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Campañas Adelantas: una irresponsabilidad que desgasta a México

Aug 24
2 min read

Xochitl Patricia Campos López


En medio de un país azotado por la inseguridad, la violencia, la crisis económica y una política internacional cada vez más intervenida y hostil, la clase política mexicana parece estar en una carrera sin freno por los cargos públicos. Los actos adelantados de campaña, presentes en diversas regiones del país, evidencian que la ambición y la resiliencia de nuestros políticos superan incluso los gravísimos desafíos que enfrenta la nación. La pregunta es: ¿hasta qué punto la irresponsabilidad de los actores políticos está poniendo en riesgo el futuro de México?


A pesar del contexto de invasión manifiesta y del intervencionismo abierto por parte de figuras como Donald Trump, los políticos no parecen detenerse. Al contrario, se lanzan a campañas anticipadas que violan los principios de equidad electoral y que, en muchos casos, solo buscan mantener el control del poder y seguir drenando los recursos públicos para asegurar su permanencia y hegemonía oligárquica. La pandemia de actos anticipados evidencia que, en lo que respecta a la clase política, la ética y la ciudadanía son secundarias, mientras la ambición personal y partidista parecen ser las únicas prioridades.


Este fenómeno no es exclusivo de un partido, aunque algunos grupos políticos, como Morena, parecen jugar un papel destacado en esta dinámica. La lógica clientelista, personalista, defraudadora y abusiva sigue vigente, alimentada por una estructura que no respeta los límites ni las reglas del juego democrático. Como en la época de la conquista donde los españoles se perseguían por el poder, los políticos mexicanos se enfrentan en una lucha constante por el control, sin importarles el costo social ni el debilitamiento del Estado. La falta de una ciudadanía activa, consciente y responsable solo facilita que estas prácticas continúen, alimentando la desconfianza y el desencanto social.


El problema es estructural. Después de la alternancia en 2000, México experimentó una apertura política, pero sin una verdadera consolidación institucional. La falta de control federal sobre los gobiernos locales, y la poca capacidad de los órganos electorales para regular con firmeza las campañas anticipadas, han permitido que la competencia por el poder se torne cada vez más violenta y desleal. La narcopolítica, la inseguridad y el clientelismo se mezclan en un cóctel peligroso, que amenaza con desbordarse en violencia política y social.


El escenario de Sinaloa, con su historia de violencia y corrupción, parece ser solo un adelanto de lo que podría ocurrir en todo el país en 2027. La democracia mexicana, lejos de fortalecerse, se ha visto corroída por el fracaso de un Estado que no logra controlar a sus actores políticos ni garantizar una competencia limpia y transparente. La falta de ética y ciudadanía en los actores políticos, que priorizan sus intereses personales sobre el bienestar común, es la causa principal de esta debacle.


Es imperativo que la sociedad exija mayor responsabilidad y ética a quienes aspiran a gobernar. La política no puede ser un juego de ambiciones desmedidas, sino una tarea de servicio y compromiso con la nación. La apatía y la indiferencia solo alimentan un ciclo de corrupción, violencia y desesperanza. México necesita un cambio profundo, donde la ciudadanía tome conciencia de su poder y los políticos entiendan que su responsabilidad va mucho más allá del cargo: es un compromiso con el país y su futuro.

 
 
 

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