Cancelar a Machado
- fermarcs779
- Dec 15, 2025
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Xochitl Patricia Campos López
En el contexto actual de México, la indiferencia del gobierno respecto al reciente reconocimiento internacional, como el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a una opositora venezolana, refleja una postura que, en esencia, se alinea con una lógica de apoyo tácito a los discursos populistas y autoritarios. La ausencia de un pronunciamiento oficial, lejos de ser una simple omisión diplomática, revela una tendencia más profunda: la preferencia por sostener un régimen conservador “Modelo Habsburgo” que, en su afán de consolidar el poder, se asemeja cada vez más a un modelo autoritario feudal conservador que desprecia los valores fundamentales de la democracia liberal.
Este fenómeno no es aislado. La cultura de la pobreza, que ha sido analizada por intelectuales como Mario Vargas Llosa y Loris Zanatta, ha contribuido a la existencia de un anti-liberalismo –en izquierdas y derechas- que se manifiesta en formas autoritarias y en una resistencia a los principios de la modernidad política. La pobreza, en sus diversas manifestaciones, no solo limita las oportunidades materiales, sino que también impone una lógica de dependencia y sometimiento que favorece el populismo y el conservadurismo. En este escenario, la sociedad muchas veces defiende con fervor las gestas populistas, a pesar de que estas impliquen la concentración del poder en personajes conservadores que, en el fondo, representan un retorno a estructuras autoritarias y anti-liberales.
El régimen que actualmente lidera Morena en México parece consolidarse en esa misma línea. Lejos de promover una auténtica modernización del país, su política ha sido marcada por la resistencia al cambio, por la negativa a reformar las instituciones y por la tendencia a fortalecer un discurso que, en nombre de la justicia social, termina por consolidar un sistema feudal de control y manipulación. La narrativa populista, que presenta a los líderes como héroes de la nación, oculta la realidad de que el poder se encuentra en manos de una élite que, bajo una apariencia de transformación, perpetúa estructuras conservadoras y autoritarias.
Esta situación plantea una necesidad impostergable: delimitar y redefinir la posición de México frente a los Estados Unidos y, en mayor escala, frente a la cultura occidental. La relación con Estados Unidos, en particular, requiere un enfoque estratégico que no implique una sumisión acrítica, sino una autonomía que permita al país decidir su propio camino de desarrollo, sin renunciar a su identidad cultural y a su historia. La modernidad, en este sentido, no puede ser vista como un proceso lineal ni homogéneo; debe ser un proceso que considere las particularidades de cada nación, incluyendo sus raíces culturales y sus desafíos sociales.
Es fundamental que México adopte una opción clara frente a la cultura occidental, que no signifique una negación de su historia, sino una relectura que permita incorporar elementos de autonomía, justicia social y soberanía. La historia de resistencia y de lucha por la libertad debe guiar un camino que priorice la democratización real, la
participación activa y la protección de los derechos humanos. La consolidación de un régimen autoritario, que se viste con las formas de la democracia, representa un riesgo para la estabilidad y el futuro del país.
En definitiva, México enfrenta un momento crítico donde la resistencia cultural, la manipulación política y la falta de una visión modernizadora están poniendo en jaque su proceso de democratización y modernización. Es imperativo que la sociedad civil, los intelectuales y los líderes políticos trabajen en la construcción de un proyecto que priorice el fortalecimiento de las instituciones, la educación y el respeto a la pluralidad. Solo así podrá el país avanzar hacia un futuro en el que la verdadera libertad y soberanía sean los pilares de su destino.






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