Edad Media y Sacralismo Civil
- Apr 6
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Diego Martín Velázquez Caballero
A poco más de un siglo de que los campos de México se tiñeran con la sangre de la Guerra Cristera, el paisaje espiritual y político de la nación atraviesa una metamorfosis que la jerarquía católica parece incapaz de decodificar. Mientras los ecos de las campanas de 1926 resuenan en una nostalgia estéril para algunos sectores del nacionalismo católico hispanista, la realidad fáctica del México contemporáneo se desliza hacia un nuevo sincretismo que ha dejado a la Iglesia de Roma en una periferia de su propia invención. El fenómeno de la Cuarta Transformación, lejos de representar una reedición del jacobinismo de Plutarco Elías Calles o una insurgencia masónica, constituye la consolidación de un sacralismo civil que ha sabido interpretar las carencias de una población que supera los sesenta millones de pobres, quienes, ante el abandono del pastor, han buscado refugio en nuevos rediles.
El Papa Francisco, durante su visita a México en 2016, fue profético al advertir a los obispos sobre la urgencia de oler a borrego y la necesidad imperante de apearse de los carros faraónicos. Aquella crítica, que resonó en las naves de la Catedral Metropolitana, no era una sugerencia estética, sino un diagnóstico de supervivencia institucional. La alta clerecía mexicana, históricamente apegada a los círculos del poder y beneficiaria de un maridaje con las élites económicas, ha permitido que el tejido social se desgarre, dejando un vacío que hoy ocupan con éxito el pentecostalismo, el evangelismo y organizaciones de controvertida estructura como La Luz del Mundo. Los datos del Censo de Población y Vivienda de las últimas décadas confirman una tendencia irreversible: la población no católica en México ya ronda los 20 millones de personas, una fuerza demográfica y electoral que ha comenzado a articularse en brazos políticos que replican experiencias exitosas de la derecha religiosa en Brasil o Centroamérica.
Esta nueva guerra religiosa no se libra con fusiles en los cerros, sino en la gestión de la esperanza y la administración de la pobreza. La Cuarta Transformación ha edificado un populismo de corte religioso que no es anticlerical, sino profundamente para-religioso. Al utilizar un lenguaje de purificación moral, amor al prójimo y redención social, el actual régimen ha logrado una conexión emocional que la Iglesia Católica perdió al burocratizar la fe. A diferencia del Estado laico agresivo del siglo pasado, el actual aparato estatal abraza una religiosidad popular que se entrelaza con la teología de la prosperidad y la mística del pueblo elegido. En este escenario, el catolicismo mexicano presenta déficits severos de legitimidad y eficacia; su estructura de ministros es insuficiente para atender a una población que crece en las periferias urbanas y en las comunidades rurales más aisladas.
El abandono se extiende incluso más allá de las fronteras. La religiosidad de los casi 50 millones de migrantes y descendientes de mexicanos en Estados Unidos es un territorio donde la jerarquía mexicana brilla por su ausencia. Aislados tanto por un catolicismo norteamericano que a menudo les resulta ajeno como por una jerarquía de origen que solo les recuerda en las remesas, estos millones de almas se vuelven terreno fértil para denominaciones que les ofrecen comunidad, identidad y una ética de supervivencia que el catolicismo tradicional, ensimismado en su hispanismo nostálgico y a veces con tintes franquistas, desprecia por considerarlo vulgar o falto de tradición. Este nacionalismo católico de élite simplemente no comprende que el México de la posguerra fría ha mutado bajo el impacto de un neoliberalismo corruptor que atomizó a la sociedad, dejando al individuo a merced de quien le ofrezca no solo el pan, sino un sentido de pertenencia.
El electorado mexicano, históricamente pragmático y cercano al clientelismo, no vota por abstracciones liberales, sino por el apoyo estatal y la despensa, elementos que hoy se presentan bajo una esencia de santidad política. Morena ha retomado el corporativismo que el PRI perfeccionó, pero lo ha dotado de un alma cristiana heterodoxa. La pregunta que surge ante este panorama es si estos nuevos credos, con su mezcla de teología de la pobreza y movilización populista, tienen la capacidad de sacar a México de su persistente Edad Media social o si simplemente están cambiando un dogma por otro. La Iglesia Católica tiene el reto institucional de reformular su catolicismo social, de limpiar sus estructuras de la corrupción que el Papa denunció y de recuperar una influencia ética que no dependa del favor del gobernante en turno.
La competencia política que se avecina estará marcada por esta guerra cultural de baja intensidad donde la legitimidad se ganará en la proximidad con el marginado. Si la Iglesia Católica persiste en su distanciamiento y en su desprecio por las nuevas formas de religiosidad popular, terminará por ser un actor testimonial en un país que ha decidido buscar su salvación en otros altares. El sacralismo civil de la Cuarta Transformación ha demostrado que el poder en México se construye en la intersección de la fe y la necesidad. Mientras la alta jerarquía no aprenda a caminar nuevamente entre el polvo de las barriadas, el vacío seguirá siendo llenado por una nueva clase política que ha entendido que, en México, para gobernar el cuerpo, primero hay que reclamar el espíritu del pueblo.


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