El T-MEC ya tiene proyecto. México no.
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José Romero
El documento reciente de la National Association of Manufacturers sobre el T-TMEC debería leerse en México sin ingenuidad. No es un simple informe empresarial. Es una confesión estratégica. Presenta el acuerdo comercial de América del Norte como una pieza central de la reconstrucción industrial estadounidense. El T-MEC, según esa visión, debe sostener la dominancia manufacturera de Estados Unidos, reforzar sus cadenas de suministro, asegurar insumos críticos, ampliar mercados regionales y permitir que más producción lleve la marca material de “Made in America”. La propia asociación lo describe como fundamento de la dominancia manufacturera estadounidense y afirma que las exportaciones de Estados Unidos a México y Canadá sostienen dos millones de empleos estadounidenses.
No hay que buscar entre líneas. La estrategia está escrita en la superficie.
El sujeto del documento no es América del Norte. No es México. No es Canadá. Es Estados Unidos.
México y Canadá aparecen como piezas funcionales de una estrategia cuya conducción, narrativa y apropiación pertenecen a Washington. Canadá aporta energía, minerales, aluminio, estabilidad institucional y mercado. México aporta territorio, cercanía, trabajo, ensamblaje, logística, mercado interno y disciplina operativa. La división regional del trabajo es clara: Estados Unidos conserva el mando corporativo, financiero, tecnológico, regulatorio y simbólico; Canadá aporta recursos estratégicos; México opera como plataforma productiva.
No se trata de una conspiración. Es algo más simple y más grave: una estructura de poder.
En esa estructura, México no aparece como potencia industrial emergente con derecho a definir su propio destino tecnológico. Aparece como retaguardia manufacturera de Estados Unidos. Como espacio cercano, flexible y barato. Como proveedor de trabajo, territorio, absorción de costos y mercado cautivo. Como pieza de la respuesta estadounidense frente a China.
El problema no es comerciar con Estados Unidos. Esa es una falsa disyuntiva. México comparte frontera, migración, cadenas productivas, energía, agua, seguridad, finanzas e historia económica con Estados Unidos. Sería absurdo negar esa realidad. El problema es otro: confundir proximidad geográfica con destino histórico.
La vecindad puede ser ventaja. También puede ser cadena.
Durante décadas se prometió que la integración comercial traería modernización, productividad, transferencia tecnológica, mejores salarios, proveedores nacionales fuertes y empresas mexicanas globales. Algunas cosas ocurrieron. México exportó más, recibió inversión extranjera y se integró a cadenas automotrices, electrónicas, aeroespaciales, médicas y de autopartes. Pero no construyó una base tecnológica nacional proporcional a su volumen exportador. No desarrolló suficientes corporaciones mexicanas de escala mundial. No consolidó una política industrial propia. No redujo de manera sustantiva su dependencia tecnológica. No convirtió su inserción exportadora en soberanía productiva.
La magnitud de la integración es indiscutible. En 2024, las exportaciones totales de México alcanzaron 617,100 millones de dólares y las manufacturas representaron 89.8 por ciento del total exportado. Estados Unidos, además, reconoce que más de 80 por ciento de las exportaciones mexicanas de bienes se dirigieron a su mercado y que más de 40 por ciento de las importaciones mexicanas de bienes provinieron de Estados Unidos.
Esas cifras suelen presentarse como prueba de éxito. También pueden leerse como síntoma de vulnerabilidad.
México exporta mucho, pero decide poco.
Produce bienes sofisticados, pero una parte sustancial del conocimiento, las patentes, las marcas, el diseño, el financiamiento, las decisiones estratégicas y la apropiación del valor permanece fuera del país. México ensambla, manufactura, transporta y abastece. Pero no manda lo suficiente, no aprende lo suficiente, no financia lo suficiente y no captura el valor principal.
Una economía puede estar muy integrada y ser poco soberana. Puede producir para el mundo y depender, al mismo tiempo, de decisiones tomadas en consejos corporativos, bancos, agencias regulatorias y gobiernos extranjeros.
El nearshoring puede repetir esa misma ilusión con otro nombre. La rivalidad entre Estados Unidos y China abre una oportunidad real para México, pero una oportunidad no es una garantía. Si el país se limita a recibir plantas, parques industriales, bodegas logísticas y empleos de bajo o mediano salario, sin exigir aprendizaje, proveedores nacionales, contenido tecnológico, financiamiento productivo, infraestructura, energía suficiente y formación masiva de capacidades, el nearshoring no será una nueva industrialización mexicana.
Será una nueva maquila geopolítica.
La dependencia no sólo es manufacturera. También puede ser alimentaria. En el ciclo comercial 2024/2025, las importaciones mexicanas de maíz alcanzaron un récord de 25.9 millones de toneladas; más de 99 por ciento provino de Estados Unidos y el maíz amarillo representó alrededor de 97 por ciento del total importado.
