Hipócritas: el complot geoeconómico
- Feb 9
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Diego Martín Velázquez Caballero
En el teatro de la política internacional, la desmesura y el engaño suelen ser las divisas más corrientes. Como bien advertía Karl Deutsch en sus teorías sobre la comunicación nerviosa de los Estados, la humanidad no es conducida por entidades metafísicas ni por los delirios esotéricos de reptilianos o sectas ocultas, sino por una decena de potencias y grupos económicos que se disputan el control de los recursos y la obediencia de las masas. Lo que hoy presenciamos en la tensa relación entre Estados Unidos y México no es una lucha del bien contra el mal, sino una tecnología de poder fundamentada en el complot como distractor. Se trata de una geoeconomía de la hipocresía donde las élites prefieren fabricar enemigos externos antes que mirarse en el espejo de sus propias debilidades humanas.
Esta dinámica de asedio constante tiene un eco profundo en las palabras de Blas Piñar, quien al final del franquismo denunció el pragmatismo inmoral de Washington. Aquel grito de “hipócritas” sigue resonando con una vigencia aterradora. Estados Unidos, en su afán por salvaguardar su hegemonía, ha demostrado históricamente que no posee lealtades ideológicas, sino intereses de mercado. Así como abandonaron al franquismo cuando dejó de ser funcional para la transición democrática europea, o como el PRI mexicano fue sustituido por el PAN bajo la presión de la apertura neoliberal, hoy el sistema político mexicano entero se tambalea ante la posibilidad de ser desechado. La obra de José Luis Orozco y el sacrificio periodístico de Manuel Buendía nos recordaron que el Estado mexicano, desde el Plan de Casamata, los Tratados de Bucareli hasta el presente, opera bajo una tutela que es tan estrecha como frágil.
El actual señalamiento de voces como Peter Schweizer, que acusan a México de ser un vehículo para un golpe invisible chino, es la culminación de este socialismo de los tontos. Estados Unidos utiliza a México como un chivo expiatorio para no admitir la descomposición de su propio tejido social. Es más sencillo culpar a una supuesta conspiración mongol o a la migración desbordada que reconocer que la sociedad norteamericana está alienada, profundamente adicta al fentanilo que su propia industria farmacéutica fomentó, y estructuralmente dependiente de la mano de obra barata que hoy criminaliza. Esta narrativa de la conspiración externa funciona como un narcótico electoral que evita discutir la falta de control sobre las corporaciones que, en su delirio de omnipotencia, planean ya su escape hacia fronteras extraterrestres para evadir cualquier responsabilidad constitucional o social.
Sin embargo, la hipocresía es bidireccional. México, en su papel de satélite resentido, también se refugia en el discurso de la soberanía violada para ocultar una ingobernabilidad galopante y una corrupción que ya no solo es económica, sino ontológica. La élite mexicana se sirve de la dependencia con el vecino del norte para justificar su incapacidad de frenar la descomposición interna, permitiendo que el país se convierta en un territorio de extracción brutal donde la vida humana tiene poco valor. En medio de este choque de cinismos, los 50 millones de mexicanos que viven en la diáspora corren el riesgo de convertirse en los nuevos judíos de este siglo. Si la propaganda de la conspiración logra consolidar al migrante como el agente del complot que destruye la identidad nacional estadounidense, el camino hacia una persecución de dimensiones similares a las del Holocausto en Europa del Este queda peligrosamente pavimentado.
La preservación de la idea de Norteamérica es esencial para Occidente frente al avance de bloques como China o la resurgencia de fundamentalismos religiosos, pero esa unidad no puede construirse sobre la base del sacrificio de los más vulnerables. La verdadera conspiración no es secreta: es la extracción sistemática de la dignidad humana para alimentar un sistema de poder que prefiere el caos de las noticias falsas a la rendición de cuentas. Si no logramos desmontar estas ficciones conspirativas y señalar los mecanismos reales de la geoeconomía, la hipocresía terminará por devorar las últimas instituciones que sostienen nuestra convivencia. Es hora de dejar de buscar reptiles en la sombra y comenzar a confrontar a los hombres de carne y hueso que, en nombre del orden, están incendiando el futuro de ambos lados de la frontera.


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