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Carlos

  • Mar 8
  • 4 min read

Samuel Schmidt

Shalom, fue lo primero que me dijo, cuando se me acercó después de yo haber sido presentado en un desayuno de menudo en un café en el sur de El Paso, TX. Ahí se daban cita todas las semanas un grupo diverso de gente de “izquierda”, muchos de ellos jóvenes.

Con el tiempo ese shalom se convirtió en una sólida amistad y colaboración. En el hospital la enfermera me preguntó que yo quién era y le dije que su hermano, y bromeamos a ver quién era mayor. Ella no sabía la estatura humanitaria, intelectual y profesional de Carlos.

Cuando nos conocimos, Carlos Spector era abogado de migración y yo era director del Centro de Estudios Inter americanos y fronterizos de la Universidad de Texas en El Paso.

El me invitó a ser testigo experto en casos de asilo político o para frenar la deportación de mexicanos. Tuvimos grandes éxitos gracias a su habilidad para manejar condiciones adversas, como la agresividad de fiscales y jueces migratorios, y su capacidad para entender los recovecos de la ley y las circunstancias concretas de cada caso. Así la brillantez legal combinada con el manejo inteligente de las condiciones políticas, lo llevó a ser el abogado de ganó el mayor número de casos de asilo político para mexicanos.

Cuando las condiciones no existían, él las creaba. “El asilo politico es un tema político”, me dijo cuando apoyó la creación del grupo Mexicanos en Exilio, organización que le dio voz y presencia a los perseguidos por el crimen asociado al poder político y el poder que tenía una declaración a la prensa o un registro público.

Carlos entendió bien que los jueces de migración respondían a consignas políticas, expresadas en un rechazo del 98% de las solicitudes, pero también eran gente poco educada.

“El juez me preguntó que si Chihuahua era la capital de Ciudad Juárez”.

Entonces desarrollamos y publicamos la categoría de “crimen autorizado”, para que los jueces entendieran que la relación del crimen con las policías era un fenómeno político, y por lo tanto debía caber en las particularidades del asilo político. Esto logró varias sentencias favorables.

Nuestra relación de trabajo/Amistad se complementaba, el hacía el trabajo legal y yo el análisis político. Él estaba muy al tanto de lo que sucedía en México, pero necesitaba darle forma teórica.

Carlos representaba la esencia del derecho humanista politizado.

Muchos de los casos que defendió lo hizo pro bono, inclusive llegó a cubrir los gastos de muchos de ellos. En una reunión con un bufete, hablando de un caso que Carlos hacia pro bono, un abogado dijo que ellos cobraban 100,000 dólares.

La fuerza de su propuesta es que educaba a sus representados para que politizaran sus casos, que hablaran, que levantaran la voz. Que se volvieran cuadros políticos, aún y cuando habían huido de sus países por miedo, debían superar el miedo, levantar la voz contra quién los expulsó y para el que pedían protección y asilo.

Carlos estuvo influido por la experiencia de su padre y sus amigos, que en Idish contaban la historia del holocausto. En su biblioteca hay mucho material sobre los nazis y el sufrimiento que le impusieron a los judíos. Mientras que simultáneamente, contaba la historia de su familia en el norte chihuahuense, a la que asistió cuando los criminales asolaron Guadalupe, ciudad que muchos tuvieron que abandonar moviéndose hacia El Paso. Dos historias, dos tragedias.

Carlos tuvo que pedir ayuda cuando los criminales lo empezaron a hostigar, recurrió al FBI y asumió medidas de protección.

Cuando escribimos el libro Crimen autorizado, reconocimos que dos principios judíos guiaron nuestro trabajo, pero inspiraron su carrera: La tzdaka, que se puede traducir como hacer el bien sin buscar una recompensa. Y Tikun olam, arreglar al mundo, que rescata la enseñanza ética de la mishna, “el que salva una vida, salva el mundo entero”, Carlos salvó muchas vidas y muchos mundos, recuperó el valor talmúdico del valor infinito de cada individuo.

Cuando le detectaron el cáncer, me dijo: “el cáncer ha logrado lo que no ha podido hacer la migra, no me deja hablar”.

Desde su cama de enfermo, Carlos seguía preocupándose por ese mundo de injusticias, que tercamente quería arreglar. Le conté que estaba leyendo un libro sobre los científicos nazis que Estados Unidos importó (1,600) para reforzar su proyecto del espacio y militar, sonrió y aplaudio, el por supuesto había leído otro de los libros sobre el tema.

Su interés no era simplemente intelectual, sabía que estudiando el totalitarismo asesino de los nazis, que se alimentó del racismo estadounidense, tendría elementos para luchar en las cortes, contra un anti mexicanismo cada día más grave, que el NUNCA JAMÁS del holocausto, debía extenderse a otros pueblos, a los migrantes expulsados por la intolerancia, el racismo, la violencia. A eso dedicó una buena parte de su vida y aunque duele despedir a un hermano, a un gran hombre, nos deja la lección de que hay que seguir luchando contra la injusticia y la discriminación

Adiós mi hermano.

@shmil50

 
 
 

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