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Elecciones y financiamiento

  • May 27
  • 5 min read

Nicolás Jiménez

Cuando estudias cómo funciona la política en nuestro país, te das cuenta de que los libros de Bobbio, Sartori que hablan de democracia, del voto libre y secreto, es solo una embarrada de lo que realmente pasa en la calle.

Cuando ves lo que pasa en las elecciones, te cae el veinte de que la política no se trata solo de propuestas, sino de quién tiene la cartera más gorda y los mejores contactos para mover el sistema a su antojo. Lo que estamos viendo no es un error del sistema, es casi un modelo de negocio donde existe una maquinaria que opera en las sombras. Se siente como si estuviéramos jugando un partido donde el árbitro y las reglas ya están comprados desde antes de que empiece el juego.

Hablar de dinero ilegal y de votos al mejor postor, no es solo echarle la culpa a un partido o a un político en específico; es reconocer que hay una estructura bien armada que involucra a empresarios, medios de comunicación y hasta a las mismas instituciones que deberían cuidarnos. Esto genera confusión, por un lado, quieres creer que tu participación cuenta, pero por otro, te topas con esta realidad, donde el hambre de la gente se usa como herramienta de control y donde el dinero sucio es el que termina decidiendo quién se sienta en la silla del poder.

Este análisis es para profundizar el funcionamiento del dinero ilegal y no quedarse con el dicho de que todos son iguales o todos son corruptos, para ello se llega a un punto de inflexión donde la impunidad es la base de toda corrupción.

Guillen Reyes, Gonzalo Jaramillo y Mastreta Guzmán en su libro Dinero ilegal, elecciones y violencia en Puebla, nos dan un panorama de las elecciones en puebla y de cómo se ganan. No hablan de fallas aisladas o de un par de políticos corruptos; ellos describen un sistema completo, una "maquinaria" perfectamente aceitada que lleva funcionando unos cuarenta años en el estado de Puebla.

Según los testimonios de gente que estuvo "ahí metida" en las entrañas del gobierno y los partidos, la democracia en México, o al menos en Puebla, ha sido controlada desde arriba. El gobernador en turno no es solo un administrador, sino el "operador político total". Él es quien mueve los hilos, el que tiene la llave de la caja del dinero público y el que decide quién sube y quién baja. Ejemplo de ello es el PRI que utilizó al ejército y a la policía para levantar las casillas porque la gente ya no quería votar por ellos. Desde ahí se empezó a construir una estructura ilegal pero muy funcional que operaba desde la Secretaría de Gobernación, donde hacían ingeniería: mapeaban el estado sección por sección, sabían dónde estaban flacos y dónde tenían que meterle dinero o presión. Pero la historia se pone más interesante cuando llegamos a la era de Rafael Moreno Valle. El libro explica cómo él no inventó el hilo negro, sino que agarró esa vieja estructura priista y la modernizó al estilo panista, llevándola a un nivel de control absoluto. Ahora lo están haciendo los de MORENA.

Me llamó mucho la atención la parte donde cuentan que en las reuniones con candidatos llegaban literalmente bolsas de dinero en efectivo. Y si algún candidato tenía problemas con sus cuentas públicas, ¡no pasaba nada! En 48 horas el Congreso le arreglaba todo si jugaba para el equipo del gobernador. Es un uso patrimonialista del Estado donde el dinero público se vuelve el "aceite" de la máquina electoral.

Otro punto es el papel de los partidos. Según el análisis, los partidos políticos se han convertido en simples "membretes" o cáscaras vacías. No importa si es el PAN, el PRI o Morena; lo que mandan son los grupos de poder fáctico y el dinero. Por ejemplo, en la elección de 2019, se menciona que a Barbosa lo salvaron los votos del PT y del Verde, y una operación muy fuerte de financiamiento directo en efectivo en el sur del estado. Al final, la gente muchas veces en situaciones de pobreza termina votando no por ideología, sino porque se sienten "huérfanos" políticamente o por la necesidad del dinero que les ofrecen.

Al final, aunque los nombres de los gobernadores cambien (Bartlett, Moreno Valle, Barbosa, Armenta), la estructura de manipulación parece sobrevivir. Es como un monstruo que cambia de piel, pero sigue comiendo lo mismo: dinero ilegal y la esperanza de la gente. El libro nos advierte que mientras la política siga siendo un negocio de compraventa de votos y los partidos sean solo negocios de grupos de poder, la verdadera democracia va a seguir siendo una tarea pendiente en Puebla. Es un retrato bastante crudo, pero necesario para dejar de ser ingenuos sobre cómo se gana realmente el poder en nuestro país.

Algo que me dejó pensando, es cómo el texto describe que la política en Puebla se convirtió en una especie de "servicio de banquetes" o de eventos. Suena raro, pero Mastretta, et. al. explican que los operadores políticos ya no buscaban convencer a la gente con ideas, sino que se volvieron expertos en logística de regalos. Habla sobre la "profesionalización del mapache". Ya no es solo el tipo que se roba una urna; ahora son ingenieros de datos. Tienen un control tan exacto de las colonias y juntas auxiliares que saben cuántos bultos de cemento o cuántas despensas se necesitan para mover el ánimo de una calle entera. Es casi como un estudio de mercado, pero usado para manipular la voluntad de la gente.

Otro punto que vale la pena resaltar es el papel de los empresarios y los constructores, el dinero no solo sale de los impuestos, sino de "adelantos" que los empresarios le dan a los candidatos. Básicamente, es una inversión: yo te doy dinero para tu campaña en efectivo (para que no lo vea el INE) y, cuando ganes, tú me das las obras públicas de la ciudad o del estado. Es un círculo vicioso donde el gobierno no contrata al mejor constructor, sino al que más le metió dinero a la campaña. También se toca un tema bien delicado: el vínculo con la inseguridad. El texto sugiere que en algunas zonas del estado, la línea entre el operador político y los grupos que controlan economías ilegales se vuelve muy delgada. Ya no es solo "convencer" al votante, sino que en ciertos lugares se siente una presión implícita, ya que el control territorial lo tienen personajes que no necesariamente son del gobierno, pero que trabajan de la mano con el partido en el poder, para garantizar que los votos caigan donde deben.

Para terminar, se puede decir que la alternancia fue un espejismo. Uno pensaría que cuando el PAN le ganó al PRI, las cosas iban a cambiar, pero el libro argumenta que lo único que pasó fue que los nuevos aprendieron las mañas de los viejos y las hicieron más eficientes. El sistema de control que empezó en los 80 con el PRI, se perfeccionó tanto que ahora parece que no importa quién esté en la silla, la estructura de operación de Estado sigue viva.

Es como si el ADN de la política poblana ya estuviera programado para funcionar así, con dinero por debajo de la mesa y un control total desde la oficina del gobernador. Lo que el texto llama el "operador político total" (el gobernador o el presidente) sigue muy vivo.

Hoy vemos cómo los programas sociales se usan con una lógica muy parecida a la que describe el libro.

No es que dar apoyos esté mal, el problema es que la estructura para entregarlos es casi un calco de los antiguos mapaches; hay personas recorriendo las calles, tomando datos y generando una dependencia que, a la hora de las elecciones, se traduce en un "voto de gratitud" o miedo a perder el beneficio.

 
 
 

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