Haití, Bukele y la sombra de Trujillo
Diego Martín Velázquez Caballero
La comparación entre Nayib Bukele y el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo exige cautela. No son figuras equivalentes, ni los hechos disponibles permiten presentar la reciente operación salvadoreña en Haití como una intervención para combatir el comunismo. Lo que se ha informado es una misión de búsqueda y rescate: después de que cuatro técnicos salvadoreños vinculados a la fuerza multinacional de seguridad desaparecieran tras un ataque, Bukele anunció una operación y El Salvador desplegó fuerzas especiales para localizarlos. Washington expresó respaldo a los esfuerzos de rescate.
Ese contexto no vuelve irrelevante el episodio. La decisión de proyectar fuerza más allá de las fronteras salvadoreñas, en un país donde la seguridad y la soberanía son asuntos especialmente sensibles, ofrece una imagen de iniciativa y capacidad organizativa que Bukele cultiva con esmero. Pero una operación puntual de rescate no basta, por sí sola, para anunciar un nuevo orden geopolítico latinoamericano ni para concluir que ha comenzado una etapa comparable a la que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Las transformaciones históricas de esa magnitud se reconocen por sus estructuras y consecuencias, no solo por el dramatismo de una acción.
La referencia a Trujillo puede servir como advertencia sobre el modo en que los gobiernos de la región han vinculado seguridad, poder y alineamiento internacional, pero no como equivalencia. Trujillo gobernó la República Dominicana durante décadas mediante una dictadura personalista, violenta y represiva; su anticomunismo fue parte de un repertorio político que encontró acomodo en el clima de la Guerra Fría y en las prioridades de Estados Unidos. Bukele, en cambio, actúa en un marco histórico distinto y su operación en Haití, según la información disponible, responde a la desaparición de personal salvadoreño, no a una campaña ideológica contra la izquierda.
La comparación más productiva, entonces, no consiste en llamar a Bukele un nuevo Trujillo, sino en preguntar qué significa que un mandatario centroamericano pueda convertir una crisis de seguridad en una demostración de alcance regional. ¿Es una contribución limitada a una misión internacional? ¿Una señal de autonomía y ambición? ¿O una forma de ganar peso dentro de un orden hemisférico en el que Washington sigue siendo un actor central? Por ahora, los hechos permiten plantear esas preguntas, no resolverlas.
También conviene distinguir entre respaldo estadounidense y control estadounidense. El apoyo de Washington a una operación no demuestra, por sí mismo, que esta obedezca a un plan geopolítico más amplio. Para sostener esa tesis harían falta pruebas sobre coordinación, objetivos y consecuencias que excedan el episodio inmediato.
Bukele puede estar ensayando un papel regional más visible. Haití, sin embargo, no debería convertirse en telón de fondo para proclamar una nueva era antes de tiempo. La historia latinoamericana aconseja observar con atención el ejercicio del poder, pero también medir las analogías y separar los hechos de las expectativas.


Comments