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Encuentro de ocurrencias

Diario de un reportero


Miguel Molina


Fueron dos horas que nunca podré recobrar. Nadie ganó, porque nadie puede decir quién gana en un ejercicio como el del domingo: tres aspirantes a la Presidencia jugando a que tenían una discusión seria sobre los asuntos nacionales, pero enfrascados en un intercambio de ocurrencias y epítetos que ni siquiera tenían el beneficio del ingenio.


Me quedé con las ganas de saber qué piensan hacer para que ya no haya tantos muertos, tantas extorsiones, tantos asaltos, tanta corrupción, tanta impunidad. También me quedé con las ganas de saber cómo – y a qué costo – se van a conseguir las medicinas que faltan, los médicos que faltan, las enfermeras que faltan, los hospitales que faltan.


Pero no hubo un debate serio. Hubo ataques personales, hubo respuestas a preguntas que nadie hizo, y no hubo respuestas a las preguntas que se hicieron. Se habló de continuidad, se habló de corrupción de antes y de ahora, pero nadie asumió compromisos, nadie planteó el tipo de país que pretende construir. Esperaba un enfrentamiento de ideas y lo que vi fue un encuentro de ocurrencias.


Una diezmilésima parte

Evité leer o ver u oír cualquier cosa que tuviera que ver con el encuentro. Después me enteré de que el plan era que se hicieran oir las voces de quienes tuvieran algo que decir. Veinticuatro mil personas mandaron sus preguntas y esperaban respuestas, pero el centro de investigación Signa lab, de la Universidad Jesuita de Guadalajara redujo el vocerío a ciento ocho, una diezmilésima parte de la población nacional. Supe que el asunto paró en tres listas que permitirían que los moderadores interrogaran a las señoras y al señor que quieren la Presidencia. Parece que no funcionó muy bien.


Tan fácil que sería preguntar, sin consulta previa, qué proyecto tiene cada aspirante presidencial para la seguridad, para la salud, para la educación, para el medio ambiente, para la economía, para el comercio, para la relación de la Presidencia con otros órganos del poder público, para cosas así, y dar paso a que se cuestionaran entre sí, como corresponde a un debate.


Desde el balcón

Al atardecer del martes salió por fin el sol, tal vez cansado del eclipse, y las hojas húmedas de los árboles tenían reflejos que solamente se ven en primavera. Malta en mano, uno se sienta a ver toda esa tibieza vegetal y sabe que ha valido la pena.


El miércoles fue otra historia: un cielo cambiante y la bise – el viento helado que baja de las montañas y rebota en el lago antes de correr por las calles de la ciudad – dan la impresión de que este es otro día, aunque no se sepa cuál. Uno se entera de que murió Peter Higgs, cuyo nombre invocamos la semana pasada.


Hace sesenta años, el profesor declaró que había una partícula original, el bosón, la partícula de Dios, de la cual se generó la masa de otras partículas, y así sucesivamente, lo que explica el nivel más fundamental del universo visible.


Y se pusieron a buscar el bosón de Higgs. Pasaron cuarenta años. Y un jueves de julio de hace doce años hubo pruebas de que la vaina esa existía. Uno conoció el aparato donde se produjo el descubrimiento. Es un aparato de veintisiete kilómetros de diámetro que no cupo en Suiza y entró en Francia, y se ocupa de buscar pizcas de la materia, casi invisibles, cuya vida dura infinitamente menos que nada pero hacen posible todo lo que vemos y lo que no vemos.


Uno alza la copa de malta al frío, a la memoria de Higgs, que vio antes que todos de qué está hecho el universo, a la breve salud de su partícula, a la primavera que todavía va y viene, y decide no decir nada sobre los trescientos millones de pesos que se encontraron en la Fiscalía General de Veracruz, y cuya existencia fue más fugaz que la de un bosón

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