Disentir dentro de la 4T tiene costo
- Apr 13
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Félix Estrada
En México, disentir tiene costo, pero hoy ese costo se paga sobre todo cuando el desacuerdo ocurre dentro del propio proyecto que se presentó como espacio de pluralidad: la llamada Cuarta Transformación. La diferencia de opinión dejó de ser parte del debate interno y pasó a ser un problema que se corrige. Se tolera mientras no incomode, pero cuando lo hace, la respuesta deja de ser política o intelectual y se vuelve expulsiva. No se discute ni se procesa, se resuelve desplazando a quien estorba y dejando claro, sin ambigüedades, hasta dónde llega lo decible.
Los casos de Marx Estrada y José Romero no son episodios aislados ni decisiones administrativas. Son la evidencia de un mecanismo que ya opera sin disfraz: quien no se alinea, se va. No importa la trayectoria ni el papel que hayan jugado en la construcción del proyecto, ni la cercanía previa con su núcleo ideológico. Lo que importa es que hoy resultan incómodos para una conducción que ya no admite fricción interna. No son excepciones, son advertencia, y esa advertencia está dirigida a todos los que aún creen que la discrepancia puede sostenerse sin costo dentro del propio proyecto.
Para entender lo que está ocurriendo hay que distinguir dos planos que operan al mismo tiempo. El primero es menor en escala, pero revelador en su lógica. La reaparición de Gerardo Esquivel —quien en su momento fue desplazado del propio lopezobradorismo— y su reposicionamiento desde el cual califica como “desfasados” a estos perfiles no es una simple opinión técnica. Es una toma de posición desde el poder. Su llegada como consejero del Centro de Investigación y Docencia Económicas no solo confirma su lugar en esta etapa, también lo coloca entre quienes hoy delimitan quién cabe y quién sobra. Su crítica no describe el cambio, lo legitima y lo ordena.
El segundo plano es el decisivo y no se limita a casos individuales, sino que revela un reemplazo sistemático dentro del aparato público. Se está desplazando a perfiles formados en la lógica política del lopezobradorismo y, en su lugar, se están incorporando cuadros con otra formación, muchas veces egresados del ITAM o de universidades del extranjero, que llegan a posiciones de poder con una lógica distinta. No es rotación ni ajuste técnico, es sustitución con dirección, y esa sustitución redefine el sentido mismo de la acción pública y del propio proyecto.
Esa nueva conducción ya no necesita explicarse porque se ve en los hechos. El manejo de la economía responde abiertamente a criterios clásicos de estabilidad macroeconómica, la política se subordina a la inversión extranjera directa como eje, se buscan señales de confianza en los grandes centros financieros y se normalizan encuentros con actores como BlackRock. Al mismo tiempo, desde el propio discurso de funcionarios económicos se desprecia cualquier noción de planificación o de plan como si fuera un rezago ideológico. No son matices ni ajustes graduales, son decisiones que reinstalan una lógica de mercado en el centro de la conducción económica.
Aquí es donde el lenguaje moderado deja de ser suficiente. Esto no es una reconfiguración ni una evolución natural del proyecto, es el abandono de sus premisas centrales y su reemplazo por otra lógica. Se mantiene la retórica de transformación, pero se gobierna con criterios que se parecen demasiado a los que se prometió desmontar. Lo que antes se presentaba como ruptura hoy se administra como continuidad, y lo que antes era convicción hoy se vuelve obstáculo.
Por eso el argumento de que ciertos perfiles están “desfasados” no es inocente. No describe el tiempo político, lo impone. Declara obsoletos a quienes encarnan el proyecto original para justificar su desplazamiento y abrir paso a una conducción que ya no responde a esas premisas. No es diagnóstico, es criterio de exclusión, y funciona como mecanismo para ordenar el nuevo poder sin necesidad de confrontarlo abiertamente.
La pregunta de fondo es inevitable: más allá del discurso, ¿en qué se diferencia realmente este régimen de los gobiernos de Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto o Vicente Fox? Si se observa cómo se ejerce el poder, la respuesta es incómoda porque es evidente. Cambian los símbolos, cambian los adversarios y cambia el lenguaje, pero se repite lo esencial: concentración de decisiones, reducción del disenso y una política económica que ya no responde a una lógica de transformación, sino a una lógica de mercado.
Lo que se prometió transformar no fue derrotado por la oposición, fue reemplazado desde dentro del propio proyecto. Y para que ese reemplazo pudiera consolidarse, primero hubo que hacer a un lado a quienes todavía creían en él.


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