top of page

El miedo como doctrina

  • Apr 25
  • 3 min read

Félix Estrada

La reciente entrevista de Marcelo Ebrard permite ver con claridad la lógica económica que hoy domina al gobierno. Al hablar del T-MEC, el secretario de Economía no lo defendió por sus resultados en materia de desarrollo, productividad o fortalecimiento interno, sino por los costos de una eventual ruptura. En conversación para CNN en Español, advirtió que abandonar el acuerdo significaría “inflación, dislocar cadenas productivas y crear mucho miedo”. La frase importa porque desplaza el centro del debate: no se trata de mostrar lo que el tratado ha construido, sino de advertir lo que ocurriría si se altera.

Ese énfasis es revelador. Cuando el principal argumento a favor de un arreglo económico no son sus beneficios, sino los riesgos de ponerlo en cuestión, lo que aparece no es fortaleza, sino fragilidad. El T-MEC queda presentado como un andamiaje que debe sostenerse no porque haya abierto un horizonte propio, sino porque desmontarlo podría provocar desorden. La idea de fondo no es que el tratado impulse al país, sino que el país no puede permitirse que el tratado se caiga.

A lo largo de la entrevista, Ebrard recurre a la noción de “incertidumbre” para explicar el bajo crecimiento, la desaceleración de la inversión y la pérdida de dinamismo del nearshoring. Pero al desarrollar su razonamiento introduce una admisión más profunda: el ritmo de la inversión depende en gran medida de las decisiones del gobierno de Estados Unidos. Esa afirmación es central, porque muestra que la preocupación oficial no gira en torno a transformar la estructura productiva mexicana, sino a reaccionar ante decisiones tomadas fuera del país.

En ese marco, la entrevista no expone un proyecto económico en sentido estricto, sino una lógica defensiva. La prioridad no parece ser construir algo distinto, sino evitar que se altere el esquema existente. No aparece una evaluación de los límites del modelo ni una reflexión sobre lo que México ha dejado de ganar bajo esta forma de integración. Lo que aparece, de manera constante, es la preocupación por contener efectos sobre inversión, precios y expectativas.

Esa lógica se observa también en su manera de abordar el nearshoring. Ebrard sostiene que México podría atraer alrededor de 11 por ciento de la inversión instalada en Asia, pero reconoce que se trata de una expectativa, no de un resultado asegurado. Más que la cifra, importa lo que revela: incluso al describir una oportunidad, el argumento queda condicionado a factores externos. No hay certeza en lo que México puede hacer por sí mismo, sino expectativa sobre el entorno internacional y, en particular, sobre las señales que provengan de Washington.

El ejemplo que utiliza es ilustrativo. Para mostrar que ya hay movimientos favorables, menciona que McDonald’s comenzó a producir en México vasos y juguetes que antes traía de Asia. Más allá de la anécdota, lo relevante es que ese tipo de referencias fija el umbral del argumento: el éxito se presenta como adaptación y relocalización parcial, no como transformación de fondo. Incluso al destacar ventajas, el énfasis sigue puesto en conservar y atraer fragmentos de cadenas existentes, no en redefinir el lugar que ocupa México dentro de ellas.

La parte más significativa aparece cuando se plantea un escenario adverso. Ebrard afirma primero que abandonar el T-MEC implicaría inflación, desarticulación productiva y afectaciones en precios y empleo. Sin embargo, cuando se le pregunta qué ocurriría si Estados Unidos se retirara, su respuesta cambia: México entraría a revisiones anuales y enfrentaría algo parecido a lo que ya se ha vivido. Allí aparece una contradicción evidente: lo que primero se presenta como una ruptura grave, después se describe como una continuidad con incertidumbre.

Esa contradicción ayuda a entender el sentido del mensaje. Más que describir con precisión escenarios alternativos, el argumento insiste en que cualquier debilitamiento del tratado sería costoso y riesgoso. No se trata de evaluar márgenes y opciones, sino de reafirmar un objetivo: evitar que el acuerdo se venga abajo.

También es significativa la manera en que justifica su permanencia frente a las presiones de Washington. Ebrard subraya que a Estados Unidos tampoco le convendría una salida abrupta, debido a los costos que implicaría para sus propias empresas y cadenas productivas. De nuevo, el razonamiento es consistente: el acuerdo debe sostenerse porque romperlo generaría desajustes difíciles de administrar.

Visto así, la entrevista no es sólo una defensa del tratado. Es también una confesión. Muestra que, para el gobierno, el problema central no es cómo transformar la inserción de México en Norteamérica, sino cómo evitar que esa inserción entre en crisis. Dicho de otro modo: no hay plan en el sentido fuerte del término. El plan es que no se nos caiga el T-MEC. Y eso explica el tono, el énfasis y la recurrencia del argumento del miedo.

 
 
 

Comments


bottom of page