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La crisis bancaria

León Bendesky Una vez que surge una crisis bancaria, nadie sabe cómo se desenvolverá, menos cómo acabará. La situación de cada banco es distinta, la fragilidad de unos se agrava y pone en riesgo a los otros. El tamaño, en cuanto a los recursos que se manejan, es muy diverso y la interrelación es amplia y extendida. Los directivos de las instituciones financieras y los funcionarios de gobiernos y organismos internacionales tratarán, con algunas acciones y más declaraciones, de calmar los ánimos e infundir confianza. Los depositantes –algunos de ellos asegurados por una determinada cantidad, otros no– sopesarán su grado de confianza y qué tanto se tambalea. Si llegan a exigir su dinero al mismo tiempo, por un efecto de contagio, provocarán que se cumpla la predicción de quiebra. La función de los bancos centrales es proveer liquidez para que las deudas puedan cubrirse y, así, contener una corrida bancaria. Una crisis como la que provocó hace pocos días la caída de Silicon Valley Bank y sus secuelas, cambia radicalmente la concepción que se tiene del dinero. Una cosa es que su valor se erosione por la inflación, como ha ocurrido ya durante varios meses y de manera costosa, y otra muy distinta es que se pierda el ahorro o el patrimonio que se tiene en un banco. Los retiros de los bancos han sido muy considerables en los días recientes. Vale la pena leer el pequeño libro de Walter Bagehot titulado Lombard Street: una descripción del mercado de dinero. Ahí se postula y se explica que la función esencial de un banco central es la de prestamista de última instancia en el mercado. (El libro de Bagehot, publicado en 1873 envejece con mucha dignidad y está redactado en términos comprensibles). Eso está ocurriendo, por supuesto, en esta ocasión. Liquidez, es el nombre de juego. Recursos que puedan estabilizar a un banco en problemas y promover algún grado de confianza entre los usuarios del sistema. Aislar las situaciones de crisis para que el sistema no colapse. Por eso el caso de Credit Suisse y su acelerada fusión con UBS, otro banco suizo incluso más grande por la cantidad de sus activos, se hizo con tanta premura, en sólo cuatro días, para contener la crisis. En el proceso se pasó por encima de los tenedores de una serie de bonos emitidos por el banco y valuados en más de 17 mil millones de dólares y cuyo valor se esfumó. Esta fusión y las condiciones de los bancos europeos darán todavía mucho de qué hablar. La intervención tan decisiva por parte del gobierno suizo, no consiguió detener por completo la caída de las acciones bancarias por las repercusiones en el mercado y en el estado de confianza de los inversionistas y los depositantes. El pasado fin de semana, el Deutsche Bank AG, el más grande de Alemania estaba siendo observado con detenimiento, mientras eso ocurría el precio de sus acciones llegaron a depreciarse hasta 14 por ciento. La situación de fragilidad de los bancos puede derivar en un riesgo sistémico en materia financiera; esto es lo que se tratará de prevenir. Habrá una recomposición en el sector bancario, con una concentración mayor en los bancos más grandes y, con ello, del poder del sector financiero. Esto ocurre en un entorno en que la regulación bancaria está cuestionada y se resienten las condiciones en que da la extendida innovación de los productos financieros con la consiguiente amplificación de los riesgos. La crisis de 2008 puso esto muy en claro y tan sólo 15 años después el tremor vuelve a sentirse. Un aspecto que debe ponerse de relieve es la naturaleza del dinero; el funcionamiento complejo del mercado y su significado financiero y de modo más general, económico. Su carácter técnico no debe utilizarse como excusa para hacer de este sector una especie de hoyo negro para los ciudadanos y su patrimonio. Esto enmarca el carácter de los flujos que conforman las transacciones y los mercados: como las corrientes de los capitales, la producción, el comercio y el trabajo. Estos son los hilos del tejido capitalista en su fase eminentemente financiera, una parte es visible, otra, la más relevante y profunda es una suerte de zurcido invisible. La cuerda se ha ido tensando cada vez más desde la década de 1980. El quebranto de Silicon Valley, que inició el episodio de turbulencia que está en curso se asoció con el impacto del proceso de alza de las tasas de interés liderado por la Reserva Federal. Tasas más altas benefician el ingreso de los bancos por los créditos que colocan. Pero, por otro lado, tienden a descuadrar la tesorería de un banco, si los plazos y las tasas a los que invierten, por ejemplo, en bonos del Tesoro, no alcanzan después para cubrir sus compromisos de pago. Este es el principio de conciliación bancaria. Aún así, en medio del jaleo, la Fed volvió a subir hace unos días la tasa de interés, ahora en un cuarto de punto porcentual, menos del medio punto que había subido en las pasadas reuniones del Comité de Mercado Abierto. Esto es controvertido, pues la tasa de inflación llegó a 9.1 por ciento en junio de 2022 y en febrero pasado fue 6 por ciento; un nivel que se considera muy alto pues la meta es de 2 por ciento anual. El banco central prefirió mostrar que las acciones contra la inflación son prioritarias y dar la nota de que el sistema bancario de Estados Unidos es resiliente y cuenta con un esquema de protección suficiente para contener una crisis. Ya se verá cómo se da este proceso. Debe advertirse cómo es que en esta materia el discurso es de una gran relevancia, pues las cosas dependen en gran medida de la confianza. También debe notarse que cuando la confianza se desvanece, lo hace a una gran velocidad.



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