Las tuercas de la Democracia


Leticia Calderón Chelius


A lo mejor muchos deberían moderar sus ánimos y bajarle a sus llamados a salvar la patria como si nos atacara un ejército tropical. Las elecciones son la vía pacífica de dirimir diferencias y apostar por un proyecto ganador que quienes no obtienen la mayoría, deben respetar, acatar y en su caso, prepararse para contrastar con mejores ofertas y propuestas en una siguiente elección. De ahí a que esta insistencia a hablar de que México está fuertemente polarizado parece ignorar que hace apenas 3 años hubo una elección presidencial y una de las partes ganó de manera contundente. Con su voto, la ciudadanía reconoció que las cosas no están bien, que este país tocó fondo y que la inmensa mayoría considera que merecemos algo mejor. La propuesta ganadora en su momento lo dijo una y otra vez en la voz de su líder, “Por el bien de todos, primero los pobres” y los votantes dieron fuerza a ese mandato. Nadie engañó a nadie, nadie dijo que a los evasores fiscales les mantendrían sus beneficios, ni que estaba bien no pagar impuestos, que, por cierto, ahora algunos descubren que sirven para cosas tan básicas como pagar vacunas que el país no produce y debe importar. Así de dañados estábamos que dábamos por un hecho que el país se tenía que endeudar a las primeras de cambio, antes que echar mano en nuestras propias arcas nacionales.


La verdad es que el discurso de la polarización es otro “mito genial” con el que nos quieren entrampar. Se trata de un discurso simplón que insiste en presentarnos como una sociedad casi a dos partes, que de esa manera se niega a dar cuenta de la complejidad de nuestra diversidad y de los matices que nos caracterizan. La supuesta polarización en realidad está en los medios de comunicación masiva que repiten a coro en horario estelar dos visiones de país, a lo que se suman columnistas internacionales que lo único que hacen es “copy-paste” de lo que les envían sus amigos editores mexicanos que conocen hace años. Ni por guardar las formas contraponen distintas versiones de un mismo tema, ni dan lugar a tratar de entender de dónde salió tanta población que simplemente piensa y actúa diferente a lo que les transmiten sus analistas mexicanólogos de cabecera.


Por eso, tal vez, más que polarización lo que estamos viendo en realidad es la insurrección de un país que apenas empieza a mostrar su verdadera diversidad y lo hace con tal efervescencia, exigencia y sorpresa, que efectivamente ha abierto boquetes que estuvieron tapados por décadas y hasta siglos. Temas como el racismo como sello de nuestra sociedad, acompañado de la discriminación, la xenofobia y la desigualdad de trato, son solo uno de los grandes temas que van más allá de lo electoral pero que han irrumpido con una fuerza que nos cuestiona a todos y por supuesto, nos sacude de raíz. Tan es así que, detrás de la crítica a los programas sociales y los proyectos que benefician a ciertos sectores, hay un trasfondo clasista muy mezquino que no puede reconocer la deuda social que el país tiene con una amplísima parte de los habitantes de México. Si este fuera un país de 30 millones de personas (la clase media y élite incluida), tal vez los discursos que cuestionan los apoyos y ven todo desde argumentos donde el individualismo, la supuesta capacidad personal y el echeleganismo, podrían tener cierto sentido, pero dado que somos casi 130 millones de habitantes, más los 12 millones y sus hijos que buscaron en la migración una mejor vida,

estos argumentos se caen por sí mismos y demuestran que las fuerzas del mercado no regulan a nadie y que la mano invisible de la economía es un cuento tan infantil como creer que los reyes y princesas lo son por designio directo de dios.


Por eso, esa polarización con la que insisten tantos en describir el momento actual en realidad es una rebelión ciudadana casi festiva, que probablemente por primera vez en la historia permite que se escuchen argumentos que se decían en corto, entre amigos, colegas, en discusiones de domingo en familia, pero que tenían poca resonancia pública o se tachaban de revanchistas con un ánimo descalificador. Ahora, al oírlos, resulta que quienes detentaban el poder de la voz única, los encuentran molestos, agresivos, “insulting and unacceptable”.


En el punto en que nos encontramos más que creernos polarizados la verdad es que por primera vez tenemos opciones políticas para decidir pacíficamente por lo que cada uno considera mejor para nuestro país y nuestro entorno inmediato. Pero no hay que creerse eso de que nos jugamos el todo y que la democracia está en peligro como si no supiéramos que en menos de 3 años tendremos nuevamente elecciones. Por eso, lejos de lo que repiten algunos como mantra, acudir a votar no es la muestra de polarización sino la expresión más clara de la capacidad democratizadora de la sociedad mexicana. Los que hoy braman que todo esta mal, tal vez necesitarán revisar su oferta política y considerar tomar un curso de estadística básica del México que somos. A los que obtengan el aval que da la mayoría electoral les convendría a su vez, dejar triunfalismos efímeros y dedicarse a hacer el mejor gobierno de nuestras vidas para ser creíbles y con eso, tener futuro político. Votar no es un cheque en blanco y la vigilancia ciudadana exige cada vez más, incluso por encima de marcas partidistas.


Consideren una última cuestión, de alguna manera todos los que votaremos este domingo 6 de junio somos sobrevivientes de una pandemia que ni en nuestras peores pesadillas jamás pensamos íbamos a vivir. Por eso, con más razón, votar en este momento es también una forma de celebrar la vida, la oportunidad de opinar con una voz pública que cuenta y, sobre todo, hacer lo mínimo que exige la condición de ciudadano, no de siervos, ni de vasallos, clientes o socios como algunos insisten en seguir viendo a los mexicanos. Votar es hacer patria y sin duda, es el arma del pueblo.