Desalinear para alinearse y alienarse
- Apr 19
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Xochitl Patricia Campos López
La historia de América Latina se despliega como un eterno retorno donde la retórica del porvenir sirve para encubrir la parálisis del presente. La asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a la cumbre de líderes progresistas en España no es, en esencia, un evento de innovación diplomática, sino una pieza más de ese rompecabezas de nostalgias que los autores del Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano describirían como el Deja Vú del subprogresismo. Nos encontramos ante una escenificación que evoca irremediablemente al Movimiento de los Países No Alineados de la era de Luis Echeverría y José López Portillo, donde el gigantismo de las intenciones ocultaba la fragilidad de las estructuras económicas. Al igual que en los años setenta, la izquierda actual parece convencida de que la solidaridad ideológica y el activismo en foros internacionales pueden sustituir la ardua tarea de la gobernanza eficaz y la creación de riqueza real.
Mientras organizaciones como el Grupo de Puebla o los Modelos de Porto Alegre predican una suerte de justicia social financiada con deuda o rentismo, los resultados, como bien advierte Santiago Levy, terminan empedrando un camino al infierno pavimentado con buenas intenciones. Se ignora deliberadamente que el Estado no es un ente mágico, sino una organización que debe ajustarse a la cruda realidad de los medios y los fines.
El caso de Israel resulta aquí una lección humillante por contraste: una nación que en la Guerra Fría compartía etiquetas de precariedad con el llamado Tercer Mundo y que, a través de la disciplina, el desarrollo tecnológico y un sentido pragmático de la supervivencia, se transformó en una potencia media. Mientras tanto, el bloque latinoamericano sigue atrapado en la estructura del modelo Habsburgo: una burocracia patrimonialista, rentista y profundamente corrupta que utiliza el discurso populista para administrar el gasto corriente mientras sus países se desangran en violencia y falta de inversión.
La tragedia de este nuevo progresismo es su incapacidad para reconocer que la democracia y el mercado no son enemigos de la sociedad, sino sus mejores censores. Como señalaba Samuel Ramos, existe en el espíritu mexicano, y por extensión en el latinoamericano, una desconexión patológica entre la intención y el medio; se sueña con el desarrollo pero se aborrece el sacrificio de la programación técnica y la transparencia. Esta izquierda, que hoy se autodenomina purista, cae en la misma incompetencia que llevó a México a la cirugía a corazón abierto del neoliberalismo sin anestesia en los ochenta. El riesgo hoy es mayor, Donald Trump es peor que los dos George Bush y amenaza seriamente con intervenciones militares. Al final, las cumbres progresistas son solo bálsamos para el ego de caudillos que se niegan a aceptar que un Estado digno se construye con honestidad, legalidad y eficacia, no con peregrinaciones diplomáticas que solo sirven para administrar el fracaso de sus políticas públicas ante la mirada atónita de una sociedad que espera soluciones y recibe, una vez más, solo palabras.


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