top of page

El retorno del colonialismo académico en el CIDE

  • fermarcs779
  • Dec 14, 2025
  • 3 min read

Félix Estrada

 

La derechización del CIDE no es un accidente administrativo ni una suma de decisiones aisladas. Es una política deliberada que busca revertir el proceso de transformación iniciado bajo el mandato de la Cuarta Transformación. Lo que está en juego no es un nombramiento ni una disputa personal, sino el sentido mismo de una institución pública llamada a servir al Estado mexicano y a contribuir al desarrollo nacional, no a reproducir inercias neoliberales ni dependencias intelectuales.

El primer intento fue burdo y fallido: la imposición, fuera de tiempo y sin sustento institucional, de Sergio Aguayo como consejero a título personal. No se trataba de pluralidad académica ni de debate intelectual, sino de introducir una voz abiertamente hostil al proceso de transformación del CIDE. El rechazo a esa maniobra obligó a cambiar de táctica, no de objetivo.

La estrategia pasó entonces de la confrontación abierta a la normalización tecnocrática. En ese giro se explica la sustitución de Samuel Schmidt por Gerardo Esquivel. Schmidt no era una figura decorativa. Era un intelectual público con una trayectoria sólida en el estudio del poder político, el presidencialismo y la democracia sustantiva, siempre desde una perspectiva crítica y nacional. Su presencia representaba un contrapeso real frente a los grupos que durante décadas alinearon al CIDE con los consensos de la academia anglosajona y de los organismos financieros internacionales. Schmidt estorbaba porque recordaba que el CIDE no fue creado para tranquilizar al establishment, sino para formar cuadros del Estado y producir pensamiento estratégico para el país.

El relevo por Gerardo Esquivel no es neutro. Es un cambio de orientación. Su obra académica lo muestra con claridad: Esquivel trabaja dentro de los cánones analíticos dominantes de la economía anglosajona, adopta sin cuestionamiento sus supuestos, sus jerarquías de problemas y sus límites normativos. Basta leer sus trabajos para constatar la ausencia de una reflexión sobre soberanía productiva, política industrial o construcción deliberada del desarrollo. La estabilidad macroeconómica aparece como fin en sí mismo, la autonomía monetaria como dogma y el Estado como corrector marginal. México es tratado como objeto de política económica, no como sujeto histórico con capacidad de estrategia propia. Eso no es neutralidad científica: es colonialismo académico.

Su trayectoria es coherente con ese marco. Fue incorporado a la Secretaría de Hacienda por Carlos Urzúa, junto con Arturo Herrera, como parte de un equipo que buscó contener desde dentro el impulso transformador del nuevo gobierno en nombre de la disciplina fiscal y la estabilidad macroeconómica. La salida de Urzúa y luego la de Herrera no fueron trámites administrativos, sino el resultado de un choque con el proyecto político de la Cuarta Transformación. En ese episodio, Esquivel quedó claramente ubicado.

Su paso por el Banco de México confirmó esa orientación. Defendió una ortodoxia estricta, alineada con el consenso de los bancos centrales globales y centrada exclusivamente en el control inflacionario, incluso en un contexto de estancamiento y fragilidad productiva. No dejó una huella de innovación ni de replanteamiento del papel del Estado, sino la reafirmación de una izquierda aceptable para los mercados y funcional al establishment financiero internacional.

Ese perfil explica su llegada al CIDE. No es casual ni responde a un criterio de pluralidad. Es parte de una política clara impulsada desde la Secretaría de Ciencias, Humanidades, Tecnología e Innovación.

Esta política tiene nombre y apellido: Rosaura Ruiz. Desde esa Secretaría se ha optado por frenar la transformación del CIDE, reponer equilibrios del pasado y restaurar el colonialismo académico bajo un lenguaje de moderación, técnica y respetabilidad internacional. No se trata de omisiones ni de errores administrativos, sino de una línea política consciente.

La responsabilidad es directa. La recomposición del Consejo, el desplazamiento de voces críticas y la incorporación de perfiles funcionales a la restauración no son hechos aislados. Son señales claras de una estrategia orientada a devolver al CIDE a una lógica de subordinación intelectual, validación externa y dependencia epistemológica, alejándolo de su vocación pública y de su papel como espacio de pensamiento crítico al servicio del Estado mexicano.

La secuencia es clara: Aguayo falla, Schmidt estorba, Esquivel entra. Derechización abierta primero, derechización tecnocrática después. Donde unos confrontaban, otros normalizan. El resultado es el mismo: contener, desactivar y revertir el mandato de transformación.

Esta restauración tiene consecuencias profundas. El CIDE vuelve a ser concebido como un espacio de gestión, no de disputa; de administración de consensos importados, no de producción de pensamiento estratégico propio. En ese proceso, Gerardo Esquivel no es un matiz. Es una pieza central del retorno al colonialismo académico.

Lo que hoy se decide no es menor. Define si el CIDE acompañará los desafíos del país o si volverá a mirarlos desde la distancia cómoda de los cánones ajenos. La disputa no es personal. Es política. Y está en curso. No hay tecnicismo que lo oculte ni moderación que lo disimule. México decide ahora.

 
 
 

Comments


bottom of page