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El Grito

  • Jun 14
  • 4 min read

Samuel Schmidt


Mientras miles de gargantas bien escanciadas de cerveza se desgañitaban frente al gol, en la calle una madre se arrodillaba frente a los policías para pedir que respetaran su libertad de movimiento, ella quería gritar, ahí donde la oyeran, porque lleva años buscando a su hijo.

Fue un acierto presidencial irse a ver el fútbol entre “el pueblo”, porque es tiempo del pueblo, además de serlo de mujeres. No quería codearse con la élite, con ella lo hizo una noche antes en una cena de gala.

Además, a menos de irse en helicóptero, le hubiera costado trabajo romper el cerco de su policía. Así, Doña Claudia tranquila, con una playera con su nombre, rodeada de mucha gente, que posiblemente uso el decreto para paralizar el país, para que se pudiera ver con tranquilidad a 22 personas persiguiendo una bola de cuero; mientras las buscadoras, los maestros, los estudiantes, los sindicatos con conflictos, los agricultores, los padres de los 43, arrastran su pesar, desesperación, frustración, algunos con años de un silencio gubernamental ensordecedor.

También se paralizaron los buscadores oficiales de desaparecidos, que para esta fecha, ya llegan a 132,000+, los desaparecidos no los buscadores oficiales. Socialmente hay entre 100 y 150 colectivos de buscadores, número que grita sobre el tamaño de la tragedia. Miguel Molina me dijo, para que entiendas la dimensión del problema, imagínate que te despiertas en Apatzingán o Palenque y están totalmente vacías. México es el campeón de desaparecidos dijo una madre buscadora y también de la impunidad. Las víctimas se vuelven activistas, pero para ellas no hay tiempo, solo lo hay para los oligarcas que ofrecen inversión que nunca llega.

Mientras que más de 100,000 tenían para gastar en boletos inflados, varios millones rumian su enojo, y buscan ser escuchados. La secretaria de gobernación se preocupa por saber quién ayudó a las madres buscadoras a llegar a la CDMX. Ojalá haya muchos que les ayuden. Bien haría el gobierno en dejar de buscar manos que mueven las cunas del enojo, y actuar frente a las manos que mueven la cuna de la desaparición masiva, o al bloque negro que busca distorsionar las luchas sociales.

En México hay miedo y enojo. Ambos son el producto de largos años de asedio, agresión, abulia y complicidades criminales. Alguien sufre un agravio, busca una satisfacción, pero esta se convierte en otro agravio, así uno va juntando agravios hasta que se colma y enoja.

Hay diversas tolerancias y distintos tipos de agravio. Hay quién estalla ante el primer agravio, hay gobiernos que estallan ante las protestas. Hay anuncios de no represión, aunque se proteja a los provocadores y vándalos.

Para la tolerancia social, que asesinen o desaparezcan a un familiar es lo suficientemente poderoso. Que te prometan algo que no cumplirán es suficiente causa para exigir cuentas.

México lleva más de un cuarto de siglo agraviado, gobernado por cínicos, prepotentes y arrogantes.

Hace unos días, le reclame a uno de esos políticos de quinta, que me haya dado una cita, me hiciera esperar horas, junto con los que llegaban a pedir alguna prebenda o favor y que me despidiera sin escucharme. Me reclamó que su agravio era mi culpa, aunque le aclaré que esperé porque me lo pidió una diputada, todavía se enojó. Le prometí que escribiría un artículo sobre el cínico de las ligas. Si no ha adivinado, su apellido es Bejarano.

¿Cuánto agravio y cuántas victimizaciones puede tolerar una sociedad?

Mucho depende de las sociedades y hasta de la cantidad de pan y circo. Xóchitl Gálvez, al parecer buena ingeniera y pésima política, muy contenta vestida con la playera nacional, desde el estadio, hizo un llamado para que la gente se olvide de sus agravios y enojos (sin esas palabras).

Los profes de la CNTE podrían hacer una coperacha, juntar meses de sueldo y sentarse con Gálvez o con el gobernador de Nuevo León a ver un juego, o podrían irse a una de las alcaldías a ver el juego en pantalla gigante y a la mejor le dicen a la presidenta que los oiga.

El enojo nacional es profundo, lleva décadas construyéndose, pero en lugar de ser atendido con cortesía, amistad, profesionalismo, se le trata con desprecio, menosprecio. Cómo el politicastro que te ofende y te culpa, o la promesa política que no se cumple, ¡porque no se puede!

La ofensa mexicana es una matrushka de agravios, uno que cubre otro, sin cesar.

Tenemos un gobierno y una sociedad que no saben resolver problemas, cada uno tiene su espacio y nivel para abordarlos; la sociedad opta por gritar, cerrando calles, carreteras, oficinas, y entre ellos se cuelan los vándalos que aprovechan el río revuelto; el gobierno, mueve sus fichas, con casco, escudo, caballos, extinguidores, y a veces toletazos.

Nadie gana, los problemas en el mejor de los casos se posponen, y los gritos no cesan. Les harán un festival, o tendrán que tomar las calles de nuevo.

Dilemas de la política del perder-perder.

@shmil50

 
 
 

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