EL FUTURO DE LOS BIOINSUMOS EN LA AGRICULTURA
- Aug 3
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Enrique Bautista
Hasta principios del siglo XX la producción de la agricultura dependía exclusivamente de insumos naturales. Durante toda la historia de la humanidad anterior, la fertilización y el control y erradicación de plagas se hizo siempre mediante el uso de los recursos que la propia naturaleza ofrecía.
La fertilización de los suelos provenía del aprovechamiento de residuos animales y vegetales: estiércoles, compostas, abonos verdes, harina de huesos y sangre seca, lombrices, cenizas vegetales, cal y harinas de rocas minerales, entre las principales
El control de plagas provocado por insectos y hongos se lograba a través de insecticidas naturales y minerales y métodos de control biológico: piretrinas, nicotina, rotenona, el aceite de Neem, el extracto de ajo, concentrados de chile, entre otros. Se usaban también minerales inorgánicos simples y sus derivados, como el azufre, el caldo bordelés, cenizas, cal, y arseniatos de plomo. Se practicaban el manejo cultural, la rotación de cultivos, los policultivos y el intercalado de especies repelentes, como plantas aromáticas, y la recolección directa de larvas.
Los fertilizantes e insecticidas de síntesis química aparecieron hasta finales del siglo XIX y principios del XX, pero su adopción no fue inmediata. La detonación del uso de los fertilizantes químicos se dio con el desarrollo del llamado proceso Haber-Bosch, denominado así en reconocimiento a los científicos que lo crearon. Este consiste en una reacción química industrial que sintetiza el amoníaco combinando nitrógeno del aire e hidrógeno.
Respecto a los insecticidas químicos, el DDT (diclorodifeniltricloroetano), fue sintetizado por primera vez en 1874 por el químico austriaco Othmar Zeidler. Su uso como un potente insecticida lo desarrolló la compañía químico-farmacéutica Geigy hasta 1939, A partir de su hallazgo su uso se adoptó intensivamente en la Segunda Guerra Mundial, incorporándolo a la ropa de los soldados para prevenir la afectación de insectos vectores de enfermedades como la malaria y el tifus. Fue hasta finalizar la guerra cuando se canalizó masivamente hacia el sector agrícola, entre las décadas de 1940 y 1960, cuando además se desarrollaron otras variantes químicas.
Los fertilizantes e insecticidas se convirtieron en pilares de la Revolución Verde, permitiendo cultivos intensivos a gran escala, incrementando los rendimientos agrícolas a niveles nunca vistos, sin la pérdida de rendimiento por plagas de insectos, gusanos o picudos. El lado negativo causado por el uso intensivo de los fertilizantes sintéticos (urea, nitrato de amonio), es que su aplicación se ha traducido en el consumo de cerca del 1 al 2% de la energía global, generando un volumen significativo de emisiones de dióxido de carbono (con sus consecuentes efectos en el cambio climático.
Por su parte, dado que el DDT no se degrada fácilmente, por ser liposoluble se acumula en el tejido graso de los organismos resultó en mucha afectación a la vida animal y humana. En 1962 la bióloga estadounidense Rachel Carson publicó el libro Primavera Silenciosa (Silent Spring), donde documentó los estragos ecológicos de los plaguicidas sintéticos y cuestionó la fumigación masiva sin control. Su trabajo, y otros en la misma línea, condujeron a la toma de conciencia del problema que causaba el uso del DDT y condujo a su prohibición en la agricultura en Estados Unidos en 1972, acordándose también a nivel global en la Convención de Estocolmo del 2001.
Si bien, el uso de los agroquímicos durante una parte del siglo XX y lo que va del XXI resultaron en un crecimiento importante, y en algunos casos hasta geométrico, de los volúmenes de cosecha en todo tipo de cultivos agrícolas, en contraste, sus efectos negativos han sido mayúsculos, ya que se tradujeron en graves daños al medio ambiente, a la salud de muchas especies animales, y al ser humano mismo.
Los fertilizantes con alto contenido de nitrógeno y fósforo han provocado un crecimiento desmedido de algas que agota el oxígeno del agua, creando "zonas muertas" donde los peces y otros organismos acuáticos no pueden sobrevivir.
Los pesticidas altamente solubles se filtran a través de las capas de la tierra. Este proceso contamina las reservas de agua subterránea, que son fuentes vitales de agua potable para comunidades enteras.
El uso crónico de agroquímicos altera la acidez del suelo y destruye los microorganismos benéficos encargados de reciclar los nutrientes. Como consecuencia, la tierra pierde su fertilidad natural, se vuelve estéril y se erosiona con mayor facilidad.
De lo anterior, podemos concluir que la breve presencia en el tiempo de los agroquímicos en la historia de la agricultura; menos de 100 años de su uso y aplicación, ha traído graves afectaciones al medio ambiente, a la vida silvestre, a los animales en general, y al ser humano.
Ante esta realidad, el resurgimiento de las tendencias crecientes del uso de los fertilizantes e insecticidas de origen orgánico no se puede calificar como una ocurrencia o una moda; constituye una prioridad para dar una respuesta que garantice la recuperación del futuro del planeta y la sobrevivencia de quienes lo habitamos. Su desarrollo como opción dominante en la agricultura es sólo cuestión de tiempo y de voluntad política.
Es indispensable que los organismos internacionales y los gobiernos de cada nación generen las políticas públicas para reducir el uso de los agroquímicos que han generado el desastre climático mundial que padecemos, y establezcan los mecanismos necesarios para el desarrollo de insumos agrícolas de origen natural.
La tarea no parece fácil, hay que vencer inercias, prácticas viciadas que se han vuelto hábitos, pero, sobre todo, intereses económicos de las grandes empresas trasnacionales dedicadas a la producción de los agroquímicos, y a los consorcios agroexportadores que dominan el comercio de los alimentos frescos a nivel mundial, cuyo móvil fundamental no es ofrecer a los consumidores productos sanos, sino incrementar sus ganancias.
El potencial, y uso futuro de los nutrientes e insecticidas de origen órgano mineral irá seguramente creciendo a través del tiempo en todo el mundo, en la medida en que la racionalidad del los productores, consumidores y gobiernos se recuperen, a partir de anteponer el rescate del equilibrio del medio ambiente, y la salud de las especies animales, de las personas que participan en la producción agropecuaria y de los consumidores de los productos agrícolas.
El aprovechamiento de los recursos que la propia naturaleza genera, así como de los residuos de la agricultura, la ganadería, la pesca, la acuacultura, y de los minerales apropiados, constituyen una fuente inagotable para el logro de esos fines. Solo se requiere dar apoyo suficiente a la investigación científica para este fin, y generar las políticas publicas que induzcan y faciliten el uso de los insumos de origen natural.
* Ponencia presentada por el autor en el “Foro Virtual Bioinsumos, Producción, uso, regulación y oportunidades de los bioinsumos agrícolas”, organizado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, IICA, que se celebró el pasado 28 de julio. Ver completo en: youtube, IICA Foro Biinsumos.


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