Huachicol 4T
- Apr 27
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Xochitl Patricia Campos López
El fenómeno del huachicol fiscal en México es, sin duda, uno de los mayores reflejos de cómo el Estado ha sido incapaz de defender sus recursos y de cómo la corrupción ha permeado en todos los niveles de gobierno. Desde hace décadas, el saqueo de combustibles se ha convertido en un negocio que alimenta redes criminales y que ha causado pérdidas millonarias a las arcas del país. Durante los gobiernos populistas de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, el control estatal de Petróleos Mexicanos (PEMEX) se convirtió en un instrumento para mantener un modelo económico basado en la dependencia del petróleo y en la distribución de recursos a través de un Estado que, en realidad, se convirtió en un gran aparato de clientelismo y corrupción.
Hoy, en la llamada cuarta transformación, parece que no se ha aprendido nada. PEMEX, que en teoría debería ser un pilar para la soberanía energética, ha sido pervertido y convertido en un botín más en manos de quienes buscan enriquecerse a costa del erario. La inacción y la falta de una política clara para modernizar y hacer más eficiente a la paraestatal han permitido que el huachicol siga creciendo, alimentado por una estructura que se ha convertido en un sistema paralelo de financiamiento ilegal. La diferencia con los gobiernos populistas de antes es que ahora los daños son aún mayores, pues se suman a un escenario donde el Estado ha perdido autoridad y donde las instituciones parecen estar completamente extraviadas.
La situación en la Marina, uno de los sectores militares más ligados a Estados Unidos, refleja también esta misma tendencia de corrupción y desviación. La captura del contralmirante Fernando Farías en Argentina, ligado a redes de huachicol y contrabando de hidrocarburos, demuestra que incluso dentro de las fuerzas armadas se han infiltrado prácticas que deberían ser impensables. La responsabilidad de esta situación recae en el régimen de Morena, que ha convertido a la institución en un escenario donde la impunidad y el favoritismo parecen ser la norma. La Armada, que en otros tiempos fue símbolo de profesionalismo y cooperación internacional, ahora parece haber sido absorbida por la misma lógica de corrupción que tanto daño hizo en el pasado con figuras como Jorge Díaz Serrano, responsable en su momento de manejar PEMEX con una visión equivocada y llena de privilegios.
Escándalos como Segalmex, el Tren Maya, las refinerías y otros proyectos emblemáticos del gobierno morenista no lograron crear una verdadera alternativa económica para el país. En su lugar, lo que se ha visto es una expansión de la corrupción, que en algunos casos ha llegado a convertir a la misma Secretaría de la Marina en un espacio de impunidad y desvío de recursos. La misma historia de siempre, con un Estado incapaz de controlar sus recursos y con una clase política que antepone sus intereses particulares a los de la nación. La pregunta sigue siendo: ¿Cuánto más tendrá que pagar México por confiar en un régimen que, en realidad, solo ha profundizado sus heridas?


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