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Los arquitectos del estancamiento mexicano vigente

  • 16 hours ago
  • 4 min read

Felix Estrada

Pedro Aspe presentó un diagnóstico severo sobre la economía mexicana. Déficit elevado, deuda creciente, baja inversión, productividad negativa y estancamiento del ingreso por habitante forman parte de la narrativa tecnocrática. El argumento es claro: México estaría pagando las consecuencias del gasto social, de los apoyos a Pemex.

El problema de ese diagnóstico no está sólo en lo que dice, sino en lo que calla. Calla que el estancamiento mexicano no comenzó en 2018. Calla que la productividad venía deteriorándose desde antes. Calla que el modelo construido desde los años ochenta prometió modernización y prosperidad exportadora, pero terminó entregando bajo crecimiento, dependencia tecnológica y fragilidad industrial.

Pedro Aspe no es un observador neutral. Fue secretario de Hacienda de Carlos Salinas de Gortari y uno de los arquitectos del viraje neoliberal mexicano. Junto con Salinas y Jaime Serra Puche impulsó la apertura comercial, la privatización bancaria, la reducción del papel económico del Estado y la integración de México al mercado estadounidense.

Más de tres décadas después, los resultados son ambiguos. México exporta mucho más que antes y participa en cadenas manufactureras globales. Pero no construyó capacidades tecnológicas propias, no desarrolló una base amplia de empresas mexicanas globales ni elevó de manera sostenida la productividad.

El país se convirtió en potencia exportadora manufacturera sin convertirse plenamente en potencia industrial nacional. La pregunta central es incómoda: ¿de qué sirve exportar cada vez más si el país no captura el valor, la tecnología y el aprendizaje de esas exportaciones?

México produce y exporta mucho, pero importa buena parte del contenido tecnológico de sus manufacturas. Participa en cadenas globales, pero desde eslabones subordinados. Compite sobre la base de bajos salarios y cercanía geográfica, no sobre innovación propia ni liderazgo tecnológico. Ese es el núcleo del problema. México fue integrado, pero no desarrollado. Fue abierto, pero no fortalecido. Fue disciplinado macroeconómicamente, pero no transformado productivamente. Por eso resulta engañoso presentar el estancamiento reciente como consecuencia exclusiva del gasto social o de la política actual.

La serie larga cuenta otra historia. La PTF cayó desde los años ochenta. El PIB per cápita real creció mucho más entre 1960 y 1981 que en las cuatro décadas posteriores. El verdadero punto de ruptura fue 1982, no 2018. La 4T no recibió una economía dinámica que después destruyó. Recibió una estructura productiva debilitada, financieramente limitada y dependiente del mercado estadounidense.

Reconocer el fracaso histórico del modelo neoliberal no implica absolver a la administración actual. La 4T heredó el problema, pero no ha construido una salida convincente. Ha corregido parcialmente la dimensión social mediante salarios y transferencias, pero no ha transformado el núcleo productivo-financiero de la economía. En ese sentido, el segundo piso de la 4T pretende levantarse sobre una planta baja que sigue siendo neoliberal. Ahí está la contradicción: se quiere construir bienestar sobre una estructura productiva, financiera y comercial diseñada por quienes hoy diagnostican el estancamiento como si no fueran sus arquitectos. Las transferencias alivian pobreza, pero no sustituyen una estrategia industrial. Pemex sigue atrapado entre su función energética y su carga fiscal histórica. La banca continúa extranjerizada y poco orientada al crédito productivo de largo plazo. La inversión pública permanece limitada por una estructura fiscal estrecha, por el costo financiero y por pasivos como el FOBAPROA/IPAB.

Tampoco puede ignorarse el contexto internacional. El mundo para el cual fue diseñado el TLCAN desapareció. Estados Unidos dejó de ser promotor irrestricto del libre comercio y se convirtió en fuente permanente de incertidumbre. Aranceles, subsidios industriales, disputas tecnológicas y renegociaciones comerciales forman parte del nuevo escenario global. México depende profundamente del mercado estadounidense y esa dependencia hoy se vuelve vulnerabilidad. El modelo económico construido desde los noventa apostó todo a la integración con Estados Unidos. Hoy descubre que integración no equivale necesariamente a soberanía. La discusión seria no debería ser entre nostalgia tecnocrática y defensa acrítica de la 4T. El verdadero debate es cómo construir un proyecto nacional de desarrollo. México necesita una política industrial moderna, una banca de desarrollo fuerte y también una banca privada nacional comprometida con el financiamiento productivo. Necesita inversión pública estratégica en infraestructura, energía, ciencia y tecnología. Necesita formar técnicos e ingenieros vinculados con sectores prioritarios, fortalecer proveedores nacionales y aumentar contenido tecnológico mexicano.

También necesita un Estado profesionalizado. No basta con tener más Estado; se requiere mejor Estado. Un aparato público con cuadros técnicos, planeación, memoria institucional, evaluación rigurosa y visión estratégica. Sin eso, la reindustrialización quedará atrapada entre improvisación y captura. La tecnocracia neoliberal tuvo razón en algo: estabilidad macroeconómica e inversión importan.

Pero se equivocó en lo esencial: creyó que apertura, privatización y disciplina fiscal bastaban para producir desarrollo. No bastaron. La 4T tuvo razón al denunciar desigualdad, salarios deprimidos y abandono social. Pero enfrenta un límite: redistribuir no equivale a transformar productivamente al país. México necesita pasar de la compensación social a la transformación productiva; de la dependencia tecnológica a la innovación; del ensamblaje a la soberanía industrial.

Los arquitectos del estancamiento no pueden presentarse ahora como sus médicos neutrales. Pero tampoco bastará denunciar el pasado si no se construye una alternativa real para el futuro.

 
 
 

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