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El regimen dinerario

León Bendesky

La escritora Irene Lozano señaló en un artículo publicado recientemente en el diario El País una cuestión que conviene mantener a la vista: “La realidad, por muchas vueltas que le demos, es que la democracia es un régimen de opinión pública y funciona mal si no hay un debate sano. Para que este se dé es necesario que aborde los asuntos relevantes para la sociedad y no siempre los que atañen al reparto del poder. Cuando la discusión es malsana, cualquier asunto se convierte en una cuestión sobre el poder”.

Al respecto sobresale un asunto en materia económica y financiera. Una de las discusiones más insistentes durante ya muchos meses tiene que ver con la gestión que los bancos centrales hacen de las tasas de interés, liderados por la Reserva Federal. Tal asunto se vincula ahora con el persistente desconcierto acerca del desempeño de la economía estadunidense. Ésta muestra hoy una dinámica sostenida de expansión productiva y una inflación estable en niveles relativamente bajos. La situación ocurre luego de que durante la pandemia, y con tasas de interés cercanas a cero, se permitió a empresas y familias adquirir deuda a muy bajo costo, y junto con una política fiscal expansiva se creó una resistencia frente a la recesión que, tal y como se interpreta, ha permitido sortear una recesión esperada por la rápida alza de las tasas impuesta luego por la Fed para contener la demanda.

El impacto de la pandemia llevó el crecimiento del producto a una sima de menos 7.5 por ciento en el segundo trimestre de 2020, luego a un pico por rebote de 11.9 por ciento a la mitad de 2021; desde ahí se ha ido ajustando a una tasa compatible con la tendencia que es del orden de 3 por ciento. La inflación, por su parte, tuvo un pico de 9.1 por ciento en junio de 2022 y desde el mismo mes de 2023 se ha estabilizado en torno a 3 por ciento anual, arriba de la meta de 2 por ciento de la Reserva Federal.

El aludido desconcierto se centra en la gestión de la tasa de interés de referencia, que se mantuvo prácticamente en cero desde marzo de 2020 a marzo de 2022; desde entonces subió de modo constante hasta el nivel actual, que está en un rango de 5.25 a 5.5 por ciento. Con esta medida se esperaba un ajuste recesivo de la economía, por el encarecimiento del crédito, pero tal cosa no ha ocurrido. En cambio, el mercado laboral, que pasó por un periodo de gran contención por la pandemia, se ha recuperado y la economía está creando más empleos de los esperados. La situación se acompañó, como se advirtió claramente en su momento, de un periodo de severa estrechez en las cadenas de abastecimiento, que presionó los precios al alza. Pero tal desajuste también fue absorbido, y aun cuando la política monetaria es restrictiva, la economía se expande y con precios más estables.

El debate ahora tiende a centrarse en el momento en que ha de darse el ajuste a la baja en las tasas de interés. No hay por ahora un consenso decisivo y la atención está puesta en la inminente reunión del Comité Federal de Mercado Abierto y las repercusiones que tendrá en los mercados. Esto repercutirá en la decisión que tome el Banco Central Europeo y en el entorno del euro. También se sentirá en lo que ocurra en la próxima reunión de la Junta de Gobierno de Banco de México, en torno a lo que se ha supuesto como una inclinación a bajar ya las tasas.

Entretanto, las condiciones políticas en Estados Unidos y Europa están cambiando y lo mismo que ocurre de modo extendido y notable en el terreno geopolítico. Es tiempo de ajuste monetario, hay presiones de índole fiscal, habrá elecciones en un ambiente crispado alrededor de Biden y Trump, en Rusia se consolida el dominio de Putin, se ha llegado al tercer año de la guerra en Ucrania y se ha reconformado la OTAN con la entrada de Finlandia y la más reciente de Suecia y, de modo destacado, se habla ya de manera abierta de una posible guerra en Europa. No son pocas cosas.

Lo que ocurra en materia financiera, el modo en que se gestione el crédito privado y público y su costo (la tasa de interés) tendrá un impacto en el campo productivo, el gasto en inversión y en consumo, en el empleo y en la distribución del ingreso y la riqueza.

Por más esotérico que parezca el asunto y poco comprensible debido a su elaborado carácter técnico, para “iniciados”, es así como tiende a configurarse ese régimen de opinión pública al que se refería Irene Lozano. Es una especie de fachada. Un régimen que atañe de lleno a la sociedad, pero queda capturado por lo que denomina como reparto del poder. Sólo la historia financiera de lo que va de este siglo exhibe la manera en que la dinámica social y la forma y concentración del poder se regeneran y reafirman en torno al dinero. Es ahí donde se concentra el régimen de la opinión pública.

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