Cuando el T-MEC sustituye a la estrategia
- Jan 20
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Félix Estrada
La reunión con economistas titulada “fortaleza económica” no fue un ejercicio de análisis ni un espacio de deliberación. Fue una operación política de encuadre. En un país que acumula siete años sin crecimiento, llamar fortaleza al estancamiento no es optimismo: es resignación presentada como logro. No se informó de diagnósticos, no se habló de causas, no se conocieron alternativas. No hubo agenda ni conclusiones. Hubo una fotografía. Y la fotografía fue el mensaje.
Como advertía Jesús Reyes Heroles, la forma es fondo. Y aquí la forma lo dice todo. Del lado derecho de la presidenta se acomodaron los funcionarios federales, con el secretario de Economía en el lugar estelar, incluso por delante del secretario de Hacienda. Del lado izquierdo, la directora de la Facultad de Economía de la UNAM ocupó la posición central, mientras que, más atrás pero claramente visible, apareció Rosaura Ruiz, figura encargada de articular políticamente al gobierno federal con la universidad. La escenografía no fue casual: fue un mapa del poder económico real.
La imagen dejó claro quién conduce y quién legitima. Hacienda no es el eje de la política económica ni existe un gabinete deliberando opciones. El centro de gravedad está en la Secretaría de Economía y en el grupo político que la controla. Ese mismo grupo concentra hoy la negociación más relevante del sexenio: el futuro del T-MEC. En los hechos, ahí se decide la política económica. El resto acompaña.
Conviene decirlo sin rodeos: en ningún momento se afirmó que en la reunión se hubiera discutido algo. No fue presentada como un espacio de debate, sino como un acto de acompañamiento técnico. No se debatió; se escenificó. Y esa precisión es clave. La función del encuentro no fue pensar cómo salir del estancamiento, sino producir una imagen de respaldo académico a una estrategia ya definida.
Esa estrategia es simple y brutal en su reducción: conservar el T-MEC a como dé lugar. No como parte de un proyecto de desarrollo más amplio, sino como sustituto de él. La negociación del tratado dejó de ser un instrumento dentro de una estrategia nacional para convertirse en la estrategia misma. Todo lo demás —la retórica de la fortaleza, el acompañamiento académico, la administración cuidadosa del discurso— gira alrededor de ese objetivo único.
El problema es que, fuera de ese eje, no existe política económica productiva alguna. No hay política industrial, no hay política agrícola, no hay política minera, no hay una política energética entendida como proyecto de transformación productiva, ni una estrategia coherente de desarrollo regional. No se están construyendo capacidades, no se están definiendo sectores prioritarios, no se están generando encadenamientos productivos. Lo que existe es administración de inercias y gestión de restricciones.
No se trata, entonces, de una carencia sectorial, sino de un vacío estructural: la ausencia de una estrategia nacional de desarrollo que articule producción, territorio, Estado y soberanía. En ese vacío, el tratado comercial ocupa el lugar de la política económica y la estabilidad sustituye al proyecto.
La continuidad del T-MEC será presentada, previsiblemente, como una victoria. Se dirá que México resistió presiones, que preservó el acceso al mercado estadounidense y que evitó una ruptura riesgosa. Pero se ocultará el costo. Mantener el tratado implica aceptar restricciones crecientes a la política industrial, a las compras públicas, al contenido nacional, a la regulación energética y al margen de maniobra del Estado. No es un tecnicismo legal: es una renuncia estructural a instrumentos de desarrollo en una economía que no crece y que, además, carece de políticas productivas propias.
El encuentro con economistas no abordó por qué México lleva siete años estancado ni qué tipo de transformación productiva permitiría revertir esa trayectoria. No se habló de industrialización, de soberanía alimentaria, de aprovechamiento estratégico de los recursos minerales, de innovación tecnológica ni de reconstrucción del mercado interno. No porque esos temas sean secundarios, sino porque no forman parte de la agenda real. La economía ya no se discute: se administra.
La UNAM no apareció como espacio crítico, sino como aval simbólico. Rosaura Ruiz operó como bisagra política. El secretario de Economía concentró la conducción real. El resto del gabinete acompañó en silencio. El pluralismo fue aparente. El mensaje fue inequívoco: no hay alternativas sobre la mesa.
Desde una perspectiva geopolítica, insistir en el T-MEC como eje casi exclusivo de la estrategia económica equivale a entregar el arma con la que Estados Unidos está cortando la carne de México. No es una metáfora exagerada: basta observar la amenaza trumpista lanzada apenas ayer para recordar que el tratado no es un escudo, sino un instrumento de presión permanente. Cada episodio confirma lo mismo: la asimetría no se negocia, se ejerce. Apostarlo todo a su continuidad no reduce el riesgo; lo concentra.
Lo verdaderamente inquietante es que esta dependencia ya no se presenta siquiera como dilema, sino como destino. No se mira a ningún otro lado porque no se quiere mirar. La relación se ha vuelto exclusiva, cerrada, casi obsesiva. México no diversifica, no construye alternativas, no ensaya salidas: permanece fiel a una sola relación, incluso cuando esa relación opera abiertamente contra sus márgenes de soberanía. En ese sentido, la política económica deja de ser estrategia y se convierte en hábito, y el país queda atrapado en una lógica cercana a lo sadomasoquista: aceptar el daño como precio de la estabilidad. El problema no es sólo que el T-MEC limite el desarrollo; es que se haya renunciado a imaginar cualquier otra cosa.


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