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La política del Castillo y la política de la calle

  • Jun 15
  • 3 min read

Pablo Cabañas Díaz

Antes de la inauguración del Mundial de Futbol 2026, el gobierno federal apostó por una narrativa de celebración nacional.

Las imágenes oficiales mostraban plazas llenas, turistas y una ciudad preparada para recibir a millones de visitantes.

Un día después del partido inaugural, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que quienes intentaban mostrar una imagen distinta de México se equivocaban, porque la verdadera imagen del país era la alegría y la felicidad de su pueblo.

El mensaje buscaba consolidar una percepción de éxito organizativo y estabilidad política.

Sin embargo, los acontecimientos de esos mismos días revelaron una realidad más compleja.

Los gobiernos suelen expresar sus prioridades no solamente mediante las decisiones que toman, sino también a través de los espacios que eligen ocupar.

En política, los símbolos importan. El lugar donde se encuentra un jefe de Estado durante momentos de tensión social suele comunicar más que numerosos discursos.

La inauguración del Mundial ofreció precisamente una de esas escenas capaces de mostrar la distancia entre el discurso político y la práctica cotidiana del poder.

Mientras miles de integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación mantenían un plantón en el centro de la Ciudad de México y continuaban sus movilizaciones en demanda de cambios al sistema de pensiones y mejoras laborales, la Presidenta participaba en la cena de gala organizada por la FIFA en el Castillo de Chapultepec.

El evento reunió a dirigentes deportivos, representantes internacionales, patrocinadores y diversas personalidades públicas.

Entre los asistentes destacó la presencia de Salma Hayek, cuya participación, según aclaró posteriormente la propia mandataria, obedeció a una invitación directa de la FIFA y no a una representación del gobierno mexicano.

El contraste resultó inevitable. Por un lado, el gobierno reivindicaba su compromiso con los sectores populares.

Por otro, la imagen oficial colocaba a la jefa del Ejecutivo en uno de los espacios más exclusivos del país, participando en una ceremonia organizada por una institución cuya historia reciente ha estado marcada por escándalos de corrupción y tráfico de influencias.

No se trataba simplemente de un acto protocolario. Se trataba de una fotografía cargada de significado político. La contradicción se hizo más visible al día siguiente.

Sheinbaum decidió no asistir ni al estadio donde se inauguró el torneo ni al Zócalo capitalino. Argumentó razones logísticas y de seguridad.

En cambio, acudió al Deportivo Hermanos Galeana, en la alcaldía Gustavo A. Madero, donde convivió con vecinos y aficionados en un ambiente popular cuidadosamente organizado para seguir el encuentro.

La escena parecía diseñada para reforzar una narrativa de cercanía ciudadana.

Sin embargo, la secuencia completa de los acontecimientos transmitió un mensaje diferente. La Presidenta evitó los espacios donde se concentraba la protesta social y prefirió un escenario políticamente controlado.

La pregunta no es por qué acudió al Deportivo Hermanos Galeana. La pregunta es por qué resultó perfectamente posible asistir a una cena de gala con dirigentes internacionales en el Castillo de Chapultepec y, al mismo tiempo, resultó inconveniente aparecer en lugares donde grupos inconformes expresaban sus demandas.

El problema no es la convivencia con ciudadanos comunes. El problema es la ausencia en los espacios donde se manifiestan los conflictos reales del país.

La situación adquirió un nuevo significado cuando la Presidenta respondió a las preguntas relacionadas con la CNTE. El tono conciliador desapareció.

La organización magisterial, que durante años fue vista como un aliado natural de las fuerzas políticas hoy gobernantes, comenzó a recibir un trato más cercano al que habitualmente se reserva para la oposición.

Sheinbaum acusó a algunos sectores de la Coordinadora de defender prácticas asociadas con la corrupción y cuestionó la utilidad de mantener mesas de diálogo cuando, según afirmó, los dirigentes sostienen una posición inamovible.

Ese cambio de actitud resulta revelador. La llamada Cuarta Transformación construyó buena parte de su legitimidad sobre la idea de representar a los sectores históricamente excluidos del poder.

El Mundial de 2026 constituye una extraordinaria plataforma internacional para México. Millones de personas observan al país y evalúan su capacidad organizativa y su estabilidad institucional.

Precisamente por ello adquieren relevancia los símbolos que acompañan el evento.

La principal imagen política de aquellos días no fue la presencia presidencial en el partido inaugural, sino la combinación de dos escenarios opuestos: primero, una cena exclusiva con las élites deportivas y económicas internacionales; después, una aparición cuidadosamente diseñada en un espacio popular alejado de cualquier confrontación.

La verdadera escena política que dejó la inauguración del Mundial no ocurrió en la cancha ni en las tribunas.

Ocurrió entre dos espacios que simbolizan formas distintas de ejercer el poder: el Castillo y la calle.

De un lado, los salones donde se construye la imagen internacional del país; del otro, las avenidas ocupadas por quienes buscan ser escuchados por el gobierno.

 
 
 

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