México puede ser autosuficiente en maíz blanco para consumo humano básico y, al mismo tiempo, profundamente dependiente del maíz amarillo importado para ganadería e industria. Esa distinción importa. Un país que aspira a soberanía productiva no puede desentenderse de su seguridad alimentaria. No hay autonomía industrial sólida sobre una base rural abandonada, una agricultura tecnológicamente rezagada y una dependencia estructural de insumos básicos.
La razón de fondo de esta reorganización es China. Estados Unidos no busca fortalecer América del Norte por generosidad integracionista. Lo hace porque enfrenta a una potencia industrial que ya no es simplemente el país de la mano de obra barata. China es hoy una fuerza manufacturera, tecnológica, exportadora, financiera y militar en ascenso. Su base productiva cambió la estructura del poder mundial.
En producto interno bruto medido por paridad de poder adquisitivo, el FMI ubica a China por encima de Estados Unidos. Y en manufactura, la serie del Banco Mundial sobre valor agregado manufacturero muestra la dimensión industrial de esa ventaja: China no sólo tiene una economía enorme; tiene una base manufacturera de escala superior.
Ése es el dato que reordena la política mundial: China no sólo crece. Produce. Escala. Integra. Aprende. Domina cadenas completas. Fabrica acero, maquinaria, químicos, electrónica, baterías, paneles solares, vehículos eléctricos, trenes, barcos, drones, telecomunicaciones y bienes intermedios estratégicos. No es sólo una economía grande. Es una base material de poder.
Por eso el T-MEC se ha vuelto una pieza de seguridad económica estadounidense. Washington sabe que no puede enfrentar a China sólo con Wall Street, el dólar, Silicon Valley, sanciones financieras y superioridad militar tradicional. El poder militar moderno también depende de manufactura: sensores, satélites, semiconductores, baterías, drones, misiles, comunicaciones, astilleros, electrónica, logística y capacidad de reposición industrial. La estrategia industrial de defensa estadounidense reconoce precisamente la necesidad de una base industrial resiliente, cadenas de suministro robustas y capacidad productiva para responder a conflictos de alta intensidad.
Ésa es la clave. El T-MEC ya no es sólo comercio. Es retaguardia industrial.
Estados Unidos necesita que América del Norte funcione como plataforma productiva frente al ascenso chino. Canadá aporta recursos, energía y estabilidad. México aporta trabajo, territorio, cercanía, manufactura y mercado. La pregunta es si México quiere ser instrumento de esa estrategia o sujeto de una estrategia propia.
Aquí conviene evitar fantasías. México no llegará a la revisión del T-MEC con capacidad real de imponer condiciones a Estados Unidos. La asimetría es enorme. Estados Unidos tiene el mercado, el dólar, la tecnología, las corporaciones, los instrumentos legales, la presión política y el control de buena parte de las cadenas productivas regionales. México tiene ubicación, frontera, trabajo, experiencia industrial y un papel estratégico creciente. Pero todavía no tiene poder suficiente para negociar como potencia.
El problema mexicano no se resolverá sólo en la mesa de negociación. Se resolverá antes y fuera de ella.
Un país no negocia bien porque tenga buenos discursos. Negocia bien cuando tiene alternativas. Cuando puede vender a otros mercados, financiar a sus empresas, producir insumos estratégicos, alimentar a su población, generar energía, desarrollar tecnología, formar expertos y resistir presiones externas sin paralizarse.
México no puede reclamar soberanía productiva si depende de un solo mercado. No puede exigir respeto industrial si no tiene política industrial. No puede hablar de autonomía tecnológica si universidades, centros de investigación y empresas viven desconectados. No puede aspirar a seguridad alimentaria mientras importa masivamente insumos básicos para su ganadería e industria. No puede pedir trato de potencia si actúa como plataforma subordinada.
El T-MEC no está escrito en piedra. Es una arquitectura histórica y, como toda arquitectura histórica, depende de la correlación de fuerzas que la sostiene. Hoy Estados Unidos conserva un poder enorme. Pero ese poder ya no es absoluto. Asia concentra una parte creciente del dinamismo industrial y tecnológico. China posee una base manufacturera superior. India emerge como polo demográfico, tecnológico y productivo. El Sur Global busca nuevos márgenes de negociación. Las cadenas globales ya no se organizan sólo por eficiencia, sino también por seguridad, resiliencia y diversificación.
En ese mundo, depender de un solo mercado puede convertirse en una debilidad estratégica.
México debe pensar en dos tiempos. En el corto plazo, no puede ignorar su dependencia de Estados Unidos ni imaginar que una negociación heroica corregirá treinta años de subordinación. Pero en el mediano y largo plazo tampoco debe actuar como si esa subordinación fuera irreversible. Si Estados Unidos se debilita relativamente y otros polos amplían su peso económico, México podría abrir opciones que hoy parecen limitadas.
