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El antisionismo mexicano: arriba y adelante

  • Jul 13
  • 4 min read

Diego Martín Velázquez Caballero


El concepto de sionismo cristiano ha comenzado a ocupar un lugar relevante en el debate público a raíz de la guerra entre Israel, Hamás e Irán. Aunque para muchos resulta un fenómeno desconocido, se trata de una corriente religiosa y política con profundas raíces en el evangelicalismo estadounidense. Sus seguidores interpretan literalmente determinadas profecías bíblicas y consideran que la existencia y fortalecimiento del Estado de Israel forman parte del cumplimiento del plan divino previo al retorno del Cristo histórico. Esta corriente ha ejercido una influencia significativa sobre sectores del Partido Republicano y constituye una parte importante de la base electoral de Donald Trump.


En este punto, analistas como Bernardo Barranco y Roberto O´Farrill, aciertan al señalar que el sionismo cristiano constituye un actor político real y que algunos de sus representantes mantienen posiciones claramente belicistas respecto al Medio Oriente. También es correcto afirmar que diversas organizaciones evangélicas estadounidenses han impulsado una visión teológica que identifica el respaldo incondicional a Israel con un deber religioso. Negar la existencia de este fenómeno sería desconocer una realidad ampliamente estudiada por la ciencia política y la sociología de la religión.


¿Por qué es tan importante el antisionismo en la política mexicana? El antisionismo que hoy comparten ciertos sectores de la izquierda y la derecha puede entenderse menos como una consecuencia directa del conflicto en Oriente Medio y más como un nuevo lenguaje para expresar viejas tradiciones de pensamiento político mexicano: el antiliberalismo, el corporativismo, la búsqueda de un enemigo cohesionador y la desconfianza hacia el pluralismo; pero, sobre todo, la defensa a ultranza del populismo católico.


Sin embargo, el problema aparece cuando esta realidad termina convirtiéndose en una explicación total de la política internacional. La guerra en Medio Oriente no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre fundamentalismos religiosos. También intervienen factores estratégicos, energéticos, militares, tecnológicos y geopolíticos que involucran a Estados Unidos, Irán, Rusia, China, Turquía y las monarquías del Golfo. Reducir toda la política exterior estadounidense al sionismo cristiano o a la influencia israelí resulta tan simplificador como explicar la Guerra Fría únicamente por el anticomunismo religioso.


En México ocurre un fenómeno particularmente interesante. La guerra en Gaza ha servido como punto de convergencia entre sectores de la extrema izquierda y la extrema derecha que históricamente fueron adversarios. Ambos comparten ahora una crítica al liberalismo, la globalización, las instituciones multilaterales y, en muchos casos, a la democracia liberal. Aunque llegan desde tradiciones ideológicas distintas, terminan compartiendo una narrativa que identifica la existencia de una élite global responsable de las principales crisis contemporáneas. Izquierda y derecha en México tienen una convergencia discursiva de ciertos extremos ideológicos alrededor de un lenguaje común de antiélite, antiglobalización y, en muchos casos, antisionismo.


En ese contexto, el antisionismo se convierte con frecuencia en un lenguaje común. Para una parte de la izquierda representa una crítica al colonialismo, al capitalismo global y a la política exterior estadounidense. Para determinados sectores de la derecha católica, el antisionismo incorpora elementos históricos del antisemitismo teológico europeo, así como una crítica al liberalismo moderno y a la secularización. Ambas tradiciones utilizan conceptos semejantes, aunque por razones distintas. Sus diagnósticos ofrecen una explicación única para problemas extremadamente complejos: una élite transnacional, el globalismo, los organismos internacionales, los grandes capitales financieros o determinados grupos de presión serían los responsables últimos de las transformaciones del orden mundial. El éxito de estas narrativas radica precisamente en su capacidad para ofrecer una respuesta sencilla a procesos extraordinariamente complejos.


Criticar al gobierno de Israel, cuestionar la ocupación de territorios palestinos o rechazar determinadas políticas de Benjamín Netanyahu constituye una posición política perfectamente legítima. Lo mismo ocurre con el análisis crítico de organizaciones de presión como AIPAC o de corrientes religiosas como el sionismo cristiano. Pero otra cosa muy distinta es trasladar esa crítica hacia los judíos como colectividad o atribuir a una comunidad religiosa una capacidad coordinada para controlar la política internacional. Ese salto transforma una crítica política en una generalización étnica que reproduce viejos estereotipos antisemitas.


La historia europea demuestra que el antisemitismo rara vez depende de la presencia real de comunidades judías. Con frecuencia funciona como un mecanismo simbólico mediante el cual una sociedad proyecta sobre un enemigo imaginario sus frustraciones políticas, económicas y culturales. América Latina no ha sido ajena a ese fenómeno. En países donde la población judía representa una proporción muy pequeña de la sociedad, el judío ha operado muchas veces como una figura abstracta utilizada para explicar conspiraciones, crisis económicas o procesos de modernización considerados amenazantes.


México presenta además una particularidad histórica. Su cultura política ha estado marcada por una fuerte tradición corporativa católica y por una búsqueda constante de integración antes que de competencia política abierta. Diversos autores han descrito esta tendencia como una persistencia de patrones ibéricos e hispanoamericanos que privilegiaron el consenso tutelado sobre el pluralismo liberal. Desde esta perspectiva, el populismo contemporáneo no constituye una ruptura absoluta con el viejo sistema político mexicano, sino una adaptación de viejas formas corporativas a nuevas condiciones electorales.


Ello explica por qué discursos provenientes de la izquierda progresista populista y de la derecha católica pueden coincidir en su desconfianza hacia el liberalismo, el mercado, la globalización, las instituciones internacionales e incluso hacia la democracia representativa cuando ésta limita el poder de una mayoría política. En ambos casos, la política deja de concebirse como competencia institucional entre proyectos distintos y comienza a entenderse como una confrontación moral entre un pueblo auténtico y una élite corrupta. El antisionismo puede convertirse fácilmente en un vehículo para expresar malestares mucho más amplios que el conflicto Hamás-Israel.


La defensa de la democracia liberal exige precisamente mantener esa distinción. Es posible criticar las políticas del gobierno israelí, cuestionar el sionismo religioso más radical o debatir la influencia del sionismo cristiano en Estados Unidos sin caer en el antisemitismo. Del mismo modo, es posible defender el pluralismo, el Estado de derecho y la economía abierta sin convertirlos en dogmas incuestionables

 
 
 

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