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El futuro nos abruma. Los jóvenes y su fe religiosa

Elio Masferrer Kan

Hace muchos años una mamá pentecostal no le permitía a su hija ir a fiestas juveniles, argumentándole que “si llegase al Fin del Mundo, nosotros estaríamos en el Paraíso sin ti”. En los registros de campo levantados hace 40 años anotábamos que los pastores llamaban a que los jóvenes no estudiasen una carrera universitaria y se dedicasen a la predicación de la palabra, “los tiempos del Fin son inminentes”.

El Fin del Mundo no llegó y los problemas son cada vez mayores, las nuevas generaciones son conscientes de que no podrán alcanzar las posiciones de sus padres y que deberán avanzar en terrenos desconocidos, el futuro es abrumador y esto ha redundado en muchos desasosiegos, en México después de la pandemia la tasa de suicidios juveniles se incrementó en un 158%.

Antes de la pandemia, las conversiones juveniles a las propuestas cristianas y evangélicos configuraron una tendencia creciente que se veía reflejada en un proceso de envejecimiento de los practicantes del catolicismo. Los matrimonios jóvenes participaban activamente de los servicios religiosos evangélicos y llevaban sus hijos a las escuelas dominicales. Los adolescentes participaban en número creciente de los conciertos de música cristiana, lo que llevó a los sellos comerciales al desarrollo de áreas especializadas en música cristiana.

La pandemia obligó al cierre de los templos y a recluirse en los domicilios, podría esperarse que el fin de las restricciones de circulación hubiera llevado a un resurgimiento de las prácticas religiosas, evidentemente los creyentes están volviendo a los templos, pero muy lentamente, lo que llama la atención de los pastores y los sacerdotes, ¿qué está pasando? Pocos se preguntan, ¿en qué fallaron? ¿tendrán que cambiar las estrategias pastorales?

Cuando se vislumbraba el fin de la pandemia, el Papa Francisco hizo varios movimientos estratégicos, publicó encíclicas y documentos destinados a captar la atención de los jóvenes, señalando las crisis estructurales del sistema cultural, que se expresan en el descarte de jóvenes y viejos, lanzándose a declarar a la Iglesia Católica en estado de asamblea: apuntando a su actualización y declarando la urgencia de asumir las novedades del siglo XXI. Apuntó también al sistema de autoridad de las iglesias nacionales y los obispos, quienes cada vez están más alejados de sus feligreses, haciendo énfasis en lo que “no deben hacer”. Evitando así proponer y entender las realidades y los cambios sociales y culturales, para “escrutando los signos de los tiempos”, avanzar en su trabajo pastoral en los diferentes campos.

El error de las iglesias consiste en no identificar las posibilidades de desarrollo de las potencialidades de sus feligreses. Esta crisis se puede identificar por el éxito que están teniendo las iglesias que emplean sistemas digitales para transmitir sus servicios religiosos, quienes en muchos casos, aportan propuestas novedosas que les abren nuevas perspectivas a sus feligreses deslocalizados.

El desafío es que las sociedades ofrezcan espacios para el desarrollo de las potencialidades de los distintos sectores sociales, quienes siempre estuvieron, pero que ahora no aceptan la negación de su existencia. Los sobrevivientes de la pandemia exigen (y exigimos) de alguna manera, que nos reconozcan los méritos del triunfo. Este optimismo existencial contrasta con el pesimismo de quienes nos prometen la inminencia del Fin del mundo, al igual que los clérigos conservadores que quieren que todo siga igual. Eso es imposible.

El desafío de las iglesias (y del Estado) consiste en garantizar las condiciones para que las nuevas generaciones desarrollen sus proyectos de vida, y en este contexto, es indispensable, que las sociedades garanticen la vida de los mayores, el “descarte de los viejos” lleva a que los jóvenes duden de las posibilidades de la construcción de sus proyectos de vida. Las iglesias deberían orientar en cómo hacerlo, más que explicarnos que es lo que no debemos hacer, y en muchos casos, ellos si lo hacen, generando así un clima de desconfianza.

En esta perspectiva, las expectativas apocalípticas han sufrido una derrota histórica, hemos sobrevivido a la pandemia y muchos queremos que eso se reconozca generando nuevas expectativas de vida, ahora se nos presenta el cambio climático y la mayoría reclama afrontarlo y mantener la vida de las próximas generaciones, respetando los espacios de nuevos grupos sociales que emergen reclamando espacios vitales, queremos un nuevo triunfo existencial, pudimos con la pandemia y estamos dispuestos a nuevos desafíos.

No permitiremos que el futuro nos abrume.

Doctor en antropología, profesor investigador emérito ENAH-INAH

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