La encrucijada sinaloense
- Aug 24
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Pablo Cabañas Díaz
La geografía del poder contemporáneo se compone, con frecuencia, de líneas de fractura donde la razón de Estado colisiona implacablemente con las urgencias de la legalidad formal.
El reciente y convulso episodio protagonizado por el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, quien hubo de solicitar nuevamente una licencia indefinida tras un efímero e infructuoso intento de reincorporación a su cargo, representó un auténtico madruguete de los que Martín Luis Guzmán describía en su novela La sombra del caudillo.
Este movimiento no fue una simple crisis administrativa, sino una genuina radiografía de las tensiones estructurales que laceran al sistema político cuando las presiones del exterior, la sombra persistente del crimen organizado y la erosión de la confianza pública convergen en un mismo punto crítico.
La fugaz vuelta de Rocha al Palacio de Gobierno —efectuada al margen de la coordinación indispensable con Palacio Nacional— desató una crisis de proporciones notables en las altas esferas del partido gobernante. No se trataba tan solo de un desacuerdo táctico, sino de una ruptura en la narrativa oficial frente a los señalamientos emitidos por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que acusa al mandatario estatal y a antiguos colaboradores de presuntos nexos con el narcotráfico.
En el tablero de la diplomacia transfronteriza y de la seguridad compartida, la estabilidad de un gobierno local deja de ser un asunto estrictamente doméstico para convertirse en una variable de alta sensibilidad geopolítica.
La respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum, sintetizada en la severa premisa de que el poder sin principios se degrada en pura arrogancia, delimitó con precisión quirúrgica el perímetro de la lealtad política y la disciplina institucional.
Ante el riesgo inminente de escalar un diferendo diplomático con Washington —en una coyuntura internacional marcada por dinámicas electorales y exigencias rigurosas en materia migratoria y de seguridad—, el Estado mexicano se vio impelido a activar mecanismos de contención.
La separación temporal del cargo del mandatario sinaloense se volvió una necesidad imperativa para resguardar la gobernabilidad y evitar el desmoronamiento de los equilibrios internos.
Sin embargo, el fondo de la problemática trasciende con creces la coyuntura del momento o la disciplina partidista.
La crisis endémica que padece Sinaloa se encuentra sólidamente arraigada en el colapso prolongado de sus instituciones de seguridad pública y en los resquicios donde la política y el crimen organizado que han tejido tramas difíciles de desentrañar.
Los acontecimientos, marcados por la detención de figuras vinculadas al enigmático secuestro de Ismael el «Mayo» Zambada y al homicidio de Héctor Cuen, así como por la disposición de colaboración judicial del exsecretario de seguridad estatal Gerardo Mérida ante la justicia norteamericana, iluminan un escenario de turbulencias donde las piezas del ajedrez criminal e institucional se mueven de manera incesante.
En este laberinto de espejos, el Poder Legislativo local —depositario de la legalidad constitucional en el Estado— enfrenta una prueba de fuego histórica.
Corresponde a la Comisión Permanente del Congreso sinaloense procesar la sustitución con un estricto apego a los principios republicanos, alejándose por completo de las inercias de la simulación y de la subordinación a los intereses del grupo que hoy gobierna esa entidad.
La soberanía de una nación no puede ni debe subordinarse a los dictados de presiones extranjeras, pero tampoco puede refugiarse en el avestruz de la complicidad local ante la evidencia de un desgaste institucional insostenible.
La historia nos enseña que los vacíos de poder y la erosión de la legitimidad pública abren siempre las puertas a la injerencia y al desorden.
La sociedad sinaloense, se encuentra atrapada entre los estragos de la violencia fratricida y la parálisis de sus autoridades, demanda una respuesta que vaya más allá de los paliativos temporales o de las soluciones cosméticas.
Reconstruir la credibilidad de las instituciones exige activar mecanismos rigurosos de rendición de cuentas, deslindar responsabilidades con absoluta transparencia y demostrar que la ley no es un instrumento maleable al servicio de las facciones, sino el supremo ordenador de la convivencia civilizada.
Ha llegado la hora de investigar a fondo al gobierno de Rocha Moya; omitir este deber resultará políticamente insostenible y muy costoso para la presidenta Sheinbaum.
El episodio de su licencia no clausura la crisis, sino que la destapa en toda su compleja magnitud, advirtiéndonos que el porvenir dependerá, en última instancia, de la firmeza ética con la que se procesen estas dolorosas rupturas internas.


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