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El pueblo somos muchos

  • 18 hours ago
  • 3 min read

Diario de un reportero

 

Miguel Molina

            Hablemos en serio. Más allá de las desafortunadas declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre asuntos que van desde los viajes espaciales hasta la gasolina que hay que comprar si uno no puede pagar la más cara, me preocupa la actitud de la mandataria ante los problemas que sufre México.

            Parece que nadie le dijo a la científica que los viajes espaciales no son solamente aventuras fuera de la tierra en las que se gasta dinero que podría usarse para combatir la pobreza, sino oportunidades para experimentar técnicas e instrumentos que eventualmente terminan usándose en la vida diaria, como los termómetros digitales de oídos, el velcro, las computadoras portátiles, los alimentos liofilizados (quien no sepa qué es eso, que busque en google), los sistemas de purificación de agua, y un largo etcétera. Bajo esa lógica presidencial, podría cuestionarse el envío de recursos a Cuba en vez de entregarlos a los pobres de México.

            Sin embargo, el más reciente encuentro de la presidenta con los mexicanos ofrece una imagen reveladora: la señora se encontró con un grupo de personas que protestaban por los planes de establecer una planta de reciclaje de cuarenta hectáreas cerca de sus casas en San José Chiapa, Puebla: "A ver, allá andan manifestándose porque dicen que están en contra del Polo de Bienestar (sic). ¿Qué prefieren: un basurero a cielo abierto o una recicladora de basura limpia?", dijo Sheinbaum. "¡Ninguna de las dos cosas!", respondieron los vecinos. "Si es tan buena, ¿por qué no se la llevan a la Angelópolis?".

            Y de ahí la cosa pasó a mayores. "A ver, ¿de quién es el terreno?", dijo la presidente. "¡Del pueblo!", le respondió una mujer. Y – cuentan las crónicas – Claudia Sheinbaum le dio una respuesta neoliberal: "Es del gobierno del Estado". "Pero el pueblo somos muchos", le dijeron. No sirvió. "Les voy a mandar a los secretarios para que les expliquen el proyecto", anunció la presidenta.

            El episodio ilustra lo que pasa con la cuarta transformación. No escuchan.

            Le hablan a la gente pero no hablan con la gente

           Me recuerdan al dueño de una estación de radio de Estados Unidos donde trabajé como locutor. El señor me recibió, me preguntó si tenía alguna experiencia, y le dije que sí, que había trabajado a ratos en XEPT de Misantla, y luego en Radio Universidad Veracruzana, y en el canal Cuatro+ de televisión, cosas así. Creo que no me escuchó. Le voy a decir la Biblia de la radio, me dijo, y se embarcó en un rollo de media hora que yo tampoco escuché. Me contrató ese mismo día.

            Eso le pasa a quienes encarnan la cuarta transformación. No escuchan. Van y tiran su rollo, y aseguran que oyen lo que otros piensan, pero ya tomaron su decisión y no importa lo que otros, los otros, piensen. Y luego van y dicen que mantienen un diálogo permanente con el pueblo.

            Hay palabras, muchas palabras, pero no hay mensaje.

            Desde el balcón

         Uno sale al balcón y mira las calles silenciosas donde apenas una niña juega con su perro y dos niños patean una balón más por costumbre que por gusto. Hoy fue miércoles todo el día: lluvia por la mañana, viaje a Vigo, neblina hasta Mos – el Chiconquiaco de esta parte de Galicia, dice Liz –espera en el hospital para que a fin de cuentas le digan a uno que está bien, medio jodido pero bien, y celebra con paella y vino de Ribeiro.

           Uno vuelve a casa en el sopor del viaje en autobús, y termina sentado junto a la mesa amarilla, frente a un sol que no se atreve a mucho. Después de todo, al calor de la malta, uno se consuela pensando que las novecientas toneladas de gotas de chapapote van a servir para hacer carreteras que un día serán como las de hoy, llenas de baches que uno ya recuerda con cariño porque los conoció desde que eran chiquitos.

 

 

 
 
 

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