Pero las opciones sólo sirven a los países preparados para usarlas.
La tarea nacional consiste en prepararse antes de que llegue la coyuntura. No esperar pasivamente el debilitamiento estadounidense. No fantasear con que China, India, Europa o el Sur Global resolverán los problemas mexicanos. No sustituir una dependencia por otra. Construir margen de maniobra.
Y para eso no basta hablar de soberanía. Hay que crear los instrumentos que la hacen posible.
Dos son fundamentales.
El primero es establecer un verdadero servicio civil de carrera.
México no puede aspirar a negociar estratégicamente en un mundo complejo si cada sexenio destruye experiencia técnica, memoria institucional y cuadros especializados. Un país que cambia a sus operadores económicos, energéticos, regulatorios, comerciales, científicos y diplomáticos cada seis años no acumula aprendizaje histórico. Improvisa.
La administración pública mexicana no puede seguir funcionando como un ejército de políticos esperando hueso sexenal. Esa lógica no construye Estado. Construye cuotas, favores, lealtades temporales y mediocridad técnica. Un país que reparte cargos como botín no puede competir contra potencias que forman cuadros durante décadas.
El desarrollo exige expertos. Expertos en comercio internacional, energía, banca, infraestructura, ciencia, tecnología, inteligencia artificial, agricultura, logística, regulación, competencia económica, propiedad intelectual, minerales críticos, semiconductores, agua, seguridad alimentaria y geopolítica. No operadores improvisados. No funcionarios que llegan a aprender el tema cuando ya tienen el cargo. No burócratas desechables que desaparecen cuando cambia el grupo político en el poder.
Sin servicio civil, no hay memoria institucional. Sin memoria institucional, no hay estrategia. Sin estrategia, cada gobierno empieza de nuevo. Y un Estado que empieza de nuevo cada seis años siempre negocia desde la debilidad.
El segundo instrumento es la mexicanización gradual de la banca comercial.
No nacionalizar. Mexicanizar.
La diferencia es crucial. No se trata de expropiar bancos ni de cerrar la economía. Se trata de crear condiciones para que una parte creciente del sistema bancario quede en manos mexicanas y se vincule con una estrategia nacional de desarrollo. La banca no es un sector más. Es el sistema nervioso del capitalismo. Decide qué proyectos respiran, qué empresas crecen, qué sectores reciben crédito, qué regiones se desarrollan y qué país se vuelve posible.
El sistema bancario mexicano está altamente concentrado. Al cierre de 2024, ocho bancos —BBVA, Santander, Banorte, Banamex, Scotiabank, Citi, HSBC e Inbursa— concentraban 75.3 por ciento de los activos totales del sector y 80 por ciento de la cartera total. BBVA era el banco con mayor participación en activos y cartera; Santander, otro banco de origen español, ocupaba también una posición central.
No se trata de hostilidad contra España ni contra el capital extranjero. BBVA México ha sido una institución central del sistema financiero mexicano y reporta una presencia dominante en activos, cartera y captación; Santander es un banco global nacido en España y con presencia amplia en Europa y América. El punto no es xenófobo. Es estratégico.
El ahorro generado en México debe servir cada vez más al desarrollo de México.
Una política de mexicanización bancaria podría tener menores costos geopolíticos inmediatos frente a Washington que otras medidas de soberanía económica, precisamente porque una parte relevante de la banca extranjera dominante no es estadounidense. Pero el argumento central no es diplomático. Es productivo. El crédito es una herramienta de poder. Quien controla el crédito decide qué sectores crecen, qué empresas escalan, qué proyectos sobreviven y qué país se construye.
Sin banca nacional fuerte, la política industrial queda incompleta. Puede haber planes, discursos, tratados y oportunidades, pero no habrá crédito suficiente para transformar la estructura productiva. El desarrollo requiere financiamiento de largo plazo. Requiere banca de desarrollo, sí, pero también banca comercial comprometida con la inversión interna. Requiere crédito para producir, no sólo para consumir. Requiere financiamiento para empresas mexicanas que quieran escalar, innovar, exportar, sustituir importaciones estratégicas, desarrollar proveedores, tecnificar el campo, construir vivienda, invertir en energía y competir en cadenas de mayor valor.
La mexicanización de la banca tampoco debe convertirse en capitalismo de cuates. No se trata de sustituir rentismo extranjero por rentismo nacional. No se trata de cambiar el pasaporte de los accionistas para mantener comisiones altas, crédito caro, concentración oligopólica y ganancias fáciles. Se trata de vincular propiedad, regulación, competencia, banca de desarrollo y crédito productivo con un proyecto nacional.
Una banca mexicana sin proyecto productivo sería sólo una oligarquía con bandera.
