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Demagogia

Samuel Schmidt

Hay gente que se toma a pecho las ofertas de los candidatos, tal vez pensando que lo que se promete al calor de las campañas debe realizarse y cumplirse forzosamente como si estuvieran inscritas en la piedra y eso que los 10 mandamientos es una metáfora.

Hay que considerar que las circunstancias cambian entre la campaña y la llegada al poder, ya sea porque quién ganó la elección descubre elementos que estaban ocultos por el gobierno anterior, como por ejemplo, cuándo Salinas ocultó la fragilidad financiera del país para que el torpe de Zedillo manejara mal su política monetaria propiciando una crisis financiera mayor ampliada por el abuso de las élites y que profundizó el empobrecimiento de la sociedad; porque el gobernante encuentra barreras propias de la gestión del gobierno, como por ejemplo las resistencias de la burocracia e inclusive la corrupción gubernamental; o considerar factores de presión que inhiben o dificultan el cumplimiento de las promesas, como por ejemplo, trabas o dificultades que llegan del exterior, como la inestabilidad económica o los esfuerzos de la OPEP por aumentar el precio del petróleo que han forzado presiones inflacionarias en todo el mundo, o el sabotaje de la oligarquía para escamotearle recursos al Estado por medio de la evasión de impuestos y la fuga de capitales.

Entre las promesas se encuentra la demagogia que consiste en la promesa que hace un político sabiendo de antemano que no podrá cumplir, y aunque todos los políticos tienen algo de demagogo, no se puede sostener que la demagogia sea la regla de comportamiento. Siempre hay que recordar que prometer no empobrece y muchos se contentan con que se acuerden de ellos aunque les mientan o sepan que no les van a cumplir.

Los políticos saben que la memoria es corta. La gente oye y muchas veces no escucha, y otras veces no presta atención. Llega un candidato, promete que va a pavimentar las calles, y uno ruega que ojalá empiece por la colonia o la calle propia. Un candidato promete que bajará el precio de la gasolina y se le viene una pandemia y el deseo de la OPEP de ampliar sus ganancias. Y resulta que la colonia no fue agraciada con la pavimentación y el precio de la gasolina no baja y aquellos con buena memoria se enfurecen y sostienen que el político miente, y si mintió con la gasolina miente en todo. Compleja es la forma de pensar y el pensamiento camina por rumbos inesperados.

Un candidato a la presidencia de Uruguay prometió que construiría de bajada todas las calles en una vía central para ahorrar gasolina, y también prometió que en cada esquina habría canillas de donde saldría café con leche. Dos propuestas ingeniosas y divertidas que seguramente fueron celebradas mientras que nadie le hubiera exigido que las cumpliera en caso de ganar la elección. ¿Acaso hay que tomarse las propuestas de los candidatos con un grano de sal?, o ¿el café saldría con azúcar?

Esta discusión nos pone ante una situación peculiar. ¿Qué tanto debemos creerle a los políticos?, si es que les vamos a creer. ¿Qué tanto debemos tomarnos en serio las promesas de los políticos? Lo sensible de la pregunta es que no parece haber consecuencia en caso de que los políticos no cumplan con sus promesas, ya sea porque las condiciones cambiaron, porque descubrieron la realidad o porque son demagogos. Aún más, parece no haber consecuencia cuando los políticos promueven causas que no incluyeron en sus campañas. Y siguiendo con esta línea, parece no haber consecuencia para los políticos que se cambian de carreta a medio camino, chapulineo le dicen. En otras palabras, los políticos parecen gozar de gracia e impunidad para hacer prácticamente lo que les venga en gana, más allá de lo que prometen.

Pienso que tal vez podríamos perdonarles las promesas a cambio de exigirles congruencia, aunque entiendo que cumplir es parte de la congruencia.

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