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Los nuevos partidos comienzan sus pasos regionales

  • Jul 20
  • 2 min read

Xochitl Patricia Campos López


La creación de comités estatales en los nuevos partidos políticos mexicanos refleja un fenómeno que, aunque parece ofrecer una alternativa fresca en el escenario político, en realidad evidencia la persistencia de prácticas tradicionales que han caracterizado a la política mexicana durante décadas. Desde su origen, los partidos políticos en México han estado marcados por fenómenos como el transfuguismo, el emprendimiento político, la pigmentocracia y las oligarquías, que dificultan que una nueva opción logre realmente transformar el sistema. En ese contexto, los comités estatales de estos nuevos institutos partidistas parecen seguir la misma lógica, operando en muchas regiones como plataformas de negociación y control, más que como verdaderos órganos de representación y participación ciudadana.

Uno de los aspectos más preocupantes es que, a pesar del discurso de renovación y apertura, estos comités muchas veces mantienen nexos estrechos con las élites tradicionales. En lugar de ser espacios donde los ciudadanos puedan expresar sus demandas y construir una política diferente, se convierten en puntos de contacto para las viejas prácticas de clientelismo y cuotas de poder. Esto es aún más evidente cuando observamos que el sector electoral de Morena, el partido dominante en la actual administración, sigue siendo fuerte precisamente por su capacidad de manipular a las bases a través del populismo y el clientelismo, incluso en contra de las normativas electorales y de la administración pública. Datos recientes muestran que Morena logró consolidar una estructura territorial que apuesta a mantener la mayoría en las cámaras legislativas y en varias gubernaturas, gracias en buena parte a la repartición de recursos y beneficios a través de programas sociales y apoyo directo a comunidades vulnerables. Esto evidencia que, en la práctica, el control territorial y clientelar sigue siendo la estrategia principal para sostener su hegemonía.

Los nuevos partidos con orientación religiosa, como los vinculados a La Luz del Mundo o al Pentecostalismo Evangélico, también revela un patrón similar, aunque con preeminencia de sus valores escatológicos. Lo que los distingue es que su principal motivación parece estar en la preeminencia de sus valores religiosos y en su visión mesiánica, más que en una propuesta política autónoma. La presencia de estos partidos en el Congreso y en las instituciones públicas, en algunos casos, ha sido facilitada por la alianza con grupos políticos tradicionales, que ven en ellos un mecanismo para fortalecer su influencia en comunidades específicas. Esto genera una situación en la que, en lugar de ser verdaderas alternativas, estos partidos funcionan como instrumentos para fortalecer ciertos grupos religiosos en el escenario político, en ocasiones en detrimento del pluralismo y la separación laica del Estado.

En un escenario donde las instituciones todavía están muy permeadas por prácticas clientelistas y donde las élites tradicionales siguen controlando los espacios de poder, los nuevos partidos y comités estatales parecen más una continuación de esas dinámicas que una auténtica renovación. La esperanza de una política más limpia, participativa y democrática se ve opacada por la persistencia de estas estructuras que, en lugar de abrir espacios nuevos, consolidan los viejos mecanismos de poder. La transformación que muchos esperan todavía está lejana, y en ella, la lucha por desmontar esas prácticas tradicionales será uno de los mayores retos para quienes buscan una verdadera alternancia en el país.

 
 
 

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