Una banca mexicana vinculada al desarrollo podría convertirse en palanca histórica.
La política correcta no sería cerrar la puerta al capital extranjero, sino abrir una puerta seria al capital mexicano de largo plazo: fondos de pensiones, inversionistas institucionales, empresarios nacionales, banca de desarrollo, ofertas públicas, asociaciones estratégicas y mecanismos regulatorios que favorezcan mayor propiedad mexicana sin destruir competencia ni estabilidad financiera.
Mexicanizar no es decretar soberanía desde el enojo. Es construir soberanía desde el crédito.
El Estado profesional es el cerebro. La banca nacional orientada al desarrollo es el músculo. La política industrial es el movimiento.
Sin cerebro, el músculo se desperdicia. Sin músculo, el cerebro sólo produce diagnósticos.
Estas dos transformaciones —servicio civil de carrera y banca crecientemente mexicanizada— no resolverían todos los problemas de México. Pero crearían instrumentos permanentes para futuras administraciones: continuidad técnica, memoria institucional, planeación estratégica, financiamiento productivo y capacidad estatal de largo plazo.
Eso sería un avance enorme.
México no necesita sólo buenos gobiernos. Necesita instituciones que permitan que los buenos proyectos sobrevivan a los gobiernos. Necesita capacidades que no dependan del humor sexenal. Necesita un Estado que aprenda, recuerde, financie, coordine y ejecute. Sin eso, cualquier política industrial será frágil. Cualquier negociación será defensiva. Cualquier oportunidad histórica se convertirá en otra promesa desperdiciada.
La integración regional puede tener sentido si México entra con proyecto nacional. Sin proyecto, el T-MEC funciona como estructura de captura. Con proyecto, puede convertirse en palanca. La diferencia no está en el tratado por sí mismo, sino en la capacidad del Estado mexicano para organizar el desarrollo.
El mercado no decidirá por sí solo una buena estructura productiva para México. El mercado asigna según rentabilidad privada, no según soberanía nacional. Las empresas transnacionales localizan procesos donde conviene a sus matrices, no donde conviene al desarrollo integral del país receptor. La inversión extranjera busca eficiencia, no emancipación. El comercio expande flujos, no necesariamente capacidades.
Sin Estado, sin crédito nacional y sin visión histórica, la integración reproduce jerarquías.
México no necesita escoger amo. Necesita construir margen de maniobra. Debe comerciar con Estados Unidos sin convertirse en sirviente de Washington. Debe relacionarse con China sin caer en una nueva dependencia. Debe abrir vínculos con Asia, India, Europa, América Latina y el Sur Global. Debe usar su posición geográfica como ventaja negociadora, no como cadena.
El dilema mexicano no es integración o aislamiento. Es subordinación o estrategia.
No se trata de abandonar el T-MEC ni de rechazar el comercio con Estados Unidos. Se trata de dejar de pensar como maquila agradecida y empezar a actuar como nación con derecho al desarrollo.
Estados Unidos sabe lo que quiere: una América del Norte organizada alrededor de su liderazgo industrial frente a China. Quiere insumos, energía, minerales, manufactura, mercado, propiedad intelectual, reglas comunes y control estratégico. Quiere una región funcional a sus necesidades históricas.
La pregunta es si México sabe lo que quiere.
Si México responde que quiere inversión, empleo y exportaciones, la respuesta será insuficiente. Eso ya lo quiso durante treinta años. La pregunta debe ser más alta: ¿quiere construir poder productivo?, ¿quiere empresas nacionales?, ¿quiere tecnología propia?, ¿quiere banca mexicana?, ¿quiere servicio civil profesional?, ¿quiere seguridad alimentaria?, ¿quiere proveedores nacionales?, ¿quiere universidades conectadas con sectores estratégicos?, ¿quiere decidir su relación con China, Asia, Europa y América Latina desde una posición propia?
México no puede seguir ofreciendo su territorio, su trabajo, su mercado y su ahorro para que otros reconstruyan su poder histórico mientras el país permanece sin proyecto propio. No puede limitarse a ser colchón logístico, reserva laboral y mercado cautivo de una potencia que busca conservar su hegemonía. No puede renunciar a los polos más dinámicos de la economía mundial porque Washington decidió que su rivalidad con China debe ordenar el destino de todos.
El T-MEC debe ser una herramienta, no una prisión. La cercanía geográfica debe ser ventaja, no servidumbre. La integración con Estados Unidos debe ser instrumento, no identidad.
Pero nada de eso ocurrirá por buena voluntad estadounidense ni por retórica mexicana. O México construye Estado, crédito, tecnología, empresas, expertos y poder productivo propio, o seguirá administrando una integración diseñada por otros.
Porque si México no define su proyecto, el T-MEC ya trae uno incorporado.
Y en ese proyecto, México no es protagonista.
Es proveedor.


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