado, Aniceto no puede contener su curiosidad y dice: “¿Le puedo preguntar algo padre?” Nachito: “claro” como de prisa. “¿Qué acaso su dios permite estas libertades?” Nacho, que para entonces ya había traspasado todos los límites dogmáticos dice: “nunca!” medio protestando. Aniceto, sin comentario complementario dice: “adelante” El ex cura de facto, obedientemente se toma el contenido gris humeante de un solo trago y rápidamente se retira como si hubiera hecho un pacto con el diablo. Como ya eran las doce, Aniceto cierra su recinto y saca un petate que cuidadosamente coloca en el piso de tierra frente al mostrador, prácticamente en el centro de la botica. Después, coloca ofrendas en cada esquina del cuadrilátero sagrado que apuntaban a los cuatro puntos cardinales y como pidiendo permiso, de nuevo se pone a rezar y se sienta en la parte central con una cazuela de pozole negro. No daba bien a bien el primer trago del cocido, cuando empiezan a tocar la puerta en forma alarmante. “Aniceto por favor ayúdeme” suplicando. Era Doña Pomposa Miraflor buscando a su esposo. “Vaya para con la sobrina” dice Aniceto todavía con la boca llena y queriendo cortar la pesquisa. “Ya fui pero hay un niño ahí ,que cada vez que me acerco me dice majaderías y me tira con piedras” Aniceto, haciendo honor a su juramento hechicero dice: “lo siento no lo he visto”. Doña Pomposa se retira desconsolada y Aniceto reflexiona que Don Blas se había tomado todo el líquido rojizo de un solo golpe. Después de unos días, el Chacho se tiene que ir del pueblo pues nada más podía hablar inglés e imposibilitado de regresar a su lengua natal. También se tomó todo el polvo antes de tiempo pensó Aniceto. Seis meses después, a Carlos no solo se le muere la suegra, sino también su esposa por haber compartido el refresco. Y para entonces, tampoco ya nadie había oído hablar de un tal padre Nachito, al que nadie conoció y como que si nunca hubiera nacido. Por eso Aniceto dice: “No quieras abarcar más, de lo poco que puedes apretar” Tlamilistli

esquisa. “Ya fui pero hay un niño ahí ,que cada vez que me acerco me dice majaderías y me tira con piedras” Aniceto, haciendo honor a su juramento hechicero dice: “lo siento no lo he visto”. Doña Pomposa se retira desconsolada y Aniceto reflexiona que Don Blas se había tomado todo el líquido rojizo de un solo golpe. Después de unos días, el Chacho se tiene que ir del pueblo pues nada más podía hablar inglés e imposibilitado de regresar a su lengua natal. También se tomó todo el polvo antes de tiempo pensó Aniceto. Seis meses después, a Carlos no solo se le muere la suegra, sino también su esposa por haber compartido el refresco. Y para entonces, tampoco ya nadie había oído hablar de un tal padre Nachito, al que nadie conoció y como que si nunca hubiera nacido. Por eso Aniceto dice: “No quieras abarcar más, de lo poco que puedes apretar” Tlamilistli


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