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De la Sierra Morena, bajando como Castro y Fraga

  • fermarcs779
  • Aug 3
  • 3 min read

Diego Martín Velázquez Caballero


La manifiesta ruptura de la coalición dominante en la Cuarta Transformación y la salida del lopezobradorismo hacia el Viejo Mundo, particularmente España, resuena un eco que no es ni de la Revolución, ni de los pueblos originarios, ni del liberalismo de Juárez. Es el eco de la "patria del criollo", que Severo Martínez dejó plasmado en tinta y que hoy, con una ironía aplastante, parece ser la verdadera hoja de ruta de la izquierda nacional progresista. Martínez nos enseñó que la patria no fue forjada por el mestizo, ni por el indígena, sino por la minoría criolla que, aferrada a su herencia española y a sus privilegios coloniales, construyó una nación para sí misma, sobre las espaldas de los de abajo.

La relación entre Fidel Castro y Manuel Fraga en la parte final de la Guerra Fría es un caso de "realpolitik" y, al mismo tiempo, de la conexión criolla hispanista. Fraga y Castro, a pesar de estar en lados opuestos del espectro político (el conservadurismo español posfranquista y el comunismo cubano), compartían

la defensa de la hispanidad. A pesar de ser un líder comunista, Fidel Castro era un ferviente defensor del legado español en América Latina. Para él, la identidad cubana era una "maravillosa mezcla de españoles, indios y africanos". A diferencia de la corriente indigenista de otros movimientos de izquierda en la región, Castro veía el mestizaje y el legado español como elementos centrales de la identidad nacional, una herencia a defender. Esta postura, que se mantuvo firme incluso en la época de mayor auge del "Día de la Resistencia Indígena", le conectaba directamente con la visión hispanista de la derecha española, que también defendía el legado y la cultura de España en el mundo.

Loris Zanatta, en su obra "Fidel Castro, el último rey católico", establece su figura como un líder defensor de la moral y la tradición, un "rey" que se legitima a través de la tradición y la moralidad católica, vista como una manifestación de la persistencia de la herencia colonial en la política contemporánea.

Marcos Roitman critica la falta de una identidad ideológica auténtica en América Latina. La élite política y cultural de la región se ha convertido en "cipayos" de su propia identidad, priorizando la conexión con la "madre patria" española sobre la construcción de un proyecto político genuinamente latinoamericano.

La presencia de Beatriz Gutiérrez Mueller en la Madre Patria, legitimada por el círculo intelectual y académico que, ahora, no sabe donde meter su radicalismo; detona la falta de claridad sobre la identidad propia y una tendencia a refugiarse en la antigua metrópoli iberoamericana.

El lopezobradorismo y la Cuarta Transformación, al final, no buscaban la utopía marxista, sino la reafirmación de una cosmovisión hispana, autocrática y paternalista, donde el caudillo se erige como el defensor de la moral y la tradición, un "rey" que custodia la "madre patria" frente a los males del mundo.

El lopezobradorismo está cometiendo la misma claudicación que criticó Roitman en Fraga y Castro, se está comportando como un "cipayo" de su propia identidad, un "criollo" que, al no poder construir un proyecto verdaderamente mexicano, mejor se entrega a la vida señorial española. La verdadera "huída a España" no es la del exilio político, sino la ideológica. Es la de los funcionarios y la intelectualidad de la 4T que, al no poder generar un modelo propio, su incompetencia populista les obliga al colonialismo interno.

La ruptura del lopezobradorismo y el transfuguismo pragmático desbordan la Cuarta Transformación. Al final, los gachupines que Roitman denuncia no son los que vienen de afuera, sino los que se han enraizado en el pensamiento de quienes, en su supuesta lucha, no han podido escapar de la "patria del criollo" ni del cetro de su propio "rey católico"

 
 
 

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