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Feminismo sin pueblo

  • Nov 29, 2025
  • 3 min read

Félix Estrada

 

El conflicto que estalló en el CIDE tras la demanda por daño moral presentada contra una profesora que acusó sin pruebas de plagio reveló un fenómeno que ya venía gestándose desde hace años: el desgaste del feminismo universitario que opera desde la comodidad de los campus y que, a fuerza de repetir los mismos conceptos importados, fue perdiendo contacto con la realidad de las mujeres mexicanas.

La reacción fue inmediata y predecible. Bastó que se usara un mecanismo legal legítimo para que aparecieran comunicados que hablaban de intimidación patriarcal, violencia institucional, silenciamiento y todas las frases que hoy forman parte de un repertorio que ya se activa sin reflexión. Nadie pidió pruebas. Nadie cuestionó la acusación inicial. Nadie se detuvo a pensar que defender el honor profesional mediante una demanda civil no es violencia y no puede serlo.

La discusión dejó de girar alrededor de los hechos para convertirse en un juicio moral que depende por completo de la identidad de las personas involucradas. Lo más llamativo fue la ausencia de eco. La narrativa no consiguió salir de los mismos círculos de siempre. No hubo movilización estudiantil fuera de los grupos politizados, no hubo respaldo de voces feministas con reconocimiento nacional, y los medios más reconocidos del país simplemente ignoraron la historia.

Lo que para algunos parecía un escándalo inminente terminó convertido en un episodio menor, encerrado en su propia burbuja y sin capacidad de influir en la opinión pública más allá de los pasillos del campus. Y aquí aparece el punto incómodo, pero necesario: ese feminismo universitario que reaccionó con tanta rapidez ya no representa a las mujeres reales del país.

La distancia es enorme. Mientras millones de mujeres mexicanas enfrentan violencia extrema, precariedad laboral, falta de justicia y carencias estructurales, ciertos colectivos de élite han reducido la conversación a una disputa de lenguaje, símbolos y gestos dentro de instituciones académicas que viven alejadas de la realidad. Se habla en nombre de “las mujeres”, pero el país que aparece en sus comunicados es un país abstracto, sin pobreza ni desigualdad material.

La mayoría de las expresiones que utilizan estos grupos provienen de marcos anglosajones construidos para realidades que no se parecen a la mexicana. “Gaslighting institucional”, “microagresiones sistémicas”, “espacios seguros”, “violencia epistémica”: todo eso llega traducido desde debates que surgieron en universidades estadounidenses y que se adoptaron aquí sin ningún esfuerzo de adaptación.

El resultado es una especie de colonialismo conceptual que reemplaza nuestras propias categorías por un vocabulario que suena sofisticado, pero que no nombra las experiencias concretas de la mayoría de las mujeres del país. Lo más revelador es que este feminismo académico habla desde arriba.

Habla desde oficinas climatizadas y desde un lenguaje que exige un nivel de capital cultural que solo una minoría posee. Habla desde una seguridad institucional que millones de mujeres nunca han tenido. Y habla, sobre todo, desde una convicción moral que no acepta discusión. Ese tono altivo explica por qué la narrativa ya no tiene la fuerza que tuvo hace algunos años.

La sociedad distingue cada vez más entre violencia real y uso inflacionario del término. Distingue entre la defensa legítima de la reputación y los intentos de convertir cualquier desacuerdo en una agresión. Distingue entre causas verdaderas y conflictos internos maquillados como batallas éticas. Lo que vimos en el CIDE fue una reacción automática que ya no produce convicción.

Se repitieron las mismas palabras, las mismas consignas, los mismos diagnósticos absolutos, pero sin conectar con nadie fuera del grupo que los emite. Y cuando un discurso deja de conectar, deja de tener poder. México necesita un feminismo fuerte, claro y conectado con las mujeres reales.

Con las que trabajan doble jornada, con las que enfrentan violencia cotidiana, con las que cargan con un Estado que no llega. No necesitamos un feminismo que convierta procedimientos legales en actos patriarcales ni que reduzca todos los conflictos a la misma narrativa importada.

Un feminismo que no sepa distinguir entre una agresión y una demanda civil corre el riesgo de vaciar de sentido las luchas que sí importan. La demanda por daño moral no es violencia. Es un instrumento legal que existe para proteger la dignidad de cualquier persona.

Convertirla automáticamente en una forma de opresión patriarcal revela menos sobre el caso y más sobre la crisis de un feminismo universitario que se extravió en su propio espejo. Cuando el lenguaje se desgasta, también lo hace la causa. Y cuando la causa se separa del pueblo, pierde legitimidad.

 
 
 

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