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La cultura política democrática y el INE

Diego Martín Velázquez Caballero


Como en cada elección, las formas y modos en que los actores políticos se conducen para monopolizar los cargos de representación pública resultan sorprendentes. Abundan ahora los procesos de usurpación de identidad indígena y de género para que caciques y oligarquías mantengan su poder a costa del erario público. La exhibición del fenómeno sirve poco.

En otros análisis políticos y jurídicos se afirma la necesidad de mayor burocracia para vigilar microespacialmente el proceso. La aplicación de la ley no es, sin embargo, una opción válida en el México contemporáneo.

Para obedecer la ley hace falta educar en la razón y, en Estados débiles como el mexicano, por economía procesal se abandonan determinadas acciones que tendrían un alto valor significativo.

El sentido común indica que el INE nunca tuvo la fuerza para imponer leyes y sanciones correspondientes. Sin embargo, también quedan para la historia, las cuantiosas multas que impuso en ciertas ocasiones y que, sin embargo, también terminaron en el dispendio.

El INE nunca quiso impulsar el esfuerzo para aplicar el sistema draconiano que representan las reglas electorales. Ni el presupuesto nacional le hubiera servido para sancionar el liderazgo político patrimonialista. El IFE/INE resultó cómplice de una regresión autoritaria que se construyó lentamente. Al final, el desequilibrio entre ideales y medios hizo sucumbir a una forma de transición democrática que se perfiló onerosa y poco productiva. La política mexicana abunda en surrealismo y con ello se oculta un populismo autoritario que ha sido rémora y atavismo siempre.

La cultura cívica democrática fue una obligación en el desarrollo del IFE/INE, nunca cumplió. Los Consejos Electorales buscaron ser protagonistas de la narrativa del poder y se olvidaron del civismo democrático, la neutralidad y ética. Como árbitros, siempre fueron parciales y sujetos a camarillas políticas.

Los políticos hacen de todo para alcanzar el poder y permanecer ahí. El proceso electoral que corresponde al presente sexenio fue violatorio de todas las normativas; en sentido estricto, nadie debería ser candidato y, por ende, todas las crónicas del horror locales con respecto al registro de candidatos son peccata minuta.

La reconversión de Morena en la fila de tortillas señalada por Weldon y Smith, hace perder a la clase media y la sociedad civil. El IFE-INE no cumplió y no cumplirá con la formación de una cultura cívica democrática.

Suplantar indígenas, transgéneros, mujeres e, incluso, circunscripciones, es algo más que común en el país.

El INE desaparecerá junto con el modelo neoliberal y todos volveremos a ser compañeros de sector y de partido. En el futuro, se pagará elevadamente la falta de cultura democrática liberal en el país. Siempre pierde la clase media y las minorías marginadas –como los indígenas verdaderos y no mexicanos-. Es ilógico que los sujetos adheridos a estos sectores sean aludidos como los héroes que requiere el momento para salvaguardar la transición. La democracia liberal ha fracasado rotundamente en México y el darwinismo político que se aproxima provoca orfandad y ausencia. Al fracaso del IFE/INE, sigue el colapso de un enfoque jurídico-politológico-social que desarrolló el sistema electoral de los últimos treinta años. La democracia de barrio y plebeya es lo que se advierte en el horizonte.

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