Esta semana, sobre todo el martes

Diario de un reportero

Miguel Molina


Esta semana, sobre todo el martes, hubo comidas y desayunos porque se observaba – no se puede festejar – el día de la Libertad de Prensa, con todo y mayúsculas. En un espectáculo inusitado, gobierno y reporteros compartieron la mesa y el desayuno o la comida. Hacía tiempo que eso no se usaba.


Faltó que los propios colegas organizaran encuentros para hablar sobre el oficio, para pensar en voz alta sobre lo que hacemos, y más que nada para saber qué piensa de lo que hacemos un público más allá del habitual, hecho de funcionarios y políticos. Faltó que la prensa hablara sobre la prensa misma. Pero en fin...


Como muchas veces antes, la relación de la prensa con el gobierno de Veracruz no ha sido buena: el poder no quiere a los medios que cuentan las cosas sin filtros porque, como explicó a mediados del siglo XIX el pensador y soldado francés Maurice Joly, expresan las necesidades, traducen las quejas, denuncian los abusos y los actos arbitrarios, y obligan a los depositarios del poder a la moralidad.


Geoffrey Goodman, fundador de la Revista Británica de Periodismo, vio con claridad la esencia de nuestro trabajo, y descubrió sus riesgos: (...) la corrosión mutua que hay en la relación entre la vida política y los medios es causa

importante de la extendida desilusión pública con la política y quizá con la democracia misma, advirtió el periodista.


Otro riesgo del oficio es que los periodistas se sientan con derecho a convertirse en una élite gobernante, decía Goodman, quien ponía el ejemplo de Gran Bretaña, donde había dos centros de la democracia: la Cámara de los Comunes y la Cámara de las Columnas. Allá como aquí y casi en cualquier otra parte.


Los medios cuentan lo que pasa: la violencia, la inseguridad, el miedo, los asesinatos que sufren los veracruzanos como cualquier otro mexicano, la impunidad, la corrupción, la molestia o el desencanto de la opinión pública, el último interlocutor que nos queda, porque el discurso oficial – hecho de palabras sin ideas – se limita a lo que dice el gobernador, antes y ahora y quizá después.


En fin. La historia se repite y los columnistas – sobre todo los columnistas –también nos repetimos, sobre todo cuando pasan cosas que ya habían pasado. Uno tiene el derecho de preguntar para satisfacer la necesidad de saber, pero eso no sirve de nada cuando la prensa y las autoridades se han acostumbrado a una relación adversarial que no le sirve a nadie, y nadie se sienta a pensar lo que está haciendo.


Y eso no es motivo de celebración.


Desde el balcón

A veces llega el día en que el día no llega. Uno ve la tarde ora gris, ora dorada, y toma un trago de malta y piensa en el futuro inmediato, que en este caso es el

jueves en Londres, donde tantas cosas quiso, y adonde uno vuelve después de dos años a ver qué dejaron la pandemia y brexit, y cuánto puede rescatarse del olvido.


Pero una semana no podrá deshacer tanto tiempo. Después de todo, uno llegó a Londres por un año que se volvió muchos, y se acostumbró a la vida como era en una ciudad que no se parecía a ninguna otra. Aprendió a hacer té como es debido, aunque nunca cedió a la costumbre de beber cerveza – o ninguna otra cosa – de pie, y votó Laborista cuando pudo, porque uno solamente hace lo que puede. Lo demás fue literatura.


A ver qué pasa. Por lo pronto, la semana próxima no habrá apuntes de este Diario. Y la que viene tampoco, porque hay que tomar una vacación para descansar de la vacación, y para eso están Winterthur, en el este de Suiza, donde hay museos que guardan sorpresas nueva y conocidas, y Zug, donde hay una exhibición de la influencia del arte japonés en los impresionistas, y tal vez Zurich, donde hay tanto que ver y comer y beber.


Ni modo.